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La guillotina de Arriaga
Bruno Fuentes comment 0 Comentarios

“No contaba Villa con procedimientos de ejecución tan impactantes. El fusilamiento ya había pasado de moda, la horca era vulgar. No tenía forma alguna para convencer a los ricos de colaborar con la Revolución. Para su fortuna se topó con un historiador que lo introdujo al conocimiento de las terroríficas torturas que se aplicaron en la Inquisición. Así, el villismo, honrando la tradición, adoptó el potro, el garrote vil, la inmersión en agua y la hoguera, pero ninguno de estos métodos superó jamás la teatralidad y el dramatismo de la guillotina.”

            Con una narración lúdica, irónica, permeada de humor y de personajes que llegan a ser tan cómicos como trágicos, alternando la ficción con el hecho histórico, Guillermo Arriaga nos acerca a un ejército villista que encuentra en la guillotina el perfecto símbolo de la Revolución mexicana. En Escuadrón Guillotina, el lector descubrirá algunos de los motores que propiciaron la incansable violencia de la guerra revolucionaria, así como algunas de las grandes paradojas de dicha guerra y, en última instancia, de todo conflicto humano, ya sea éste interno o externo. Sin escrúpulos ni rodeos, Arriaga pone el dedo en más de una de las llagas históricas de México, o más bien, de las llagas de los discursos y las narrativas que, como país, hemos construido en torno a nuestro pasado, confundiendo así la herida histórica con el trauma colectivo que, progresivamente, se va proyectando en la memoria social. Si el recuerdo es más traumático que la historia, es algo que cada obra esclarece a su propia manera; en el caso de Escuadrón Guillotina, da la impresión de que el humorismo casi compulsivo del mexicano es indisociable de sus tragedias.

            Un día, el abogado Feliciano Velasco y Borbolla de la Fuente le presenta al general Francisco Villa −alias Pancho Villa o el Centauro del Norte− una guillotina. Viendo que el general se maravilla ante dicha arma letal, el abogado Velasco espera su recompensa. Sin embargo, la recompensa que recibe no es la que él tenía en mente, sino una que lo pone a temblar de miedo: Villa lo nombra sargento de la División del Norte, con el fin de estar a cargo del Escuadrón Guillotina. A partir de entonces, Velasco y el ejército villista van por la república decapitando a todos sus enemigos, haciendo rodar cabeza tras cabeza en cada uno de los estados que recorren. En contraste con el cómico personaje del abogado, siempre aterrado y sometido a los mandatos del general, constantemente ideando estrategias fallidas para huir de su indeseada situación, vemos a un Villa atorado entre las necesidades del país y las exigencias del poder.
               Sin perder el interés histórico, pero tampoco la libertad creativa de la ficción, Arriaga pone de manifiesto un tema de suma controversia en la narrativa de la Revolución mexicana: la imagen pública de Pancho Villa, creada en gran parte por los gringos y para los gringos. Por un lado, hay una lucha social que el general mismo ha forjado y encabezado; pero, por otro, hay una presión extranjera de un poder económico y militar incomparablemente superior al nacional, que establece un inevitable sometimiento y demanda frutos para el funcionamiento de su propio sistema. Así, la inacabable tragedia de los grandes líderes mexicanos vuelve a cobrar vida y el caudillo social que prometía paz, igualdad y justicia de pronto se encuentra en los mismos zapatos que los que han pasado a la historia como traidores y “vendepatrias”, como Santa Anna, Porfirio Díaz o Iturbide. Hay un lado de la historia de Villa que rescata con precisión lo que éste significó para el movimiento revolucionario, pero hay otro que es resultado de un mero constructo de divertimiento para la industria del espectáculo estadounidense.  

            “Villa quiso fusilar a los fotógrafos gringos, pero el siempre prudente general Felipe Ángeles lo convenció de que ese proceder le podría traer serios conflictos con el gobierno de Washington, por ello Villa optó por el contrato.” Aunque el interés de la novela no es encontrar una verdad histórica, Escuadrón Guillotina recupera la relación que mantuvo el Centauro del Norte con Estados Unidos, para jugar, lleno de humor negro, con los límites que separan al entretenimiento de la guerra; dos opuestos que, en ocasiones, ya sea por el azar o el constante absurdo de la conducta humana, coinciden. Después de todo, es la teatralidad de la guillotina lo que convence al general de obtenerla.

            En esta primera novela del narrador y guionista mexicano, el lector encontrará paisajes que recuerdan a otras novelas sobre la Revolución, como Los de abajo de Mariano Azuela, a la vez que descubre esa crudeza particular de las historias de Guillermo Arriaga, que en su misma corrosividad y fatalismo guardan un profundo sosiego.

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