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Duna, del libro a la película
Ismael Martínez comment 0 Comentarios

“No conozco algo comparable, excepto El Señor de los Anillos.”

Arthur C. Clarke

Sin Duna no existiría Guerra de las Galaxias. Vamos, pa’ pronto: sin Duna no habría cine de épica espacial. O éste sería completamente distinto. Por lo menos lo hubieran sido todas las producciones notables de 1970 al año 2020.

Y es que Duna posee ese escaño de libro clásico que lo encumbra en el imaginario colectivo a la vez que lo sepulta en las estanterías de venta.

Como todos los verdaderos clásicos de la literatura se habla mucho de su influencia pero la obra en sí se lee poco. Tiene, como clásico, todas las características del canon: una obra profunda, densa, larga, compleja, excluyente… significativa. Una obra memorable para sus apologetas, pero monolítica —inalcanzable— para el resto.

Hay que aceptarlo, un lector deciencia ficción llega a Duna (por favor permítanme llamarla así, en castellano, como hicimos los hispanoparlantes durante décadas) después de años, lustros incluso, de entrenamiento en el género. Si lo hace antes, probablemente esté destinado a no aprehender sus temas, sus verdaderos motivos.

Digamos, pues, que un chavo generación Z que se siente en una butaca a ver la nueva versión cinematográfica de Denis Villeneuve (2021) lo hará sobre todo por sus protagónicos actores de moda, notoriamente Timothée Chalamet (Llámame por tu nombre, Siempre serás mi hijo) y Zendaya (un nombre así no necesita apellido; fabulosa actriz [El hombre araña: lejos de casa, El gran showman], la más joven de la historia en obtener un premio Emmy por su trabajo en la teleserie Euphoria [2019], y a quien se le da mucho protagonismo en el avance promocional de la película, cuando su personaje en el libro tiene apenas escenas), y quede maravillado, encontrará referencias más asequibles en el mismo soporte.

Irá, quizá, a Interestelar (Christopher Nolan, 2014), a Firefly (Joss Whedon: 2002-2003), a Invasión (Paul Verhoeven: 1997), a El quinto elemento (Luc Besson: 1997), a Viaje a las estrellas II: la ira de Khan (Nicholas Meyer: 1982), a Alien: el octavo pasajero (Ridley Scott: 1979), y a 2001: Odisea del espacio (Stanley Kubrick: 1968, cuyo origen son las novelas de la saga Una odisea espacial de Arthur C. Clarke, también disponibles gracias al sello Debols!llo de Penguin Random House), incluso comprará el libro, pero difícilmente lo terminará, como dije, sin adiestramiento previo en el género, o un notorio raigambre en la lectura.

Y es ahí donde entra la pericia de los apologetas. Los lectores de Frank Herbert tenemos la responsabilidad de desvelar su obra, ya no como esa piedra de toque inasible sino como la obra multitemática y sensiblemente humanista que resulta Duna.

Seamos, pues, sintéticos. Las crónicas de Duna hablan de un puñado de cosas; a la serie de seis libros que Herbert escribió durante más de veinte años —que desmenuzan la historia política de su fabuloso universo sideral en un periodo de cientos de años y a la que hubiera seguido abonando de no ser porque una embolia pulmonar segó su vida en febrero de 1986— le interesan sobre todo: la importancia del equilibrio ecosistémico, la violencia que implica la concentración de recursos y la acumulación de poder (político, económico, intelectual, religioso), la prominencia de la capacidad psicológica sobre el desarrollo tecnológico (tema que ha inspirado resmas de análisis sobre la obra), y la encrucijada entre destino y libertad.

Pero antes, una brevísima sinopsis…

Muchísimos años en el futuro, y tras una cruenta y decisiva batalla contra las máquinas y sus rebeldes inteligencias artificiales, la raza humana ha conquistado las estrellas.

A través de tres organizaciones, de inspiración feudalista, el hombre gobierna todo lo existente: el emperador y su Landsraad (cuerpo noble de gobierno conformado por las Grandes Casas), la Cofradía (comerciantes que controlan las rutas de suministros) y la Bene Gesserit (hermandad religiosa cuya influencia es clave para el resguardo del orden social en la galaxia).

Pero esta conquista sólo fue posible gracias al dominio del viaje espacial, en cuyo proceso resulta clave la implementación de un poderoso psicoactivo llamado melange, una “especia” que sólo el muy peculiar equilibrio ecosistémico del arenoso planeta Arrakis es capaz de producir.

Duna comienza justo cuando una noble familia de Caladan, los Atreides, son encomendados por el emperador al gobierno del planeta Arrakis, como parte de un elaborado complot orquestado por la Casa de Harkonnen para por fin eliminarlos. Así, el joven Paul Atreides, quien habrá de convertirse en una especie de “elegido”, el Muad’Dib, gracias a sus relaciones con la tribu de los Fremen, llegará a comprender no sólo el delicado equilibrio sociopolítico que el monopolio de un recurso cosmo-estratégico como la melange requiere, sino que quizá la historia de la humanidad es un ciclo interminable de traiciones cuyo único propósito es la acumulación de recursos para el violento control político de las sociedades.

Pues bien, esos temas acaso engloban los intereses de todos los conquistadores y los conquistados: sólo a través de la acumulación se prospera, y siempre que se prospera se busca dominar y prevalecer (acaso aplastando a los rivales, a la competencia). La novedad de Herbert, magna aportación en la historia de las letras y de la épica espacial, es que el autor establece la importancia de los ecosistemas, y la detallada descripción de sus biomas, como un elemento de interés sociopolítico ineludible (algo que apenas estamos viendo ahora con dimensiones realmente trascendentales, con todo este asunto del calentamiento global y la sentencia de un cercano Día del Juicio si no hacemos algo al respecto para al menos paliarlo). Herbert muy deliberadamente pone a la especia melange en el centro cosmo-estratégico para hablarnos de la importancia de los ecosistemas naturales en la producción de insumos claves para el progreso. Es decir: el desarrollo humano está necesariamente supeditado al cuidado del entorno natural. Y es ahí donde se desarrolla la tragedia más grande, no en la traición política que Paul Atreides habrá de sufrir, y de la que se nos habla desde la primera página de la historia (pues es la novela síntesis de unos anales cronicados por la princesa Irulan en un futuro todavía más distante), sino que los intereses civilizatorios humanos parecen perpetuamente condenar la propia permanencia humana.

La ciencia ficción “dura” en Duna es especialmente famosa porque logra describir un ecosistema extraterrestre absolutamente verosímil, el cual el propio autor demoró cinco años completos en diseñar, y que es nodal para explicar el origen de la melange como un recurso clave para la exploración espacial y por tanto para el dominio de la galaxia. La melange hace al planeta Arrakis, llamado también “Dune” (o “Duna” en sus primeras traducciones al español) precisamente por ser un mundo desértico, el lugar de control estratégico más importante del Universo. Y es gracias a la oprimida tribu de los Fremen que Paul Atrides, nuestro “héroe”, comprende cómo este valioso recurso es resultado de un delicado equilibrio ecológico. Es a través del futuro Muad’Dib que entendemos la importancia de la humildad ante la naturaleza, aunque sea ésta extremadamente hostil: los humanos debemos reunirnos en una hermandad para sobrevivir, y para ello no se puede ignorar el equilibrio ecosistémico.

Así, pues, en Duna, Herbert nos ofrece la más sensata y directa apología literaria del ecologismo, una que aún ahora logra evadir el griterío hedonista del siglo XXI. En la era de Greenpeace, en la era de los infantes revolucionarios de tribuna (Greta Thunberg, Malala Yousafzai…), en la era de la maliciosa vociferación antirreproductiva, es importante recurrir a las auténticas fábulas cientificistas, las cuales nos recuerdan que para sobrevivir no hay que estratificar la vida según su valor unitario ni sentimental, sino a través de su valor real y humanitario como eslabón para un equilibrio común. El cuidado ambiental es de importancia estratégica para la supervivencia humana, porque si no cuidamos el ecosistema que nos rodea, al final éste no será capaz de proveer recursos que nos son claves para nuestra permanencia.

Duna describe la desgracia humana más ineludible: el anhelo de permanencia, esa desesperación por sobrevivir, ilustrada sobre todo en la forma en que buscamos modificar un mundo cuyos mecanismos naturales parecieran resueltos a aniquilarnos: tormentas, terremotos, huracanes, erupciones, maremotos, plagas; lo cual nos lleva a destruir los ecosistemas que a su vez nos alojan. Un final trágico que pareciera irreversible, incluso hoy. Nos toca a nosotros —lectores todos— descubrir nuevas formas, no opresivas, no totalitarias, libertarias, para sobrevivir. Desconozco la respuesta, ni siquiera puedo comenzar a imaginarla, pero autores como Herbert y su influyente obra en Las crónicas de Duna erigieron ya una piedra de toque para repensar, antes incluso de la era de la estulta hipocresía ecologista (donde es más importante no usar vasos de plástico que limitar el consumo innecesario de electrónicos), opciones nuevas. Opciones eruditas y eco-conscientes.

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