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La Tierra de la Gran Promesa inmersa en la isla de la edición
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La Tierra de la Gran Promesa, de Juan Villoro, es una novela que comienza narrando lo que parecía un día normal en la vida de Diego González, estudiante del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC).

Las clases impartidas por Luis Jorge Rojo, “el mejor crítico de cine en un país donde el momento culminante de un oficio implicaba renunciar a él”, motivaban a Diego y a sus amigos, Jonás y Rigoberto, alias Rigo o Rigo Tovar, pero mejor conocido como Tovarich, a hacer gran cine.

Las aspiraciones de estos tres muchachos eran simples: Diego se consideraba director; Jonás, sonidista; y Rigo, camarógrafo. Sin embargo, aquel fatídico miércoles 24 de marzo de 1982 cambiaría el destino de Diego y sus amigos: la Cineteca Nacional ardió en llamas.

El inmueble ubicado justo en la esquina de las avenidas Tlalpan y Churubusco, en el entonces Distrito Federal, ahora Ciudad de México, no sólo representó un quebranto para el séptimo arte y el cine mexicano, sino que también trajo consigo la pérdida de vidas humanas.

Al enterarse de lo ocurrido, Rojo y los tres amigos acudieron al lugar de los hechos, y sin planearlo fueron testigos del fin de una época.

Coincidencia o no, la película que se proyectaba al momento del incendio era La Tierra de la Gran Promesa, de Andrzej Wajda, director polaco.

En esta primera etapa de la novela, Juan Villoro nos lleva de viaje a un México donde la corrupción y la impunidad reinan. Y es que el entonces presidente, José López Portillo, había puesto al frente de Radio, Televisión y Cinematografía a su hermana Margarita, quien no tenía experiencia para el cargo, pero dejó al descubierto el nepotismo que su hermano ostentaría durante su mandato.

¿Un viaje que debió realizarse?

Un segundo momento que marcaría la vida de Diego ocurrió en 2014, cuando Jaume Bonet, productor catalán, se dio a la tarea de convencerlo de viajar a Barcelona para realizar un documental.

Un tanto dudoso, Diego, que ya era un hombre maduro y había formado una familia con Mónica, sonidista, puso en una balanza si debía abrirse paso en el extranjero o seguir en su país. Sin embargo, un hecho fortuito le hizo prometer a su suegro que cuidaría de Mónica y su hijo, situación que lo llevó a aceptar la propuesta de Bonet sin imaginar la pesadilla que estaba por desatarse.

La mudanza al viejo continente parecía transcurrir en calma y conforme a lo planeado. Diego se encargó de recabar la información para su documental hasta que un personaje del pasado reapareció en su vida.

Se trataba de Adalberto Anaya, periodista que había servido de enlace para que Diego se reuniera con Salustino Roca, El Vainillo, capo de la droga que había huido de un penal en una ambulancia, vestido de médico y con la complicidad de las autoridades. Ese enlace concluyó en un documental que Diego filmó y que se presume sirvió para que las autoridades capturaran al prófugo.

Lo interesante es que, Retrato hablado, título del documental sobre el capo, estuvo respaldado por el propio Bonet, fue un escándalo y Diego recibió amenazas por teléfono y correo electrónico.

Anaya culpa a Diego de haber entregado al capo gracias al documental y ahora el documentalista deberá volver a México para limpiar su nombre y descubrir cuál es la verdad sobre aquel trabajo: ¿fue financiado con dinero del narcotráfico?, ¿Anaya en realidad le está ayudando a salir bien librado?, ¿debió aceptar el trabajo que le ofreció Bonet en Barcelona?

A lo largo de esta historia, Villoro nos describe situaciones y lugares muy propios de la Ciudad de México que nos atrapan y nos invitan a ser parte de La Tierra de la Gran Promesa.

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