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Eco-logía de una biblioteca personal
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Lo que el infeliz no sabe es que la biblioteca no es solo el lugar de tu memoria, donde conservas lo que has leído, sino el lugar de la memoria universal, donde un día, en el momento fatal, podrás encontrar lo que otros leyeron antes que tú.

Umberto Eco, “Reflexiones sobre la bibliofilia”, en La memoria vegetal

Sí, también a Umberto Eco le hicieron la pregunta más tonta de todas, esa que hace el visitante insulso que entra a la casa de un lector y ve el mosaico de una estantería atestada:

—¿A poco sí ya leíste todos esos libros? —imagino que escuchó decir a un amigo o un pariente que, tan sólo con esa duda (más propia de la mala docencia que enseña a odiar los libros con los “controles” de lectura), revela ya un poco de su infelicidad connatural: desconocer cómo opera el ecosistema de la biblioteca personal.

Reconforta saber que incluso alguien como este sabio italiano, afamado en vida (y ahora, en la posteridad) haya tenido que enfrentar el escepticismo del no-lector o del analfabeta funcional. Después de todo, ¿quién dudaría de que, en efecto, Umberto Eco no hubiera leído todos los ejemplares de su espléndida biblioteca personal mientras fumaba? Lo contrario, en cambio, parece mentira.

Sucede que la bibliografía de Umberto Eco hace justicia al título de “biblioteca de autor”. Hay de todo en la lista de obras que este semiólogo, novelista, historiador, medievalista, académico, polemista, patafísico y crítico cultural legó a sus lectores. Se puede conocer una sola cara de ese poliedro y aún así encontrar a un autor fundamental en cada una de sus encarnaciones como escritor. Por ejemplo, como les sucede a los estudiantes de comunicación o humanidades, que solemos encontrar su nombre en títulos como La estructura ausente: introducción a la semiótica; Apocalípticos e integrados o el todavía útil Cómo hacer una tesis. O también por Los límites de la interpretación, u Obra abierta, dos recorridos por el arte, la literatura y los misterios que encierran las formas, ya sean escritas o visuales.

Por supuesto, uno de los Ecos más famosos es el novelista que irrumpió en la narrativa con, nada más y nada menos, una novela que empieza con una exhaustiva ficha bibliográfica: El nombre de la rosa (Lumen, 2022), obra en la que Eco vertió muchos de sus conocimientos de medievalista y experto en manuscritos, así como el misterio (junto a Jorge Luis Borges, Eco es el escritor que mejor ha sabido hacer de los libros personajes con vida propia en el entramado de la narrativa). Sin querer, las novelas que siguieron a ese éxito, La isla del día de antes o El péndulo de Foucault, El cementerio de Praga, conforman un “ecoverso expandido”, en el que es posible detectar interconexiones, referencias, personajes y enigmas a través de los siglos y en diferentes países, pero todos venidos de un mismo atanor (la alquimia también fue una de las fascinaciones del Eco). En la última obra narrativa que publicó en vida, Número Cero, escrita durante los años finales de la presidencia infame de Silvio Berlusconi (visto aquí como reflejo de otro autócrata modélico, Benito Mussolini), Eco hace un homenaje a esa otra cultura letrada, en peligro serio de extinción, que fue la prensa escrita.

Ya sea en narrativa o en tratados, en todos esos libros se halla la figura central del lector en sus muchas facetas, ya sea como traductor, en una obra como Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción, que no cree en el moralismo de que verter palabras de una lengua a otra es traicionar; en Lector in fabula; uno de los primeros libros que llevó del plano académico al público el hecho de que los lectores también (re)crean una obra cuando la leen;  o como observador de las transformaciones de este acto en Nadie acabará con los libros, su serie de conversaciones con el guionista y actor francés Jean-Claude Carrière.

Una de mis zonas favoritas de la ecobiblioteca es la de las obras que editó en su última década de vida y en las que compartió la dicha de curar y hablar sobre libros, pinturas, fotogramas, cómics (una de sus pasiones), mapas, pósters para enmarcarlos en movimientos artísticos, estéticas y otros fenómenos que parecerían inconexos pero tejen una historia universal en miniatura. Compilados en volúmenes de obligado papel couché y cientas de ilustraciones, estos libros revelan que para Eco la lectura —que es la vida— era un disfrute que empieza por los sentidos. Ahí están Historia de la belleza, Historia de la fealdad, El vértigo de las listas, Historia de las tierras y los lugares legendarios, gabinetes de curiosidades como el de su adorado Athanasius Kircher.

En lo personal, no he leído todos los libros de Umberto Eco, un objetivo que, al parecer, se irá haciendo más difícil conforme pasa el tiempo: a cada rato surgen nuevas recopilaciones de ensayos o conferencias en las que el autor no deja de sorprender con su humor y erudición. “La bustina di Minerva”, columna quincenal que publicó en el diario italiano L’Espresso, desde 1985 hasta 2016, espera su traducción o antología en español (esto segundo es más probable si se toma en cuenta que han de ser más 3 mil entradas si, como es lo más probable, Eco nunca faltó a su cita con las prensas).

Pero esa imposibilidad no impide que, cuando uno recorre la mirada por su propia biblioteca personal —cuestionada por gente menos feliz— se tope de repente con esas tres letras en el lomo de un ejemplar de bolsillo o de pasta dura: ECO. Entonces parece que la atmósfera se torna más feliz, respirable, como el encuentro con un viejo amigo al que ahora uno le nota un nuevo corte de pelo o un tatuaje que había permanecido invisible. Un amigo con el que se puede hablar (leer) de todo sin miedo al qué dirán sobre todos esos libros apilados.

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