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De la pasión a la templanza
Bruno Fuentes comment 0 Comentarios

Tsuyoshi no expresa mucho sus sentimientos. Es típico de los japoneses. Nunca lo he oído decirme te amo. Como si decirlo no fuera importante. Es sorprendente que hablara tanto en aquella primera cita.” Así empieza a cerrar la novela de Shimazaki, El corazón de Yamato, por medio de una voz narrativa (unas de las muchas que componen la historia) que, tras una serie de relevadoras experiencias en torno a su vida amorosa, por fin logra articular una inquietud que lentamente lo venía consumiendo: ¿y si esta parquedad, este silencio que no cede, es propia no sólo de la gente en mi vida, sino en general de la cultura que me ha formado? ¿Será que entre todos en Japón estamos huyendo de la efusividad de nuestros sentimientos? Si bien es verdad que en occidente solemos idealizar la templanza oriental, los personajes de Shimazaki nos muestran el otro lado de la moneda, llevándonos a los lúgubres sótanos de una sociedad que tiende a callar en vez de hablar.
            La forma de vivir las pasiones y el deseo es una de las grandes diferencias entre el arte de Oriente y de Occidente; mientras que aquí nuestras ficciones cargan con la cólera primordial de Aquiles, desmedida y volcánica, allá la imaginación es hija de la brevedad, de lo oculto, de la estética de lo no dicho. Y aunque con el tiempo dicha estética ha venido canjeándose cada vez más discípulos de este lado del mundo, hasta la fecha es una diferencia que nos sigue dejando pasmados, que nos sigue desafiando porque pone en tela de juicio el modo en el que deseamos, sentimos, y vivimos. El corazón de Yamato es una novela donde las pasiones se manifiestan a través de la misma inmovilidad, de tal forma que parecerían no ocurrir pero que, justamente por eso, ocurren con más fuerza que la pasión liberada, camuflándose en sutilidades casi imperceptibles, derruyendo a los personajes poco a poco. A diferencia de la novela occidental, que tiende a la explosión pasional, los personajes de Shimazaki viven como aterrados de su propio silencio, pues a pesar de que en éste resida una paz profunda –propia de su herencia sintoísta-, en él reside también un miedo que enmudece, y nunca logran distinguir del todo cuál propicia al otro, si del mutismo nace un inaudible grito de horror o viceversa. ¿Y si el silencio en una cultura es sólo el resultado de un interminable duelo histórico?
            Los narradores de El corazón de Yamato buscan reconstruir su pasado, pero al hacerlo deben reconstruir también el pasado de su nación, tan dañada y a la vez tan próspera económicamente después del trauma de la segunda guerra. En este sentido, Shimazaki incursiona en los puentes que unen a la tradición literaria oriental con la occidental, pues a modo de Proust en su búsqueda del tiempo perdido, o de Nerval en Sylvie, el lenguaje se topa con su inherente memoria, y la memoria con su inherente olvido: dos ingredientes indispensables para el desarrollo del pathos. Leer a Shimazaki es leer un intento de conciliar el haikú con la novela extensa.

            Por su lado, Hiromi Kawakami emprende una tarea parecida, sólo que en ella se percibe un interés más abstracto. “En noches como ésta, abro el maletín del maestro. En su interior no hay nada, sólo un vacío que se extiende. Un enorme espacio vacío que crece sin parar.” De la pasión y la templanza, llegamos a una reflexión casi idéntica que, de alguna manera, es su contrapunto filosófico: lo lleno y lo vacío.
            ¿Es lo lleno necesariamente la raíz de la pasión, y el vacío la raíz de la templanza? En El cielo es azul, la tierra blanca, Kawakami cuenta una historia de amor entre la joven Tsukiko y su viejo maestro de japonés. El afecto que brota entre ellos –después de un largo tiempo de no verse- cobra vida por medio de las más tenues acciones, casi a través de la inacción, transcurriendo la novela en espacios como tabernas y restaurantes donde no hay lugar para ruido y movimiento sino diálogo sosegado, miradas tímidas y breves gestos de cordialidad (pasar un plato, un cubierto, agradecer, etc.)


            ¿Qué distingue al “vacío” de nuestro concepto occidental de “la nada”? Aunque ambos partan de la idea de la ausencia, la nada conduce a menudo a una sensación de pérdida, de carencia, de angustia, mientras que el vacío, por el contrario, (al menos desde el punto de vista sintoísta, budista, taoísta y demás espiritualismos de Oriente), suele ser hallazgo, encuentro, plenitud. Y a esta diferencia podría deberse el que el vacío se coma por dentro a los personajes de Kawakami y también de Shimazaki, pues si bien el prototipo del héroe literario occidental tiende a hallar la paz en el sufrimiento, el oriental nunca dividió aquellos dos estados del alma; no hay ninguna paz con la cual reconectar porque ésta, desde el origen, siempre fue una misma con el sufrimiento, conformando un único núcleo de vida. Tanto en esta novela como en Los amores de Nishino y De pronto oigo la voz del agua, Kawakami nos abre la puerta a un Japón candente y multifacético.
               Por último, Seis Cuatro de Hideo Yokoyama y Paradox 13 de Keigo Higashino, llevarán al lector a historias de intriga, misterio y persecuciones policíacas, ofreciendo un vistazo más amplio de los miedos colectivos del Japón de hoy, así como del mundo criminal que atenta contra su estabilidad social pero que, a la vez, propicia las más afinadas reflexiones en torno al bien y el mal. Los cuatros autores aquí mencionados han obtenido un reconocimiento internacional que los ha posicionado a la altura de los grandes autores japoneses leídos alrededor de todo el planeta, como Mishima, Kawabata y Murakami.

De pronto oigo la voz del agua El cielo es azul la tierra blanca El corazón de Yamato Literatura japonesa Los amores de Nishino Paradox 13 Seis cuatro

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