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Jorge Luis Borges, autor del lenguaje (Dos estampas)
Romeo Tello comment 0 Comentarios

De 1944 es una de las antologías de relatos más famosas de Borges, Ficciones, especie de álbum doble literario compuesto por El jardín de senderos que se bifurcan y Artificios. Si bien ninguno de los cuentos desmerece del conjunto general (es decir: ninguno desmerece de uno de los libros que definió el rumbo de la literatura del siglo xx), son dos las piezas que han acaparado la atención y admiración de críticos, lectores e, incluso, como por ósmosis, de personas que nunca han tocado una copia del volumen borgiano: “Pierre Menard, autor del Quijote” y “Funes el memorioso”. Sin proponérselo, Borges se convirtió en autor de mitos con la ejecución de estas ficciones. Desde entonces, se ha vuelto imposible hablar de temas como la originalidad, la interpretación, el plagio y la traducción sin remitirse al autor francés de Don Quijote de la Mancha fabulado por Borges. Del mismo modo, la memoria, cuando se transforma en materia de reflexión filosófica y literaria, es ya indisociable del compadrito uruguayo —“Zarathustra cimarrón y vernáculo”— que adquirió una memoria prodigiosa tras caer de un caballo.

1.

Decir que la memoria de Ireneo Funes —de los 19 años hasta su muerte a la edad de 21— fue prodigiosa o portentosa es decir una frivolidad. Su capacidad de recordar no era simplemente descomunal e infatigable: era absoluta. Nada podía olvidar. Ningún dato, ningún matiz de todos los que entraban a su cerebro por alguno de sus exacerbados sentidos hallaba después salida o escondite. “Sabía”, nos dice Borges, “las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro de pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho”. Pero el carácter total de la memoria de Funes no radicaba en la mera —aunque astronómica— profusión de detalles, sino en que todos “esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc.” De todos los ejemplos que da Borges de la agobiante infalibilidad de su memoria, uno es el más exacto y terrible: “Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero”.

A veces creo que la celebridad de este cuento proviene más de la fascinación y la velada envidia que despierta el singular caso de su protagonista que de las implicaciones filosóficas que entraña o de la propia genialidad de Borges para elegir los ejemplos que testifican la naturaleza absoluta de la memoria del gaucho uruguayo. Envidiamos a Funes, como a todo superhéroe, porque detona en nosotros la nostalgia de lo absolutamente otro: ese anhelo de otredad radical del que participa cualquier sueño de inmortalidad, cualquier configuración fantástica, cualquier intento de arrebatarle al Tiempo y a la causalidad lógica el monopolio del cambio. Su condición nos maravilla al grado de que nos permitimos desdeñar el hecho de que la memoria total no trajo a Funes la sabiduría ni mucho menos la felicidad; por el contrario, ésta lo llevó a familiarizarse con formas cada vez más precisas del agobio, la angustia y el absurdo. Le causaba asombro y enfado que la misma palabra —perro— sirviera para designar, no sólo a “tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma”, sino también al animal de las tres y catorce (visto de perfil) y al de las tres y cuarto (visto de frente). Le era difícil dormir, reconocerse en el espejo y no era muy capaz de pensar —pues pensar, anota Borges, “es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”.

2.

Modesto, pero un misterio a fin de cuentas, es el caso del simbolista de Nîmes, autor parcial del Quijote de Cervantes. En una carta de 1934, dirigida a un crítico literario fascista y católico amigo suyo, Pierre Menard declara que el Quijote le interesa hondamente, pero no lo considera un libro “inevitable”. “El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario”, dice tajante Menard. Aún así, acometió la meticulosa (y metafísica) tarea de reescribirlo, de reproducirlo sin incurrir en transcripción. El crítico católico al que hemos aludido, señala que Menard sólo pudo completar la reescritura de los capítulos IX y XXXVIII de la primera parte, y un fragmento del XXII. Sin embargo, una detallada revisión de la edición conmemorativa del IV centenario de la novela cervantina (2004), preparada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, me ha permitido inferir la existencia de fragmentos de otros capítulos, cuando no de capítulos completos, de la versión del francés. Por una virtuosa ironía o por un error inexplicable (más probable lo segundo que lo primero), Francisco Rico traspuso pasajes del Quijote de Pierre Menard en el Quijote de Miguel de Cervantes. Los traslapes son sutiles, pero perceptibles. Un ejemplo notorio: en el capítulo XI, a mitad del parlamento quijotesco conocido como el Discurso de la Edad de Oro, Cervantes escribe: “No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza”. En cambio, en la edición referida se filtra la pluma del francés: “No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza”. La intervención de Menard es evidente (lo mismo que el dislate de Rico) en su decisión de no cambiar el artículo «la» por el hoy más común «el» —que concordaría gramaticalmente, en género y número, con el sustantivo «fraude».

La pregunta central que surge del affaire Menard es: ¿por qué el nîmois intentó el cover descomunal de una obra que no admiraba hasta la envidia? ¿O acaso miente impunemente cuando en sus cartas dictamina que el Quijote es una novela prescindible? ¿En qué consistía la total identificación con el manco de Lepanto a la que el mismo simbolista alude en sus epístolas? ¿Soñó con completar el Quijote y pasar a la historia como el anónimo autor original de la magna novela? ¿Quiso relegar a Cervantes al papel de cubridor de su propia obra? Y, finalmente: ¿Menard hizo realmente cover? ¿Es posible el cover sin marcas, el cover que anula la personalidad del versionador, el grado cero del cover? Yo, al menos, no lo creo viable, y es ésta la razón por la que Pierre Menard, autor del Quijote, continúa siendo un misterio inexpugnable —modesto, pero misterio al fin y al cabo.

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