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El síndrome de las palabras fantasma
Erick Baena Crespo comment 0 Comentarios

Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro.

PAUL AUSTER

Una palabra se me escurre de la memoria como aceite entre los dedos. Es una palabra que empieza con la letra “c”. La tengo en la punta de la lengua, algo desdibujada y amarillenta, pero sé que está ahí.

Cierro los ojos.

Intento atraparla de entre un torrente de imágenes que aparecen detrás de mis párpados, pero se me escabulle.

Ésa es una de las secuelas de los que enfermamos de SARS-CoV-2, a la que llamo el síndrome de las palabras fantasma.[1]

Ahora mismo, una de ellas está aprisionada dentro de mí, suspendida en una bruma mental.

Pero espero recuperarla, abrir esta celda que es mi boca y verla despegar como un pájaro hermoso.

Eso anhelo.

***

No.

No soy un guerrero. Padecí covid moderado en abril de 2021 y ahora vivo con algunas secuelas.

¿Cómo relatar una experiencia así, con esa ilusoria autoridad moral de los “recuperados”, si las mutaciones del virus amenazan con aplastar nuestra esperanza de regresar a la “normalidad”?

El relato retrospectivo, victorioso, se anula ante ese escenario. Y no estoy seguro si, al narrarlo, sortearé la autoconmiseración (seguramente no) con la que se han escrito otros testimonios, que se regodean en un aspecto: la sobrevivencia. Y que están repletos de esas metáforas bélicas de las que tanto se lamentaba Susan Sontag.

“La metáfora militar apareció en medicina hacia el 1880, cuando se identificaron las bacterias como agentes patógenos. Se decía que las bacterias ‘invadían’ el cuerpo, o que se ‘infiltraban’ en él”, explica Sontag en La enfermedad y sus metáforas, un breve ensayo sobre la representación, en el imaginario social, de la tuberculosis y el cáncer, publicado en 1978.

No.

No soy un guerrero.

Me resisto a regresar a ese estado de postración en el que permanecí 21 días, pero no tengo opción: necesito repasar mis impresiones y mirar algunas postales de ese encierro para ver si me reconozco. 

Cabe la posibilidad de que, al volver ahí, le encuentre sentido a la pérdida y, al fin, recupere algunas palabras fantasma que se han convertido en un espejismo en mi memoria.

***

Inhalo. Exhalo. Respiro millones de partículas de vidrio en polvo. O eso siento. “¿Moriré pronto?”, me pregunto. No lo sé, pero quiero encontrar la paz en estos momentos de infinita angustia.

No lo logro.

Toso: escupo una flema, casi sanguinolenta. Me alarmo.

Estoy conectado a un tanque de oxígeno casi las 24 horas. Ahora mismo estoy solo, enfermo, en mi breve departamento. En este espacio mínimo, que es mi recámara, me siento como atrapado en lo hondo de una cueva, sin posibilidad de huir.

“A veces nos quedamos solos mi dolor y yo. Nos contemplamos con desgano. Haz lo que tengas que hacer, parece que nos decimos y se me ocurre entonces: ¿A dónde se podrá ir si lo ignoro? Nos quedamos solos y nos miramos de reojo. Hay una como amargura en ambos”, escribe María Luisa Puga, en su libro Diario del dolor, una obra en la que la autora de La forma del silencio, a través de fragmentos breves, narra su experiencia después de haber sido diagnosticada con artritis reumatoide.

A diferencia de Puga, que se dirige a eso que le provoca daño, me siento incapaz de hablarle a la enfermedad, de maldecirla, de nombrarla. Me inspira temor.

Me levanto de la cama, con dificultad, giro la válvula que regula el flujo del tanque y me retiro, con cuidado, la cánula de mi nariz.

Entro al baño y un escalofrío me recorre, me atraviesa la espina dorsal. Me miro en el espejo y me sorprende el avance del virus. El pánico asciende, me hormiguea en todo el cuerpo, y luego me tortura: me falta el aire.

Vuelvo a conectarme al tanque. Me siento al filo de la cama, golpeo mis rodillas con los puños cerrados y me grito a mí mismo: “¡Sé fuerte! ¡Sé fuerte!”.

Recuerdo las palabras de un amigo psicólogo, quien hace una década, cuando lo consulté por los ataques de ansiedad que padecía, me dijo: “Los malos pensamientos son como las nubes: pasan. Es inútil tratar de detenerlos. Déjalos ir”. En estos momentos no puedo atender su sabio consejo: naufrago en pensamientos catastróficos. Entonces busco un bote salvavidas en los libros. Agarro una novela, pero no logro concentrarme después de cinco, seis páginas.

Del otro lado de la cama descansan sobre el buró las cosas de mi esposa: una caja de pañuelos, una pinza para amarrar su cabello y, debajo del cristal, postales de nuestros viajes juntos. Encuentro consuelo en esos recuerdos. Ella no está, pero sé que, en estos momentos, atraviesa un dolor inenarrable. Su padre −mi suegro− murió hace dos días de covid-19. Y ella, también contagiada, apenas saliendo de la infección, se encarga de todos los trámites funerarios. Quisiera levantarme y acompañarla, pero no tengo fuerzas: el cuerpo me pesa mil toneladas.

En los nueve días previos, ella, médico de profesión, lidió con los cuidados de ocho personas de la familia, todas ellas contagiadas de forma simultánea.

Un esfuerzo descomunal, sobrehumano.

Esa misma noche, a su regreso, mientras me toma la temperatura y revisa mi oxigenación, escuchamos las canciones que a él, a su papá, le gustaban. Luego nos abrazamos durante dos, tres minutos, sin decir nada.

Mi suegro era orfebre y algunas de sus creaciones, como un par de caballos de latón, que rescatamos de su taller, descansan en un mueble que adorna nuestra sala.

¿Qué solos, qué huérfanos, nos dejan las cosas que nos recuerdan a los que se fueron?

Y pienso, entonces, que la enfermedad no sólo es un proceso biológico, sino una confrontación existencial.

“Podemos saber que otro ha muerto, asistir a su funeral, incluso verle morir. Todas esas cosas son muy serias. Pero ninguna de ellas puede reemplazar la singularidad de nuestra propia muerte”, escribe Todd May, en su libro La muerte: una reflexión filosófica.

De ahí que nuestros amigos, familiares y colegas no encuentren las palabras para expresar su pena ante el padecimiento del otro.

No los juzgo. Yo tampoco las he encontrado.

Son palabras fantasma que seguiré buscando toda la vida.

***

“Échale ganas.”

Busco esa frase en mis mensajes de Whatsapp y me sorprende la cantidad de veces que se repite. Sontag explica que el cristianismo impuso ideas moralizadoras acerca de las enfermedades, con lo que se instaló, en el imaginario, la idea de la enfermedad como “un castigo particularmente apropiado y justo”.

Hace unas semanas, una persona cercana me reprochaba mi “lejanía con Dios”, como si sobrevivir a una enfermedad, potencialmente mortal, fuese un acto que reclamara expiación.

“No veo nada de espiritualidad en ti. Si la tuvieras, hubieras encontrado la calma, serías menos ansioso y quizá no habrías pasado por esto”, me dijo.

“¿Es mi culpa, entonces?”, pensé en responder, pero no lo hice.

Con las secuelas debilitándome, no me sentí con ganas de debatir. En esa semana había librado otras batallas que me tenían exhausto.

Luego encontré una respuesta, a ese reproche, en las páginas de La enfermedad y sus metáforas:

“Con las enfermedades modernas (ante la tuberculosis, hoy el cáncer), se empieza siempre por la idea romántica de que son expresión del carácter y se termina afirmando que el carácter es lo que las causa (a falta de otra manera de expresarse). […] Se da por sentado que la cura depende en primer término de la capacidad de amor propio del paciente, de hecho, muy puesta a prueba ya, o muy debilitada.”

En el siglo XIX, explica Sontag, estaba extendida por el mundo la idea de que “los pacientes con cáncer habían contraído la enfermedad al cabo de una vida hiperactiva e hiperintensa”.

Si bien el covid no es equiparable al cáncer, sobre todo, porque la primera es una enfermedad contagiosa, en términos de representación, de imaginario social, existen similitudes entre ambas.

Basta con citar los titulares de algunos medios de comunicación que recurren al lenguaje bélico para hablar de la pandemia. O las declaraciones de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, quien afirmó: “El coronavirus puede ser una cepa creada para la guerra biológica contra China”.

“Échale ganas”. Esa frase contiene aún reservas de esa carga simbólica y cultural de la que habla Sontag, quien también dice: “Atribuir el cáncer a una falta de expresividad equivale a condenar al paciente: muestra de piedad que al mismo tiempo es manifestación de desprecio”.

“Échale ganas”.

Esas podrían ser dos palabras fantasma que no me importaría olvidar.

***

Tengo una playera que tiene un estampado pequeño, junto a la etiqueta, que dice: “Living Life Day by Day”. Esa frase la traje pegada al cuello, sin advertirlo, durante los días que estuve enfermo. Lo descubro ahora, treintaiún días después del primer síntoma, mientras doblo una tanda de ropa limpia.

Mi esposa está sentada, sobre la cama, con sus piernas cruzadas, desechando medicinas que han expirado.

Me tomo la temperatura. El termometro marca 36.5 grados. Y a pesar de los dolores de espalda, que se sienten como si alguien me apuñalara de adentro hacia afuera, la punta de un cuchillo cercenándome lento, estoy a un paso del alta médica.

Huele a hospital, a eucalipto sumergido en una suspensión medicinal difícil de discernir. No perdí el olfato ni el gusto durante la enfermedad, pero todavía percibo ese extraño olor, difícil de precisar, escurridizo e incomparable.

Fernando Fernández, en su libro Almas flexibles, lo define como “un olor: grave, oscuro, húmedo, concentrado, triste”.

A mí ese efluvio, unas veces, me hace pensar en inyecciones, la antesala de un hospital o un cortejo fúnebre.

Es el olor de algo que muere: una célula, un recuerdo, una palabra.

Alzo la mirada. De pronto, aquella palabra que había olvidado empieza a revolotear, se agita dentro de mí, como un insecto atrapado en un frasco. Revolotea en mi memoria, hermosa, mostrando el color de sus plumas. Se pavonea de su belleza.

Pero sigo sin poder pronunciarla.

−¿Cómo se dice…? −le pregunto a mi esposa. Sus ojos amielados se me incrustan en todo el cuerpo, me llenan de algo parecido a la esperanza.

−…

−Estoy tratando de recordar una palabra. Se escribe con “c”. Creo que se refiere a un estado larvario, o no sé… −le digo, de forma enredada mientras ella entorna los ojos y mira hacia el techo.

Luego baja la mirada, abre sus ojos y aquella palabra, tan ansiada, brota de sus hermosos labios como un pájaro de alas tornasoladas:

−¿Crisálida?

−¡Sí! ¡Ésa! −le respondo, emocionado.

Es como si cada letra dejara una estela colorida en la penumbra. La repito, ahora sale de mi boca, de forma clara, enfática: cri-sá-li-da.

La apunto con urgencia en un cuaderno que descansa en el buró, la encierro en un círculo rojo, como si dibujara la silueta de una jaula.

Y pienso: no volverás a ser una palabra fantasma.

Eso anhelo.


[1] El término “palabras fantasma” (ghost words) fue acuñado en 1886 por el lexicógrafo inglés Walter William Skeat. Se refiere a aquellas palabras, de uso poco frecuente, publicadas en un diccionario y que aparecen por error, o por una confusión tipográfica o lingüística. “Una errata, un error de transmisión, de lectura o de interpretación son los causantes de la mayoría de los fantasmas léxicos”, explica Pedro Álvarez de Miranda en su texto Palabras y acepciones fantasma en los diccionarios de la Academia. Las palabras a las que me refiero están cautivas en algún rincón de nuestra memoria, ahí donde habita nuestro vocabulario.

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