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El patriarcado va de la mano con el capitalismo
Malinalli Rodríguez comment 0 Comentarios

Cuando se habla del «ser mujer» pocas veces se dimensiona de una manera adecuada o donde realmente quepan todas las experiencias para poder teorizar en torno al papel del feminismo. Sin embargo, vivir día a día resistiendo para no ser asesinadas es una buena praxis. En el libro Amores tóxicos, futuros imposibles: el vivir feminista como forma de resistencia (Taurus, 2022), la investigadora y periodista Irmgard Emmelhainz retrata estas vivencias poniendo como manifiesto que lo personal siempre es político.

En esta obra de varios ensayos podemos encontrar la resistencia de las mujeres no sólo para escapar de un feminicidio, sino también de cómo nuestra existencia se hace presente en todas las actividades del día a día. La violencia cotidiana funciona como contraparte de la resistencia que hemos intentado establecer. El patriarcado siempre va de la mano con el capitalismo: además de la presión por ser productiva y en conjunto con lo que se le exige a las mujeres por mero estereotipo, hace que sistemáticamente esta oposición sea más por supervivencia que por el sólo querer ser.

Dentro de todo el libro se pueden encontrar diálogos con amigas reales e imaginarias, justo donde se encuentran las dudas y teorizaciones en torno al debate sobre el ser mujer en el siglo XXI. Debates que son atravesados por un trasfondo capitalista que muchas veces imposibilita la acción feminista de resistencia. Estos diálogos no sólo critican las violencias ejercidas hacia las mujeres, sino que también proponen soluciones desde diferentes trincheras que es donde se lucha, no sólo como mujer, sino también como mujer trabajadora, mujer artista, madre, mujer colonizada…

Se reflexiona el cómo los males hegemónicos han dañado nuestra salud mental. Cómo el capitalismo ha implantado la competitividad en nuestras mentes a la vez que, irónicamnete, la codependencia emocional está a la orden del día en diagnósticos psicológicos. No es de extrañarse que un sistema que ha estado «vigente» durante tanto tiempo contenga aspectos así de absurdos, porque el verdadero problema es que el mismo sistema capitalista se alimenta de estas contradicciones.

La codependencia, según la autora, se ve influida por una empatía deformada. Muchas mujeres creen tener la característica impuesta por el estereotipo tradicional de personas cuidadoras dedicadas al ámbito privado. La mayoría de las veces creemos que nuestra capacidad de ser empáticas es nata, cuando no es así. En el ensayo «Empatía déspota», Irmgard llama a la codependenca una forma distorsionada de empatía despótica.

La solución que recorre a través de ejemplos, reflexiones de obras como la de Leslie Jamison y el colonialismo se podría resumir en el perdón a una misma y en la crítica a la penalización que ha tenido la solidaridad dentro de la sociedad. Es decir, que la solución no está en perpetuar acciones meramente capitalistas del desechar, castigar y premiar falsamente, sino de reparar, perdonar y vivir en comunidad.

A lo largo de la lectura se percibe una cierta familiaridad en cuanto a vivencias. Como cuando alguien menosprecia tu validez como ser humano sólo porque has decidido no gestar. Existir reflexivamente en torno a los feminismos puede sonar complicado y demasiado teórico cuando la realidad es completamente distinta. Cuando las mujeres y personas leídas como mujeres nos adentramos al feminismo se dice que nos ponemos las «gafas moradas», esta es una manera de ver el mundo desde una perspectiva crítica de género. Es lo que Irmgard refleja en toda la obra no sólo preguntando por qué, sino dando una respuesta sólida a esa interrogante a la vez.

Una de las preguntas que invariablemente llegan a nuestra mente cuando se lee este libro es el por qué después de todo el avance y proclamación de derechos a favor de las mujeres, como ha sido el derecho al voto, a ocupar cargos públicos, a abortar, etcétera; se siguen experimentando este tipo de violencias. Y no es sólo el por qué, si no el qué se está haciendo para resistir y combatirlo.

Nunca fue mentira cuando en las marchas nos juntamos y gritamos que si tocan a una, respondemos todas, porque todas estamos enojadas, todas estamos hartas. Considero que el libro es un acercamiento a cómo politizar nuestras experiencias personales, para que de esta manera recuperemos agencia en un sistema que nos ha tratado como víctimas culpables durante siglos. Por esto mismo, este libro nos adentra de una nueva forma al feminismo. De una manera más íntima y descarada. Irmgard describe y explica de una forma común lo que a muchas personas nos cuesta identificar tan a «simple vista».

Sin embargo, aunque nos cueste identificar ciertas cosas algo que no podemos esconder tan fácilmente es el enojo. Actuar políticamente desde el enojo resulta en la exigencia de la dignidad. Es necesario no sólo para terminar de cuestionarnos los errores de dicho sistema, sino para hacer valer nuestra humanidad. El resistir feminista está guiado desde la rabia que gritamos todas porque las realidades de muchas se encuentran más cerca de lo que creemos y no se dejará de resistir.

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