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Buscando un libro en la FIL Palacio de Minería 2024
Carlos Priego Vargas comment 0 Comentarios

Buscando un libro en la FIL Palacio de Minería 2024

Año con año llegan al Palacio de Minería miles de personas, no por cónclave o brújula política, sino por el poder de la imaginación

¡Perdí los apuntes! Sí, perdí mi crónica sobre La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Pido disculpas. No sé qué me sucede. Como el conferencista de Juan Villoro, cuando no son las llaves, es la cartera o los apuntes para mis notas. Anoté en orden de importancia las presentaciones, las citas, los nombres de los libros, un poco como la lista de supermercado o como la lista de libros que busqué y compré. ¿Habré olvidado en el stand de los pingüinos mis apuntes? Esta mañana estuve ahí, llevaba las hojas, lo recuerdo bien, y cuando llegué a casa me encontré con unas hojas diferentes, otros apuntes, quizá una tarea escolar, porque son los apuntes de un niño. ¿Cómo fue posible? Algunos minutos más tarde confirmé mis sospechas. Puse las hojas sobre unos libros y cuando me retiré, por error, tomé las hojas que el niño desconocido había dejado junto a las mías. Pero vayamos a lo importante, ¿qué contenían las hojas sustraídas por error? Me limitaré a reproducir lo que por casualidad me fue dado, y de forma literal. No cambié ni añadí nada sustancial.

Aquí está lo escrito por aquél misterioso niño, el que escribió una crónica sobre su experiencia con los libros, espero que sus profesores puedan leer su tarea.

FIL Minería: de libros, presentaciones y churros con chocolate

A diferencia de otros niños o adolescentes que les gusta ir a un estadio de fútbol, a las luchas, a las carreras de autos, que sé yo; o de mis hermanos que son del zoológico, el cine, los conciertos o el teatro, mi actividad favorita es visitar, cada mes de febrero, La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), que este año celebra su edición número 45. ¿Es esta la mejor de las ferias de libro de la Ciudad de México? Eso es francamente difícil de establecer, pero combina muy bien mi gusto por los libros y mi pasión por los edificios antiguos que bien pueden ser una escuela para desarrollar habilidades mágicas, como en el Colegio Hogwarts de Harry Potter.

Y acá voy a hacer un paréntesis porque yo lo quiero decir: desde pequeño me entusiasmé con los libros de Harry Potter y siempre me imaginé asistiendo a una escuela en la cual los jóvenes magos desarrollan sus poderes mágicos, ¿eso calificaría como raro? No lo sé, ¡pero yo amo el Palacio de Minería! Me volví admirador de la feria a raíz de coleccionar libros que vendían en un stand color naranja y que mi abuelo y yo teníamos que buscar en un mapa. Cada año, cada visita es igual a un libro que leo y después acomodo en mi librero, uno de Harry Potter, los de la película Dune —que mi papá me contó pertenecen a la historia escrita por Frank Herbert—, el de Hayao Miyazaki que es anterior a todas sus películas, o el de un niño que busca a su perro llamado Arte. El motivo era festejar a la lectura, me dice mi abuelo.

Me gusta hojear y leer las tapas. En casa a veces los compran, o los compró yo con el dinero que no me gasto en los recreos, porque para qué comprar golosinas como cualquier niño normal si puedo comprar un libro. En varias ocasiones, para la charla de las noches con mis hermanos y mis padres, yo tengo listos los resúmenes informativos de la lectura en turno. Dónde se perdió el perro de Otta Artemio a quien le dicen Arte de cariño, cuál es el nuevo libro de Juan Gedovius, cuáles son los fantasmas de la ciudad con los que se enfrentan Luis y Caro.

Cuando supe de las presentaciones y las actividades con los escritores, mi misión, además de chismorrear qué pasaba en cada novela o con sus personajes, fue coleccionar los programas de la feria. Me puse a preguntar por la casa si había una carpeta vieja que me regalaran e hice un álbum como quien junta estampitas del mundial, Cartas Pokemon, figuras de súper héroes o cualquier cosa que coleccionan los niños y niñas comunes.

Yo me puse a juntar programas anteriores para leer las presentaciones, y saber qué pasaba en el mundo, y coleccionar unas estampitas redondas que años atrás regalaban en la feria. No me acuerdo de qué decían, pero estoy seguro de que alguna leyenda relacionada con la lectura. La baba se me cayó y los ojos se me pusieron como platos cuando un joven nos consiguió un par de gafetes y nos llevó de contrabando a las oficinas de la feria a ver los carteles de las ediciones anteriores. Hace como diez años el protagonista del cartel fue un luchador leyendo. La imagen de este año es un salón inundado de libros en tonos ocres y morados.

Con el Charro Negro y el Curro Romero, dos amigos de mi abuelo que también nos acompañan a ver libros, hice intercambio de las estampas que no teníamos o nos faltaban y así cada uno podía tener un recuerdo de la visita. También, entre los cuatro nos pusimos de acuerdo este año para ir a ver las presentaciones. Cuando no me tocaba a mí, le tocaba ver algo a alguno de ellos y nos llevábamos los libros para pedir los autógrafos correspondientes. El primero que conseguí este año fue el de Juan Gedovius.

Estoy juntando muchos libros firmados, tengo veinte o treinta libros autografiados. El Charro Negro llegó muy emocionado este año a la casa contando que se presentaría Lauro Zavala y que iban a estar otros escritores invitados. No sabía de qué se trataba su libro, pero me alboroté. Así que también nos fuimos a formar para poder entrar a los salones, no hay que comprar boletos, pero el acceso siempre es limitado. Y una voz que sale de no sé donde todo el tiempo está anunciando las presentaciones y si ya se llenaron los salones.

Brenda Lozano, soñar como sueñan los árboles, libro, novela

Este año conocí a Brenda Lozano. Había visto escritores en vivo, en la clase de literatura, una vez que el profesor nos presentó a uno de sus amigos y lo invitó a la escuela con nosotros. Este año en el Palacio de Minería escuché a escritores, cantantes, libreros, niños y adolescentes. Pero cuando escuché a Brenda Lozano en la presentación de su libro, sentí que algo retumbaba dentro de mi pecho. Quedé impresionado y atónito. No se parecía a nada que hubiera escuchado o visto antes. En las presentaciones no hay asientos reservados, sino que podíamos tomar lugar con forme fuimos llegando. El día de la presentación de Didí Gutiérrez, mi abuelo, sus amigos y yo nos fuimos desde temprano afuera del Salón de la Academia de Ingeniería para ser de los primeros en entrar, pues ellos querían escuchar a Didí y a Elvira Liceaga, una escritora mexicana que por alguna razón todo mundo conoce como “Elvis”, como el cantante. Yo, pos a nadie, no sabía bien a qué iba, nomás se la pasaron hablando de las historias sobre los padres, pero fui con la esperanza de que si los acompañaba me ayudarían a conseguir la firma de Pacasso en mi libro de Dr. Netas interviene Romeo y Julieta. Así que por tempraneros, estuvimos sentados hasta adelante, en la primera fila, con un fotógrafo y mucha gente emocionada e invitados especiales.

Elvira Liceaga, Las vigilantes, libro, novela, Lumen, literatura

Me llevé la impresión de mi vida al ver a Dídi Gutiérrez, y nunca la olvidaré. Cómo estaría con la boca abierta que, cuando terminó la presentación, casi me levanto y me voy corriendo a darle la mano. Fue la cúspide de la admiración. Por eso le pedí a mi abuelo que me comprara La alegría del padre, es un pedacito de ella. Él no cuestionó mis gustos y me lo compró. Fue muy hermoso. Dicen que es un libro sobre una hija y su padre, pero que no está contado en una clave triste como muchos otros. Después de visitar la feria, el Charro Negro y el Curro Romero nos invitaron a mi abuelo y a mí a comer churros con chocolate. Esta es mi historia con la Feria de Minería y sus miles de libros que todavía brillan en mis recuerdos y que, espero, me esperen el próximo año para volver a pasear con el abuelo.

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