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El experimento autobiográfico de Doris Lessing
Carlos Priego Vargas comment 0 Comentarios

Dos universos literarios opuestos: el de la literatura de no ficción y los recursos de la literatura de ficción se mezclan para realizar un intento de crónica autobiográfica. Un libro impulsado con una pasión intelectual o moral lo suficientemente fuerte para implementar un orden, crear una nueva forma de ver la vida a partir de un ejercicio de excavar las distintas formas de la memoria.

**Para Julieta y Paulina que son grandes amantes de los gatos y extraordinarias lectoras.

Ahí comienzan las memorias

Las primeras páginas de Gatos Ilustres (Grijalbo, 2018), de Doris Lessing, transportan al lector a una granja ubicada en lo que hoy se conoce como Zimbabue en donde la narradora habitó entre el año 1925 y 1949 y que también se conoció como Rhodesia. Es fácil quedar hipnotizado con la voz de esa niña poco mayor de seis años que cuenta su experiencia, que trae a flote los recuerdos de esa época que la marcó, por un lado por la educación que recibió de su madre y, por el otro, por su descubrimiento y asombro por la naturaleza. Aun cuando ese hogar estuvo invadido por felinos, para ella fueron un pretexto más bien intermitente en aquella etapa. Es fácil quedar sumergido en ese viaje a través de los años que retrata la aproximación de la ganadora del Premio Nobel de Literatura al mundo de los gatos y que se convierten en los primeros capítulos de la obra: “Ahí comienzan sus memorias”.

Contando hasta diez

Esta crónica autobiográfica se compone de diez capítulos. Fueron  nombrados en forma consecutiva por los primeros diez números naturales, en cada uno hay una serie de recuerdos ordenados cronológicamente. Los primeros dos corresponden a la infancia de la escritora y el resto a su experiencia viviendo en Londres en su etapa adulta, no más allá del año 1967, que fue cuando se publicó por primera vez este ejercicio literario. Los capítulos  más largos son, quizá, de veinte páginas  y los más breves de menos de diez. Aunque es un texto de no ficción, está escrito utilizando técnicas de la ficción, pues la autora inglesa echó mano de partes de todos los géneros imaginables: elementos de la novela, del cuento o del ensayo, así como anécdotas, y utiliza recursos como estructuras, climas, tonos, o diálogos, para contar una historia real y dar vida a una arquitectura tan atractiva como la de una buena novela o la de un buen cuento.

Hay también sutiles detalles sobre infinidad de ambientes, personajes, entornos naturales, entornos urbanos y aspectos externos de los seres humanos, cuya aportación narrativa es clara: expresar, entre líneas, la preocupación de Lessing por los problemas que le fueron contemporáneos. En esta pieza, la prosa y la voz narrativa de la autora se convirtieron en una voz al servicio de la historia. Cada pausa, cada silencio, cada imagen tienen un sentido, que son por mucho, contrarios a un adorno. Y es ahí cuando el libro sugiere al lector algunas preguntas que, quizá o no, puedan responderse después de la lectura: ¿Qué significó hacer literatura en la Inglaterra de hace setenta años? ¿Existió un cambio histórico y una forma narrativa a partir de la publicación de Gatos Ilustres?          

Un lugar ideal para experimentar una etapa nueva en la narrativa

Inglaterra es el país que creó la novela moderna en el siglo XVIII, la convirtió en el género dominante en el XIX, y revolucionó las formas narrativas en el XX. Pero también tiene el mérito de crear subgéneros como la novela gótica, la histórica, la utópica, la de aventuras, la de detectives, sin olvidar la  de ciencia-ficción. Y para la década de los 60s del siglo pasado, Gatos Ilustres planteó abiertamente la inevitable conexión entre cambios en las estructuras narrativas, y lo hacía en una época en la que la nota dominante en la literatura británica era la novela provinciana que expresaba su profundo rechazo a las innovaciones del modernismo. Así, el caso de Lessing es interesante si se toma en cuenta que había comenzado su carrera en 1950 con Canta la hierba, modelo de narrativa tradicional, y había los tres primeros títulos de la secuencia Children of Violence, continuando así la gran tradición de la novela de iniciación. No es extraño que en 1955 Charles Percy Snow, defensor a ultranza del retorno a los moldes narrativos clásicos, incluyera a Lessing dentro de una lista de escritores jóvenes que, según él, desdeñaban las posibilidades estéticas de la novela y aspiraban a reflejar sin mediaciones los problemas de la sociedad contemporánea.

Pero el texto revisado no es propiamente una novela, lo que lleva a pensar en la dificultad de construir un trabajo así  –un ejercicio que pretende excavar las distintas formas de la memoria–  y que se enfrenta a múltiples retos. ¿Se puede abordar la realidad de una forma más compleja? ¿Abandonar el lugar común en el que las partes de un texto son: principio, medio, fin y deslúmbrame? Y si lo anterior es posible, ¿cómo saber dónde comienza y dónde termina el libro? ¿Cómo presentar al personaje sin que el lector tenga idea de quién se trata? En la novela tradicional es más fácil trabajar para responder estos cuestionamientos. En Gatos Ilustres es un poco más difícil y la clave para lograrlo es tener control sobre los géneros narrativos al momento de escribirlo. Esa es la única forma de hacerlo. Buscar en la prosa recursos que no se aprenden leyendo el periódico.

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Un experimento interesante

El canon señala que la autobiografía supone un relato ordenado que abarca un periodo considerable de tiempo en el que no sólo se reconstruye una trayectoria de vida, si no que deja constancias de los diversos cambios en la subjetividad, la conciencia y el pensamiento de quien se auto examina.  En pocas palabras, podríamos suponer que la autobiografía es una suerte de relato de aprendizaje en clave de no ficción, que intenta presentar la experiencia como un todo y dentro de ese todo se incluye la representación de algunas alteraciones y disrupciones.

Poner etiquetas en las cosas

Gatos Ilustres sin duda es una crónica, pero pertenece a la tradición autobiográfica, aunque se aleja considerablemente de la idea de una narración abarcadora (su arco temporal apenas cubre una parte de la vida de la escritora), ya que suma a su brevedad un carácter eminentemente fragmentario. Y la fragmentación no tiene que ver en este caso con la elección deliberada de un estilo sino más bien con los temas que se enlazan y articulan en el texto: en primer lugar se trata del papel que jugaron los gatos en la vida de la autora. Utiliza una adecuada mezcla de géneros narrativos y la mezcla de tiempos también es un acierto (las memorias suceden a lo largo de cuatro décadas), las relaciones entre las ideas son claras y el libro determina muy bien cuándo inicia y cuándo termina (en qué etapas de la vida de la escritora sucedieron los hechos narrados).

¿A qué se parece?

No estoy seguro que la publicación de Gatos Ilustres significara un cambio histórico o la puerta a una nueva forma narrativa, lo que sí es un hecho es que hoy, en pleno siglo XXI, ya estamos familiarizados con la forma de texto que propuso Lessing hace más de 10 lustros y que también logró, en su momento,  Truman Capote en A sangre fría y Joyce Carol Oates en su biografía novelada sobre la vida de  Marilyn Monroe, Blonde. Sin olvidar el trabajo de Juan José Millás, Laura Restrepo, Gay Talese  y John Dos Passos. Todos ellos han escrito desde el campo de la no ficción, es decir, han retratado hechos reales que narraron a través de textos como el ensayo, la crónica de viaje, las memorias y la autobiografía utilizando técnicas que son propias de la ficción. Todos intentaron contar cuentos que sucedieron de verdad.

Doris Lessing fue una eterna candidata para ganar el Premio Nobel, lo consiguió en 2007. Antes de eso ya se había convertido en la escritora más prolífica de Gran Bretaña; su pluma se atrevió con todos los géneros de la narrativa, desde el realismo hasta la ciencia ficción, pasando por el relato apocalíptico, la alegoría, relatos y series de novelas interminables, además de haber sido una dura activista política y favorita de la crítica feminista ­-muy a su pesar- todo esto ayudó a la escritora a mirar la realidad desde múltiples ópticas, contempló todas las aristas que le fueron posibles. Muchos de sus lectores creen que exploró la autobiografía hasta los setenta años cuando publicó Dentro de mí. Con Gatos ilustres yo considero que no.

Una pincelada autobiográfica

Aunque en el fondo la inglesa empleó toda su vida para buscarse en su literatura -y hay lectores que miran algo autobiográfico en Martha Ques-, la misma escritora desmiente las teorías en su autobiografía Dentro de mí: “a los lectores les gusta pensar que una historia es verdadera. ¿Es autobiográfico? En parte, no lo es, responde el autor, a menudo con voz irritada, porque la pregunta parece irrelevante: lo que ella ha intentado hacer es llevar la historia de lo personal a lo general si hubiera querido escribir autobiografíalo hubiera hecho, no hubiera escrito una novela”.

Es en Gatos Ilustres donde realiza un ensayo de escritura sobre su vida, delimita una fracción bien concreta de ella mostrando sus gustos, experiencias y donde se permite explorar en repetidas ocasiones preguntas sobre las nociones de ciudad, hogar y memoria con la intención de explorar los límites entre los diferentes métodos de escribir una historia personal. El libro ensaya diversos temas, entre ellos: la escritura como búsqueda de la verdad, el reconocimiento de la medición y autoridad materna y la indagación sobre la escritura autobiográfica femenina como una forma de libertad.

¿Cuál es el personaje de la obra? ¿Cómo se clasifica un libro así?

Autobiografía, al parecer. Se puede leer como crónica, memoria o un ensayo sobre géneros literarios. Lleva el concepto híbrido al extremo volviéndolo muy versátil. Pero no podría leerlo como un manual de consejos prácticos sobre felinos. Clasificarlo en la sección de mascotas de una librería sería un total error porque puede ocurrir que el lector urgido por toda esa parafernalia felina que incluye manuales y consejos para entender a sus mascotas comience a leer este delgado volumen y no encuentre nada de lo que está buscando, justo como le pasó a la escritora norteamericana Vivian Gornick, quién, sin embargo, al recurrir años más tarde a la relectura del libro, lo que encontró fue la visión de Lessing sobre las múltiples relaciones entre hombres y bestias.

Un hueco en el mundo

Como siempre ocurre, la partida de alguien deja un vacío y la de Doris dejó un gran hueco en el mundo. Echamos de menos su pasión por la literatura y por las ideas, su presencia tan pulcra como la de una hada madrina de un cuento para niños, su compromiso con la política, su carácter durísimo y su fortaleza para rechazar la sumisión que la condenaba a un orden fuertemente patriarcal donde las mujeres tenían roles muy definidos dentro del hogar. La realidad, sin duda, fue mucho más enredada de lo que se puede contar, pero con este híbrido entre crónica y autobiografía la inglesa recordó una parte de su vida y luego nos la contó como mejor pudo.

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