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Guadalajara y los lectores vuelven a encontrarse
Carlos Priego Vargas comment 0 Comentarios

Ícono de La Minerva, El teatro Degollado, El Instituto Cultural Cabañas y la Jericalla, Guadalajara presenció el resurgir de su feria del libro. Miles de lectores asistieron a la reunión editorial más importante de Iberoamérica y las autoridades entendieron que el futuro del festival cultural pasa, por buena medida, por el equilibrio entre aforos controlados, horarios reducidos y suspensión de actividades masivas.

En la esquina que forman la Avenida de los Cuentistas y la Avenida de los Novelistas aguardan un bibliotecario, una joven con lentes de pasta, un diseñador gráfico, una señora con gafete de prensa y una chica con camiseta naranja y una bolsa amarilla con la leyenda: “Perú, invitado de honor”. En la entrada del stand ameniza la espera una enorme pantalla que trasmite la imagen de una gigante Sofía Macías y su: Pequeño Cerdo Capitalista 2021. Retos financieros. El entusiasmo del ecosistema editorial se detiene frente al corazón de las reuniones editoriales de Iberoamérica y la ciudad se llena de música, arte, cine y teatro de Perú, el país que, después de dieciséis años, repitió como invitado de la feria. Existió un tiempo en que visitar la Feria del Libro de Guadalajara era tarea de valientes. Al tráfico infernal que inundaban la Avenida Mariano Otero, la Avenida de Las Rosas y la Avenida Faro, se unían los aproximados 840 mil asistentes que ahogaban los 34 mil m² de área de exposición que ofrece la Expo Guadalajara, el recinto que cada año funciona como principal sede del encuentro. En años anteriores, un simple paseo por sus pasillos sería un reto de proporciones bíblicas hasta para el más experimentado usuario del Metro Pantitlán de la Ciudad de México en hora pico.

Pero desde que, hace dos años, el COVID‑19 aterrizó en el mundo, muchas cosas cambiaron. Aunque los organizadores de la FIL siguen estando muy interesados en los récords de asistencia, el tráfico de visitantes se redujo a niveles nunca antes vistos y con él también bajó la participación de las editoriales. En este intervalo, las autoridades de la feria organizaron un encuentro con menos expositores y pasillos más amplios. Entonces, de acuerdo con Raúl Padilla, miembro del comité de organización de la feria, “los más lectores y los más compradores de libros, los que estaban ansiosos por adquirir libros después de la pandemia” fueron los que asistieron. Mientras los visitantes bajaron a casi 205 mil, las editoriales participantes sumaron mil 223 procedentes de 37 países presentando 240 mil títulos en el área de exhibición, de acuerdo con los organizadores del encuentro.

Los visitantes que se detuvieron frente a los stands de las editoriales participantes coincidieron en tres motivos: saciar el apetito lector, ejercer el hábito de la lectura de manera colectiva y buscar un poco de compañía, algo que el confinamiento por la pandemia no permitió. En la llegada al nuevo universo FIL, muchos descubrieron un lujo que no requiere inversión: la Feria del Libro de Guadalajara es inmensa. Es el evento más importante de su tipo en el mundo de habla hispana y la segunda feria de libros más grande del mundo sólo por detrás de su similar de Fráncfort, en Alemania.          

Los visitantes esperando entrar al stand de PRH.

En los últimos veinte meses de confinamiento la industria editorial puso en marcha distintos proyectos para acercar los libros a sus lectores, entre ellos: el fortalecimiento de sus plataformas de comercio electrónico, en todo el mundo los directores de las principales ferias de Europa, Asia y América Latina decidieron migrar a los formatos virtuales. La primera feria que se enfrentó a la nueva realidad fue la Feria Infantil de Bolonia, la más grande del mundo en su sector, sus organizadores decidieron crear salones virtuales que lograron más de 60 mil visitas en los cuatro días que duró el encuentro. En Bogotá la FILBo se planteó la posibilidad de llegar al mundo entero con su programación digital: mesas redondas, debates y clubs de lectura. Pronto salieron a la luz otros proyectos como el de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires que creó un programa cultural y un mapa de librerías argentinas articuladas entre sí para potenciar la venta de libros online mientras la web de la feria se convirtió en un escenario que recuperó las mejores presentaciones de sus ediciones anteriores. Esa fue la misma ruta que siguió la Feria de Guadalajara el año pasado. El desafío, sin embargo, no era elegir el formato sino que la cancelación en si del encuentro afectaría por lo menos a ocho mil asistentes, dos mil editoriales, cuarenta y siete países representados por las editoriales, diecinueve mil profesionales del libro y trescientos agentes literarios que se darían cita en encuentro. En otros tiempos, un gesto así representaría un enorme problema para los profesionales del ecosistema editorial, pero los organizadores de la feria descubrieron que la virtualidad no era una alternativa sino una “puntual obligación”.

Durante mucho tiempo, al comité organizador le gustaba resaltar los récords de la feria de Guadalajara: la más visitada, la más grande, la más importante de la industria editorial de América Latina, la que más ejemplares mueve en el mercado, la que más expositores tiene.

John Boyne, autor de El niño con el pijama de rayas, invitado especial en la FIL.

Desde su creación en 1987, y por iniciativa de la Universidad de Guadalajara, cada año la FIL se convierte en una frenética arteria por la que desfilan lectores, editores, agentes literarios, promotores de lectura, traductores, distribuidores y bibliotecarios, que acuden a realizar intercambios comerciales y profesionales. Símbolo de la “modernidad política que apareció con la libertad de imprenta, con el derecho a escribir y publicar sin restricciones” recorrerla es apropiarse de parte del patrimonio vital y concreto de la cultura iberoamericana. Cada año, la entrada principal al encuentro se ubica en la Avenida Mariano Otero 1499, arteria que debe su nombre al jurista que hizo celebre la frase: “Por grandes y profundos que sean los conocimientos de un hombre, el día menos pensado encuentra en el libro que menos valga a sus ojos, alguna frase que le enseña algo que ignora”.

Este año, ciento veintitrés días antes de la inauguración de la edición 35 de la feria, su presidente, Raúl Padilla, dio a conocer que para evitar repetir lo que ocurrió en 2020 — cuando la feria se debió realizar totalmente en la virtualidad ante la complejidad de la pandemia—, se pondrían en marcha una serie de estrategias sanitarias de la mano de las autoridades capacitadas en el tema. “Estamos conscientes de que la emergencia sanitaria no ha terminado, en el comité organizador estamos trabajando en protocolos y logística que nos permitan vivir nuevamente de manera segura para visitantes, participantes y expositores nuestra gran fiesta de los libros y la lectura”, afirmó el funcionario. Eso fue el inicio de una revolución. La feria de este año contó con 10 mil m² de área de exposición, pasillos más grades unidireccionales y bidireccionales entre los stands para permitir un flujo más cómodo para los visitantes. Además, contó con menos expositores. También se dividió en dos turnos para asistir a las actividades dentro de Expo Guadalajara: de 09:00 a 14:00 horas y de 16:00 a 21:00 horas. El espacio de dos horas permitió poner en marcha una teórica desinfección del recinto. Para ingresar, se debió usar cubrebocas todo el tiempo y también fue necesario pasar por un túnel de desinfección que roció a cada asistente con Carvacrol, un sanitizante que se obtiene principalmente del orégano y que contagió a cada persona con un característico olor a sopa. De acuerdo con Jorge Gutiérrez, Gerente de Operaciones de la Expo Guadalajara, “la intención del túnel sanitizante es bajar la carga viral y microbiana antes de ingresar a la feria”. Todo esto provocó protestas, reclamos, comentarios y risas de los visitantes hasta que se confirmó lo obvio: el entusiasmo de los lectores acabó con la ausencia dejada un año atrás por la feria. Nueve días después de su inauguración llegó el golpe definitivo: la directora general de la FIL, Marisol Schulz, elogió la destacada “participación, conciencia y comprensión” de las personas que visitaron Guadalajara. Con un aforo reducido y en su regreso al formato semipresencial, el encuentro editorial más grande del sector en español, cumplió con las expectativas de los lectores.

A unos metros de la entrada del stand F1, el de Penguin Random House, Walter Martínez no para de capturar ecos con su grabadora de sonido Zoom F8n. Sosteniendo su micrófono sennheiser mkh 416 describe un fenómeno del que se siente protagonista: “realmente mi decisión de trabajar en la feria tiene que ver por gusto que por lo económico. Para mí significa aprender de nuevas culturas y poder encontrar libros un poco más exóticos que no hubiera buscado de otra manera. Para mí esto es algo primordial para salir de mi área de confort”. Walter forma parte de un abultado grupo de personas que se benefició de las treinta y tres ediciones anteriores de la feria y que ahora resurge con el nuevo formato. “Fue un poco triste ver menos editoriales y secciones, pero al mismo tiempo los que asistieron se ven más cómodos” explica mientras ajusta sus aparatos y se lanza a la caza de nuevos sonidos que integrarán el video de clausura del evento.

Las firmas de autógrafos no faltaron.

Según Jesús Carlos Mora, responsable de las brigadas de diagnóstico y muestras aleatorias en la Feria Internacional del Libro, la importancia de las medidas de seguridad permitieron lograr el “saldo blanco” en cuanto al tema de contagios de Covid-19.  Por su parte, la directora Marisol Schulz destacó las medidas para evitar contagios por covid-19, incluidas pruebas aplicadas al azar, las cuales no detectaron ningún caso positivo. Este año regresó la confianza en los libros aunque la mascarilla nos tapó la boca y los pómulos.

En Guadalajara también se dan cita bibliotecarios de América Latina y Estados Unidos, sus salas se convierten en el mayor escaparate de publicaciones en español del mundo. Cada año, durante los días que dura la feria, se puede mirar a Alfonso Vijil arrastrando una maleta de viaje. El nicaragüense radicado en EU se dedica a la venta de libros en español. Es dueño de la librería Latín American Books en California y las claves de su negocio son dos: sólo vende libros en español y sus principales clientes son las bibliotecas del país del norte. “Venir a México a la feria es importante para mí, aquí puedo comprar libros que a EU no llegan. Hay distribución de libros en español, pero son las menos, casi todo es best seller”, dice Alfonso. Pero él no es un caso único, Rafael Blanco es la cabeza del proyecto Librería Mar Adentro, una librería independiente de Veracruz, y un visitante de varias ediciones de la FIL. “Para un librero del interior del país poder acceder de manera presencial, —después de largos meses de intercambios virtuales— a una de las ferias del libro más importantes del planeta es una experiencia excepcional. Lo fue incluso en comparación con ediciones anteriores de la propia FIL. Es cierto hubo ausencias notables y sensibles: se extrañó FIL niños, por ejemplo; faltaron editoriales, distribuidores, países, autores, hubo huecos lamentables, pero fue distinto: el hecho de que pudiéramos recorrer pasillos y hojear libros, conocer editores peruanos y dialogar cara a cara con quien era ya solo una voz al otro lado del teléfono, fue enriquecedor”, concluye.

Por las arterias principales de la Expo, convertidas en un símbolo de nueva movilidad, pudo verse a un despeinado Jorge F. Hernández preguntando a todo mundo si ya habían leído Un bosque flotante, la novela del siglo. Se pudo correr junto a la periodista mexicana Mariana H. que presurosa acudió a cada rincón del recinto para no perder su nota.  Se pudo ver en las salas de la feria a la escritora uruguaya Fernanda Trías recibir el premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela Mugre Rosa. Y en el stand de una de las jóvenes editoriales independientes mexicanas se pudo escuchar, a manera de banda sonora no oficial, a LCD Soundsystem preguntándole a la FIL: Where are your friends tonight? // Where are your friends tonight?

La asistencia a la feria de Guadalajara nunca estará completa si uno se pierde de sus sonidos y su música. Es domingo, afuera de la expo está cayendo el sol y dentro hay un poco más gente que los ocho días anteriores. Una joven de cabello largo y su pareja, con una mochila al hombro, empujan una carriola, ríen y se miran a los ojos. Mientras un hombre disfrazado de cavernícola pasa a su lado al tiempo que grupos de visitantes peruanos se retratan los unos a los otros. Paola y Alberto viven en Zapopan, un municipio a 20 minutos de la Expo. “Si la feria hubiera estado más llena, no hubiéramos venido este año”, dice ella mientras él intenta guardar ejemplares de Joseph Conrad, Jack London y Oscar Wilde que llevan en la mano.  “Cada año venimos, pero no podemos estar más de una hora por los ríos de gente, pero este año vinimos todos los días”, agrega él mientras admite: “las restricciones son como la lotería para el lector. Hay menos editoriales, pero la gente que llega puede mirar mejor. Antes nos aburríamos y no podíamos comprar, este año nos gustó tanto que regresamos al siguiente día y al siguiente y al siguiente… ¡vinimos todos los días! ”, exclama Paola. Antes de la pandemia la joven pareja visitaba la feria un rato y se iban y ahora estuvieron varias horas, ver la feria menos llena “no es un lujo, es una necesidad”, resumen sobre la nueva normalidad. Con otras bolsas de libros Alberto ajusta los cinturones del carro de su bebé. Improvisó el cochecito como transportador de los ejemplares que compraron. “Nosotros ahorramos todo el año para venir a comprar nuestros libros aquí, pero nunca habíamos comprado tantos como este año, mira qué bien nos fue”, señala mostrando los ensayos, novelas y cómics que llevan embolsados. Poco a poco, la feria de Guadalajara va llegando a su fin, después de nueve días que permitieron descubrir que el futuro del festival cultural pasa, por buena medida, por el equilibrio entre aforos controlados, horarios reducidos y suspensión de actividades masivas, los pasillos comienzan a poblarse de cajas vacías en las que los expositores comenzarán a guardar sus libros que llevarán a la siguiente feria. Los enamorados jovencitos no se apresuran pues quieren seguir mirando los stands que ya visitaron, pero en los que no siempre encuentran lo mismo. Tienen delante todas las editoriales del mundo. Detrás, a sus espaldas, dejan los pasillos que este año lucieron menos llenos.

Presentación de Un bosque flotante: En la foto Mariana H, Jorge F. Hernández y Fernanda Álvarez.

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