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El arrojo y la delicadeza: El amante japonés
Redacción Langosta comment 0 Comentarios

Quien piense que el amor tiene un límite de tiempo, no puede considerarse un verdadero amante. El amor es el viajero interestelar por excelencia; trasciende cualquier frontera, se posa en la memoria para traernos a los labios esas palabras que dijimos, las caricias que dimos, las risas que soltamos. Tal vez el amor sólo sea equiparable en fuerzas a la muerte; por eso es que en la vejez podemos encontrarnos con ambos: mirarlos a la cara y volverlos nuestros aliados o enemigos.

Desde la quietud de Lark House, casa de retiro, Alma Mendel confiesa sus secretos más profundos a dos jóvenes cercanos: su nieto, Seth Belasco e Irina Bazili, la reservada cuidadora de ancianos, que más que mujer, parece un pequeño duende salido de un cuento. Como dos detectives, Irina y Seth tendrán que desentrañar la historia de la testaruda abuela y, de paso, enfrentarse con sus propios demonios: los de la identidad, esos que guardamos en el closet mientras somos jóvenes y podemos fingir fortaleza; pero que tarde o temprano terminan por acompañarnos en la larga noche de la vejez, en donde los recuerdos aparecen más vivos que nunca.

Ichimei Fukuda, Alma Mendel y Nathaniel Belasco. Podría pensarse que para que haya un amante se necesita como condición básica que existan tres personas en discordia; pero la verdad es que resulta de manera contraria. Esta novela de Isabel Allende nos demuestra que para que la figura del amante perdure, se necesita un vínculo poderoso entre todos los vértices del triángulo y no un amor pasajero y ramplón que sólo viva al margen de la confianza. Cada personaje sumergido en sus propias angustias; Ichimei amando las flores, sereno y liviano; Alma pintando, enfurecida y voluble; Nathaniel, noble, arreglando alguna injusticia. Seth observando e Irina apartando la miranda. Cada uno viviendo su vida secreta; pero alargando la mano para tocar al otro.

El amante japonés nos conduce por la historia oculta del San Francisco de la emigración asiática; los prejuicios de las mezclas raciales y la incertidumbre de la apertura sexual para mostrarnos el amor de muchos rostros: el amor fraternal y cómplice de la amistad; el amor de fuego que nunca se extingue; el amor que debe vivirse en secreto; el amor a la tierra y a la familia; el amor a la vida y los pequeños detalles; el amor que engarza generaciones e identidades.

Para devenir amantes, el amor es una fuerza útil que nos ayuda a encontrar quiénes somos y de dónde venimos; pero nos exige trabajo y pruebas de valentía que se pagan con dolor. Si estamos a la altura de la circunstancias, podremos retirarnos de este mundo sabiendo que fuimos más fuertes que nosotros mismos.

 

Por Milagros Vera

Hablamos de ☞ El amante japonés de Isabel Allende, editorial Plaza & Janés, 2015.


 

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