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Miradas literarias sobre la Segunda Guerra Mundial Primera Parte: Infancia y holocausto
Erick Baena Crespo comment 0 Comentarios

Si se escribe la palabra “Holocausto” en el buscador de la Biblioteca Central de la UNAM, el resultado arroja 198 publicaciones. Y, por su parte, la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos aloja 16 mil volúmenes bajo ese tópico. Entonces, ¿qué se puede escribir sobre el Holocausto? A pesar de la escritura de miles de libros, tesis, informes y documentos aún no perdemos la capacidad de asombro. Mucho menos a la hora de hablar de los niños y el holocausto.

Los nazis fueron despiadados con los infantes: los alemanes y sus colaboradores asesinaron aproximadamente a 1 millón 500 mil niños. El régimen nazi, en su cruzada en contra de grupos “indeseables”, aniquiló a los hijos de la población judía –casi un millón– y a otros cientos de miles de niños polacos, y gitanos, y también aquellos con discapacidades físicas e intelectuales, como se lee en la Enciclopedia del Holocausto.

En ese mismo portal, se encuentra información escalofriante: “En los guetos, los niños judíos morían de hambre, exposición a los elementos, y por falta de ropa y refugio adecuados. Las autoridades alemanas eran indiferentes a esta matanza masiva; consideraban que la mayoría de los niños más jóvenes de los guetos no eran productivos, y por lo tanto eran ‘comedores inútiles’”.

¿Cómo se ha retratado ese horror en algunos títulos literarios?

EL HORROR EN TIEMPO REAL

No es posible hablar de infancia y holocausto sin mencionar una obra canónica del género testimonial: El diario de Ana Frank.

Annelies Marie Frank, conocida popularmente como Ana Frank, nació el 12 de junio de 1929 en Fráncfort del Meno, Alemania. En 1934, tras la muerte del presidente alemán, además de general de las fuerzas armadas, Paul von Hindenburg, Hitler asumió el poder supremo. Y con ello se intensificó la cruzada de odio antisemita. La Segunda Guerra Mundial estalló en septiembre de 1939.

Debido a esas circunstancias y la falta de trabajo, Ana y su familia se mudaron a Ámsterdam. Pero el horror los alcanzó. El 10 de mayo de 1940, la Alemania nazi invadió los Países Bajos. El ejército holandés se rindió cinco días después.

Frank, junto a su familia, se escondió en 1942 de los nazis. Su padre, Otto Frank, quien tenía una compañía de venta de pectina, hierbas y especies, instaló un escondite en la parte de atrás del inmueble que ocupaba su negocio, ubicado en la calle Prinsengracht, número 263. “Al igual que muchas otras casas en los canales en Ámsterdam, el edificio consta de una casa delantera y una casa trasera”, explican en el portal annefrank.org.

En el lugar se resguardaron cuatro personas más, integrantes de otra familia. Vivieron hacinados, con comida racionada. Ana tuvo miedo y narró los pormenores de su clandestinidad desde ese habitáculo.  

El 4 de agosto de 1944 el escondite fue descubierto por las Fuerzas Armadas de la Policía de Seguridad. Todos fueron detenidos. Y el 3 de septiembre, tras permanecer en Westerbork, principal campo de concentración holandés, fueron enviados a Auswchwitz en vagones de tren para reses.

La primera entrada del diario de Ana Frank, obra publicada por su padre, único sobreviviente de la familia, está fechada el domingo 14 de junio de 1942; la última la escribió el 1 de agosto de 1944, tres días antes de su detención.

Ana escribió en su diario una entrada que, a la luz de los hechos, se lee premonitoria: “Hoy sólo tengo noticias deprimentes que darte. Muchos de nuestros amigos judíos han sido embarcados por docenas por la Gestapo, que no se anda con contemplaciones. Han sido llevados en furgones de ganado a Westerbork, al gran campo de judíos en Drente”. Y Ana, una niña de trece años, no se engañaba: “Estamos seguros que esa pobre gente será masacrada”.

Se cree que Ana Frank murió entre febrero o marzo de 1945, en el campo de concentración de Bergen–Belsen. Tenía 15 años.

Existen dos novelas juveniles, actuales, que abrevan del legado de Frank, cuyo diario se convirtió –a pesar de ser un texto testimonial de no ficción– en una especie de bildungsroman, o novela de aprendizaje, bélica.

EL ÁRBOL DE LAS PALABRAS

La primera es La ladrona de libros, de Markus Zusak, una novela de largo aliento protagonizada por Liesel, una niña que, en el tránsito de la Segunda Guerra Mundial, se fuga hacia lo imaginario a través de los libros. No obstante, la realidad, dura, terrible, desconsoladora, atenta día a día contra esa fantasía que construye de mano de la ficción.

La novela está dividida en diez partes, con su prólogo y epílogo correspondientes, cada una titulada con los nombres de los libros que Liesel va leyendo.

Liesel transita de la infancia a la juventud en medio del horror. La muerte, rasgo peculiar de la novela, es la narradora de la historia. A través de su mirada despiadada, a pesar de que a lapsos se muestre compasiva, conocemos la historia de Liesel. Y a veces se permite que la ironía, afilada como su guadaña, impregne sus comentarios, sus juicios, sus descripciones.

Esa muerte, que le cuenta la historia a alguien a punto de fallecer (y a los lectores también, ¿acaso no todos nos acercamos más a nuestro desenlace con cada minuto que pasa?), dice:

“Las guerras son extrañas.

Llenas de sangre y violencia, aunque también de historias igualmente difíciles de entender”.

La historia se inicia en un tren. Es enero de 1939. Liesel Meminger tiene 9 años y su hermano menor, Werner, está muerto. Su madre, perseguida por los nazis por sospechas de “comunista”, huye y deja a Liesel al cuidado de unos padres adoptivos: Hans y Rosa Hubermann, quienes viven en el barrio obrero de Himmestrasse en Molching, un pueblo ficticio, ubicado cerca de Múnich.

Los Hubermann representan a esa población alemana que, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, no abrazó la ideología nazi. Al contrario, más bien se sentían incómodos ante el avance del odio y el fanatismo, sobre todo Hans.

Todo momento histórico tiene un Hans que desea mantenerse alejado del fanatismo, de los discursos maniqueístas de los populistas y que, a pesar de que la barbarie se torna en animal hambriento, se mantiene al margen de la sinrazón, de la rabia ciega.

Hans, padre adoptivo de Liesel, sin pretenderlo, sin dogmatismos, sin soliloquios huecos, le enseña a Liesel una de las lecciones de vida más valiosas: la solidaridad como valor supremo y la tolerancia como humanismo.

Hans, a diferencia de sus amigos, de sus vecinos, no es miembro del partido ni está dispuesto a militar en él. Le teme al régimen, sí, por brutal e intolerante, pero está dispuesto a estirar la liga lo más posible en una época en la que no existía la posibilidad de mantenerse al margen, sino todo lo contrario: un totalitarismo avasallador.

Liesel, al llegar a Himmestrasse, conoce a Rudy Steiner, un niño de su misma edad, con quien establece un vínculo especial. Se convierte en su amigo más entrañable. El padre de Rudy, Alex, sastre, es miembro del Partido Nazi, pero no odia a los judíos. No obstante, la peculiar narradora explica de él: “Sin embargo, no pudo evitar sentir cierto alivio (o peor, ¡regocijo!) cuando los tenderos judíos tuvieron que cerrar. La propaganda lo había convencido de que sólo era cuestión de tiempo que una plaga de sastres judíos asomara la cabeza y le robara la clientela”. A Hans, contrario a Alex, la propaganda nazi le causaba indigestión. De ahí que Liesel, perseguida desde pequeña –sin que ella lo advirtiera–, aprendiera que el régimen nazi, cancelaba la otredad y vendía un espejismo: la superioridad de la raza aria.

Obligada Liesel a portar el uniforme de las Juventudes Hitlerianas, a ondear la bandera nazi en el cumpleaños del Tercer Reich, se refugia en el sótano de su casa, en donde aprende a leer y a evadirse. Luego Max, un joven judío, hijo de un amigo al que Hans le debía la vida por haberlo salvado en la Gran Guerra, aparece en escena. Max huye de la persecución antisemita y se refugia en el sótano de los Hubermann.

Así, tras una serie de peripecias, Liesel y Max se vuelven amigos. Liesel se convierte en los ojos de Max, quien mira ese mundo exterior, anulado para él, a través de las anécdotas de ella. La guerra, irremediablemente, los separa. Max, obligado a huir, le deja a Liesel un libro, un ejemplar de Mein kraft, de Hitler, cuyas páginas Max pintó de blanco para reutilizarlas (lo cual es simbólico en sí mismo, pues el discurso de odio queda intervenido) en el que apunta sus sueños y sus recuerdos. En la página 117, Max escribe una fábula ilustrada. En esa historia, Max cuenta el día en que Hitler encuentra su arma más poderosa: las palabras.

Así, Liesel, amante de los libros, aprende que las palabras pueden dar origen a historias luminosas, pero también tienen su reverso oscuro, sobre todo cuando alimentan los discursos de odio.

Ladrona de libros es una historia descarnada, brutal, que se contrapone con la ingenuidad, deliberada, con la que está construida esa otra novela que abreva también del Diario de Ana Frank: El niño con el pijama de rayas, de John Boyne.

LA FRONTERA INGENUA

Bruno es un niño alemán de 9 años que vive en el Berlín con sus padres, su hermana Gretel, y María, la trabajadora del hogar. Estamos en 1942, en plena guerra, y el régimen nazi se ha consolidado. A su padre, oficial de la Schutzstaffel, integrante del círculo más íntimo del Führer, le ha sido encomendado un trabajo en una ciudad lejana. Bruno se entera, entonces, que vivirán en “Auchviz”, como lo pronuncia él. No sabe, siquiera, que ha traspasado la frontera y se encuentra en otro país. Lo que sí sabe, y no le gusta, es que la casa a la que llega es pequeña, triste y fría. Desde la ventana de su nuevo hogar alcanza a ver un extraño complejo de casas anaranjadas, alineadas unas con otras, como encimadas, franqueadas por una alambrada casi infinita.

Un día decide explorar la alambrada y, de pronto, ve una sombra diminuta que, poco a poco, se hace grandota y toma la forma de un niño. Así es como Bruno conoce a Shmuel, el niño de la pijama de rayas, que vive al otro lado de esa frontera que divide a los nazis de los judíos.

El niño con el pijama de rayas narra el horror del campo de concentración de Auschwitz desde el punto de vista inocente de un niño que no entiende nada sobre la barbarie.

En una escena, conmovedora, Bruno le pregunta a su hermana sobre las razones de la diferencia entre los alemanes (ellos) y los judíos (los otros). Gretel, una niña de trece años, hastiada por no encontrar las razones, los argumentos, se contenta con decirle a su hermano: “Somos lo contrario”. Y cuando Bruno, insistente, le pregunta: “¿Es que a los judíos no les gustan los contrarios?”, ella le responde: “No; es a nosotros a quienes no nos gustan ellos, estúpido”.

Ladrona de libros y El niño con el pijama de rayas coinciden en esa mirada infantil, ingenua, de niños no judíos, cuya inocencia les impide entender las razones de tanta violencia.

Dichos títulos, a través de esas ópticas, describen la pérdida de la inocencia en medio de un mundo en ruinas.

Y esos niños, Liesel, Bruno y Ana Frank, personajes producto de la imaginación y de la vida real, nos muestran con crudeza que el mundo presente se construyó sobre esas ruinas, porque, al fin y al cabo, como canta Silvio Rodríguez: la guerra es la paz del futuro.

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