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Los años de la rabia y la locura
Graciela Manjarrez comment 0 Comentarios

Los años invisibles (Literatura Random House, 2020) es la más reciente novela del autor boliviano Rodrigo Hasbún (1981). Ésta podría leerse bajo las coordenadas del género novela de aprendizaje o bildungsroman, es decir, una narración cuyo tema central se focaliza en las experiencias vitales de una o un adolescente durante su proceso de desarrollo o periodo de maduración, aquel que lo marcó o lo cambió. 

No obstante, Los años invisibles va más allá de la novela de aprendizaje, pues problematiza con bastante acierto la idea de los límites de la memoria y la ficción. Aunado a esto, Rodrigo Hasbún cuestiona si esta vuelta al pasado, a la adolescencia, sirve para para resarcir deudas o culpas en la vida adulta. La respuesta es no. Divida en cinco capítulos, la novela alterna entre lo que fue la juventud tardía de un puñado de adolescentes que conviven en un instituto privado en Cochabamba, en la década de los noventa, -capítulos 1,3,5- , con la vida adulta de dos de ellos, ahora exiliados en los Estados Unidos -capítulos 2,4,5-.

Las novelas de aprendizaje suelen construir la nostalgia del pasado a partir de narradores que cuentan sus propias historias, es decir, a través de testigos fidedignos de esos años salvajes de aprendizaje. Sin embargo, en Los años invisibles el autor boliviano asume varios riesgos fascinantes: El pasado de estos adolescentes no es más que los capítulos de una novela inconclusa que escribe un narrador en tercera persona y cuyos protagonistas son Ladislao, mejor amigo de Julián, y Andrea, una compañera del instituto. Mientras que el presente se centra en una conversación difícil, hostil en momentos, con mucho alcohol de por medio, que sostienen los que en la ficción dentro de la ficción se llaman Andrea y Julián sobre esos capítulos basados en su juventud.

La conversación entre estos dos personajes -ahora adultos- sobre esta ficción dentro de la ficción, la metaliteratura que le llaman, sirve para exponer la idea más cruel de Los años invisibles: la memoria puede traer todo menos aprendizaje. Trae dolor, culpa, vacío, rechazo, remordimiento, sin sentido, pero ningún cambio o transformación. Dice tajante la que en la ficción dentro de la ficción se llama Andrea: “La culpa está hecha de la misma basura que la memoria” (p.124). Entonces, la memoria no es reconciliación. De ahí que la novela abra con un ejercicio de la imaginación: un encuentro casual, idílico, entre Ladislao joven con su profesora de inglés, Joan, en una tienda de renta de videos. Lo que precisamente Julián imagina en esos capítulos de su novela inconclusa que fue el principio de la vida errática de Ladislao adulto. También, Julián imagina lo que su interlocutora -en la adolescencia- experimentó al saberse embarazada de Humbertito, su novio del instituto.

Es en estos ejercicios de la imaginación que Julián -adulto- trata de llenar los vacíos de sus historias en común. Ensaya explicaciones para la vida despedazada de Ladi y la sorna incisiva-evasiva de Andrea y, de paso, su propia negación y culpa. Andrea -adulta- confirma, comenta o desmiente lo narrado por Julián en su novela inconclusa. En su versión de los hechos -según su interlocutora- hay demasiada literatura. No hay cercanía con sus personajes. Le explica con dureza, incluso con crueldad, que ojalá hubiera habido un doctor Angulo que la ayudará a abortar. Que ojalá hubiera habido una hermana cariñosa que le hiciera compañía y no la que le escupe en la cara que la odia por lo que pasó. Que ojalá hubiera narrado la vida de Rigo, empleada de la casa, una historia de resistencia a la discriminación boliviana, en vez de una historia de accidentes juveniles. Que ojalá él se hubiera quedado con Luisa, su novia de la adolescencia. Que ojalá nunca le hubiera dado la espalda a su mejor amigo Ladi antes del incidente. Que ojalá se diera cuenta que la historia de supuesto amor entre Joan y Ladislao no era más que una historia de falsas ilusiones y sobre todo de abuso: “Que la víctima sonría no la hace menos víctima. Que la víctima no se crea víctima no la hace menos víctima” (p.124).

Julián intenta saldar deudas con el pasado, con Ladislao, pero no lo consigue. Andrea trata de convencer a su interlocutor, a sí misma, que han mutado, que se han transformado, pero no lo consigue. Los personajes de Hasbún son una ironía sólida de sí mismos. Se cuentan una y otra vez que ese pasado los cambió, pero, en realidad, los dejó paralizados en ese momento del accidente en la casa de Andrea, en ese instituto de Cochabamba, en ese video musical que Ladislao dirigió. Esos años fueron todo menos invisibles. Esos años fueron todo menos de crecimiento o aprendizaje.

Rodrigo Hasbún escribe una novela profunda. Retrata lo doloroso que es la adolescencia y no tiene miedo de hacerlo.

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