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El espía del Inca, un tejido con fibras vivas y rebeldes
Carlos Priego Vargas comment 0 Comentarios
El espía del Inca es una novela que responde al género histórico desde una perspectiva posmoderna. Rafael Dumett construyó una novela metaficcional que dialoga con la obra y presencia del escritor italiano Umberto Eco

La figura de Rafael Dumett es tanto mayor cuanto más tiempo pasa y no solo en el sentido profesional. En el tema intelectual, por ejemplo, El espía del Inca, su novela recuperada y publicada este año por la editorial Alfaguara, multiplica casi por dos el volumen de los últimos dos ganadores del premio que otorga cada año la editorial española.

Dumett posee todos los atributos de las personas amables a las que es difícil olvidar, además de una conversación que destella alegría y risa con frecuencia —con estudios de lingüística, teatro y múltiples trabajos como guionista y documentalista— el autor representa los valores, a acaso en extensión, de la buena literatura. Decidió alejarse de las grandes presiones del mercado para construir una obra brillante, ambiciosa, pero sobre todo bien documentada. Ahora es fácil. Ahora al cobijo que le da haber vendido más de mil copias en un año en su primera edición, ser el libro más vendido en el Perú durante los años 2018, 2019 y 2020,  ser señalado por la crítica como el mejor libro publicado en español en los últimos años o ser calificado como el autor de la mejor novela del siglo XXI, además de haber viajado a Tel Aviv, Palestina, España, Oporto o París para presentar su trabajo que le costó once años terminar y otros ocho más para encontrar una casa editorial que apostara por ella. Quizá por eso, hoy confiesa con un aire de nostalgia: “es una novela con un tremendo potencial subversivo” y agrega, “hay algo muy sintomático en El espía del Inca, fue Esteban Quiroz, un editor independiente, el primero que apostó por ella y a diferencia de lo que habitualmente ocurre, el éxito del libro no se extendió del centro hacia afuera, sino al revés, comenzó a venderse en las periferias y luego llegó a las ciudades más importantes de Perú”, recuerda.

Presentar un universo desconocido a la literatura

El espía del Inca desafía la literatura común. La novela en cuestión recoge una etapa de la que relativamente sabemos poco, los meses de la prisión del Inca Atahualpa, el último soberano Inca en Cajamarca, a través de los ojos de dos jóvenes, dos personajes marginales, que cambian de nombre e identidad a lo largo de la obra y que son testigos inesperados de acontecimientos cruciales de los días finales de la civilización incaica, así como testigos del enfrentamiento fratricida. Lo interesante es que estos dos personajes pertenecen a la misma etnia y se comunican en la misma lengua. “Acababa de llegar a vivir a Estados Unidos y quise escribir algo de teatro, un tema histórico, pero entiendo el género como algo que puedes escribir para la gente con la que tienes un lazo en común, algún tipo de solidaridad, y eso fue algo que yo no compartía con mis vecinos de aquél entonces, luego volteé la mira a un viejo amor, la prosa”, cuenta el autor. “La base fue un personaje que me llamó mucho la atención: Felipillo, el traductor nativo tallán que acompañó a Francisco Pizarro y Diego de Almagro en sus varias expediciones al Perú. Conforme investigaba, descubrí que el intérprete tiene muchos puntos en común con La Malinche y otros traductores tan interesantes como las mujeres de Nicaragua o de Guatemala. Y por parte de los conquistadores, cada uno con una vida singular e interesante que yo no conocía, entonces me pregunté: ¿por qué yo no sabía esto? Ahí fue cuando decidí, poco a poco, documentarme y escribir sobre este universo. Digamos, presentárselo a la literatura”.

Hablar al público en sus coordenadas culturales

Rafael Dumett lleva el nombre del arquitecto italiano Raffaello Sanzio, quien se preocupó por recuperar y conservar los vestigios grecorromanos. A sus poco más de cincuenta años, el primero ejerce gran influencia en su época y escribe con perfección y gracia, habilidades artísticas aplicadas a lo visual, que comparte con su tocayo. Pero el peruano las trasladó a las letras. La novela pretende ser la transcripción de un gigantesco quipu narrativo, al igual que las piezas de cuerdas de fibra de camélido o algodón, marcadas con distintos tipos de nudos que fueron utilizados por el Tahuantinsuyo, forma como se conoció al incanato, el dramaturgo diseñó un artefacto cultural para narrar su historia. “Aparentemente con sólida base, algunos especialistas, historiadores y arqueólogos, sostienen que a través de estos tejidos se llevaban registros contables, información que pudiera registrar cierto tipo de patrones, calendarios, presupuestos, censos e incluso textos musicales y narrativos”, cuenta, “entonces, yo me tomé la libertad de imaginar un tejido gigantesco que narra la historia del Perú utilizando el recurso de la novela, lo que tú estás leyendo es un quipu gigantesco”, sostiene.

En el El espía del Inca, Rafael Dumett pone en práctica varios principios que definen al posmodernismo, la novela parece el resultado de una serie de experimentos, detalle que recala más en su calidad posmoderna. Uno de los principios, y quizá el más importante, es la negociación entre los diversos géneros literarios donde se llegan a confundir las fronteras entre la literatura tradicional y la literatura experimental. El entrevistado confía en que para contar esta historia debía “acercarse al lector en sus coordenadas culturales”.

En la historia, Salango recibió la visita de un mensajero desconocido que le entrega un quipu con un mensaje en clave, el cartero improvisado porta la señal secreta del señor Cusi Yupanqui. Salango cuida de sus tierras en Colonche, su familia murió y vive solo. Antes, Salango sirvió como “contador de un vistazo” bajo las órdenes del inca Huayna Capac. Por su instrucción militar, en otra época Salango fue conocido como Oscollo Huaraca. El mensajero le entregó una instrucción en clave que solo Salango y el señor Cusi Yupanqui, su antiguo compañero en escuela militar, pueden descifrar. En él hay dos instrucciones, la primera son las explicaciones para una reunión secreta que a la que debe acudir cuanto antes, la segunda es más clara: mata al mensajero.

Condensar varios géneros literarios en uno solo

Claro que El espía del Inca ha logrado el éxito que ahora tiene porque su autor (no sé si por instinto prodigioso o por un cálculo muy culto) supo canibalizar características específicas de varios géneros literarios, se apropió de la atmósfera, tensión y el misterio —característica del thriller político—, como también de algunos elementos temáticos de otros discursos de la literatura, novela policiaca, novela histórica y también de ciencia ficción; incluso, El espía del Inca se convierte en un personaje arquetípico de la novela de vaqueros. El resultado es una obra que dialoga con múltiples coordenadas culturales y se acerca, también, a la obra de Umberto Eco. “El nombre de la Rosa, es un vehículo directo a mi novela” declara Rafael, “es cierto este deseo de tocar diferentes tipos de géneros populares y darles vuelta. Así que esto también es parte del proyecto”, señala no sin antes contar cómo se enfrentó a una historia debilitada, desconocida. El escritor peruano —que confía tanto en los registros históricos como desconfía de los peluqueros— hizo todo lo posible por fundir las fronteras entre la literatura tradicional y la literatura experimental, “despues de publicar el libro confirmé que había un público esperándola. El tiempo me dio la razón, el lector estaba ahí, ese lector existía, estaba en todas las partes del país y definitivamente compró y abrazo al El Espía del Inca”.

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