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Imaginación anarquista (La estación de la calle Perdido)
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En medio del Cancro y el Gran Alquitrán, los dos ríos que como arterias putrefactas atraviesan la ciudad, yace la estación Perdido, una enorme torre donde convergen las cinco líneas de tren aéreas (patas de arañas férreas) que se dispersan cruzando casi todos los barrios de este monstruo citadino, esta ciudad viva que late y resopla como una máquina de vapor, rezumando taumaturgia: Nueva Crobuzón. Los barrios, de nombre tan alucinante como las razas que los pueblan, se reparten entre los ríos: El Barrio Óseo, con el fósil de las gigantescas costillas de algún gigante antiguo haciendo sombra a sus habitantes; la Ciénaga Brock, donde los científicos proscritos de la ciudad trabajan en investigaciones ocultas; La Perrera, una de las zonas más jodidas y atestadas; Salpicaduras, un barrio que como gangrena creció en las afueras y donde viven los infrahumanos, las bandadas de garudas (hombres pájaro) demasiado pobres y discriminadas, y los Rehechos más maltratados, a donde nadie se atreve a ir.

La Nueva Crobuzón respira las aguas negras y contaminadas de químicos y residuos taumatúrgicos que se derraman en sus ríos; Crobuzón destila las lenguas y costumbres de las razas que hormiguean en sus entrañas, como parásitos aferrándose a ella para sobrevivir: Los bodanoys, seres rana, místicos y muy sabios, casi siempre de mal humor, especialistas en la acuartesanía (moldear el agua a su antojo); Las Khepris, mujeres con cabeza de escarabajo, y el cuerpo humano, que se comunican con feromonas; Los Cactus, hombres y mujeres cactáceas con miembros alucinantes atestados de espinas y flores rojas que brotan en ellos cuando llega el verano; los Rechechos, seres de cualquier raza que por algún crimen han sido condenados a ser reconstruidos por los mejores taumaturgos del estado, los hábiles moldeadores de carne que sustituirán sus miembros por brazos de mantis, sus troncos por inmensos engranajes de vapor, sus piernas por patas de perro, según sea el crimen que hayan cometido.

Nueva Crobuzón suda; ha empezado a escurrir el sudor frío y aterrado de las pesadillas. Desde hace un tiempo, ella y todas las criaturas que la habitan, apenas llega la noche, son invadidas por el terror: una plaga de pesadillas hace que sus sueños sean un sumergirse continuo en el terror. Hay algo en el aire, un residuo, un tipo de éter que desata el desasosiego y las pesadillas… la ciudad está siendo acechada, consumida poco a poco por las criaturas recientemente liberadas que han soltado esa manta invisible de pesadillas sobre la ciudad: las polillas. Unas enormes bestias con alas hipnóticas, y con decenas de apéndices (tentáculos, huesos serrados, manos humanas) que se alimentan de la ciudad, que se alimentan poco a poco de cada miembro, de cada descartado, de cada poderoso que habita las venas de nueva Crobuzón. Las polillas descienden hasta ellos atraídas por su delicioso elixir, por esa mezcla que resuman y que es tan nutritiva para ellas: La conciencia. Las polillas se ciernen sobre cualquier persona con la capacidad de soñar y absorben su psique, deleitándose con esa mezcla tan rica entre lo consciente y lo inconsciente; allá van, los monstruos alados, sorbiendo los colores del mundo, chupándolos, apagándolos, recortado los brillantes trazos de la gran telaraña de la realidad.

Los únicos con una oportunidad de detenerlas: una Kephri artista glandular, un humano que estudia la energía de Crisis, un Garuda sin alas, que ha venido desde muy lejos, desde el desierto del Cymek, y ella, la más majestuosa y desquiciada, La Gran Tejedora, una monstruosa araña poética, caótica, enloquecida que teje los hilos de la realidad, que acomoda y recorta las narrativas de Nueva Crobuzón como una diosa en éxtasis, danzando con sus patas afiladas mientras cruza de un plano a otro de la realidad, maravillada con el tejido, con la gran red. Este es el escenario en el que te sumergirás si decides venir a Nueva Crobuzón, una de las ciudades más majestuosas de Rohagi, uno de los dos continentes de este mundo: Bas-Lag. A este universo brotado de la imaginación salvaje, sin límites, de China Miéville, el autor de este libro con el que ganó el premio Arthur C Clarke en el 2001, y que abre la trilogía de Bas-Lag. Lo más asombroso de China es su descaro, su desfachatez absoluta para permitir que la Gran Imaginación lo atraviese y el la deje ser, sin delimitarla en ningún género, sin gobernarla, permitiéndole cualquier capricho: demonios, polillas asesinas, hombres cactus, mujeres pájaro, máquinas que toman consciencia, vampiros, magia, androides; ciencia ficción, fantasía, mitología, steam punk, cualquier cosa, no hay nada que le sea dictado a China que este anarquista imaginario no permita; todo entra en este caldo espeso, poético, surrealista que es La estación de la calle Perdido, editado en español apenas en 2017 (16 años después de su aparición en inglés) por ediciones B.

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