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De la experiencia al testimonio, al documental, a la ficción
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Un texto en exclusiva dedicado a los lectores de Héctor Abad Faciolince, autor de El olvido que seremos

No siempre los escritores partimos de la experiencia y de la memoria para escribir un libro, pero en el caso de El olvido que seremos ese fue exactamente mi punto de partida: la memoria de una experiencia trágica que no hubiera querido vivir, el asesinato del ídolo de mi infancia, la injusta muerte de mi padre. Tras esa horrible vivencia, que destrozó una familia, llevó al desequilibrio mental a una de mis hermanas y me condujo a mí a un exilio agridulce en Italia, durante muchos años yo me dediqué a dos cosas: a aprender a escribir y a intentar borrar esa experiencia para que mi vida, y sobre todo la de mis hijos, no se tiñera siempre de resentimiento, rencor y deseo de venganza. Después de cuatro novelas y otros libros, tras casi veinte años de la muerte de mi padre, me decidí a escribir una novela sin ficción, una novela testimonial. Mi padre estaba siendo olvidado, y yo me había prometido a mí mismo, y le había prometido a él, en mi mente, que haría siempre lo posible para que no lo olvidaran y para que se entendiera la gran injusticia de su asesinato.

Esa novela testimonial tuvo la suerte de tener muchos lectores, primero en Colombia y luego en otras partes del mundo, bien sea en nuestra lengua o en otras lenguas. Pasaron otros ocho años y mi hija, que estudió cine en Barcelona, quiso hacer un documental basado en mi novela sin ficción y en el material escrito, audiovisual, familiar y público que había sobre mi padre. De ahí salió Carta a una sombra, codirigido por Miguel Salazar y Daniela Abad. Lo más sorprendente de este documental era que confirmaba, en lo público y en lo privado, que mi padre había sido tal como yo lo había descrito y revivido en el libro. Los mismos productores del documental, Caracol TV, me propusieron entonces que buscáramos un director para una película de ficción basada en las tres cosas: en los hechos reales de la vida de mi padre, en el libro y en el documental. Yo me resistí durante meses, pero al fin, un día, le escribí una carta a Fernando Trueba, a quien había conocido en un Hay Festival en Zacatecas, México.

Conservo el mail que le escribí el 30 de enero de 2017. Ahí le decía: «Un íntimo amigo mío, Gonzalo Córdoba, es el presidente de Caracol TV, el canal más importante de la televisión colombiana. A Gonzalo le gustaría mucho intentar hacer, a mediano plazo, una película basada en El olvido que seremos. Recuerdo que tú me escribiste hace años que el libro te había gustado mucho (y también a tu mujer) y que lo regalabas a menudo. Mi hija hizo un documental
sobre la figura de mi padre, pero la idea ahora sería hacerlo como lo que es en la novela, una especie de ficción, o una verdad tratada con las técnicas de la ficción (cinematográfica en este caso). […] He tenido por Twitter algunos intercambios con uno de tus grandes actores, Javier Cámara, que en su calvicie y edad me gustaría mucho para protagonista de mi padre al final de su vida. […] No sé cómo lo ves. Ojalá te interesara. Eres el primer director con quien lo hablamos, y el que nos parece que podría hacerlo».

Al principio Fernando tuvo muchas dudas. Pensaba que era muy difícil hacer una película a partir de mi libro. Lo mismo pensaba Cristina Huete, su esposa. Sin embargo, Gonzalo Córdoba, el productor, siguió insistiéndole con sus grandes dotes de diplomático y al fin Fernando accedió a escribir un guion, pero pidió tiempo para intentarlo, pues estaba terminando otro, de una película de animación. Gonzalo le dijo que tenía afán y entonces Fernando se lo dijo a David Trueba, su hermano, que por un azar feliz tenía en ese momento un par de meses libres. Fue así como David, que ya había escrito el guion de Soldados de Salamina, el gran libro de Javier Cercas, se encargó también de pensar El olvido en forma de film. Lo único que yo pedía era poder leer ese guion, y si me gustaba, desentenderme del todo, pues no tengo dotes de guionista ni de cineasta. El guion, afortunadamente, me encantó desde la primera lectura.

Trueba y Cristina vinieron a localizar en Colombia. Recorrieron Medellín con otro de los productores, Dago García. Hicimos un viaje a Jericó, la aldea donde nació mi padre, y a la finca que conservamos mis hermanas y yo cerca de Jericó: La Inés. Conocieron a algunos de los protagonistas reales del libro, que ahora lo serían de la película y, lo más importante, hubo una gran empatía entre todos nosotros y la forma de ser de Fernando y Cristina. Todo fluía muy fácilmente, como si estuviéramos destinados a hacer la película. Incluso Gonzalo Córdoba encontraba los apoyos apropiados para reunir el dinero del rodaje. Ya en 2018 se habían hecho las audiciones y entrevistas para el casting. Aunque la productora quería que todos los actores, incluyendo al protagonista, fueran colombianos, los más opcionados para representar a Héctor Abad Gómez, mi padre, no pudieron aceptar, por otros compromisos, así que volvimos a mi idea inicial: Javier Cámara. Yo fui a Madrid a conocerlo y a terminar de convencerlo de que aceptara. Él dice que todavía estaba dudoso cuando nos vimos en una comida en casa de Fernando, pero que cuando llegó me hice con él una selfie para enviar a mis hermanas. Yo no lo recuerdo, pero dice Cámara que me preguntó: «¿Y es que ellas me han visto actuar?». Y yo: «No, no te han visto actuar nunca, pero verán lo parecido que eres a mi padre». En ese momento, dice Javier, sintió que ya no podía decir que no.

En la primavera de 2019 Fernando y Cristina se instalaron en un hotel en Medellín. A mediados del año se haría el rodaje. Yo, entonces, para no molestar ni interferir, conseguí una pasantía en un refugio para escritores que hay en Italia, y me fui de mi ciudad, lo más lejos posible del set. Cuando apenas llevaban una semana de rodaje, mi esposa, Alexandra, sufrió un problema de salud que requería operación quirúrgica. Regresé a Colombia para acompañarla en la cirugía y le debo a eso la maravilla de haber podido asistir al rodaje. Estuve ahí muchas veces, aunque lo más mudo y distante que podía. Fue maravilloso ver actuar a «mi madre», que no era mi madre (la actriz Patricia Tamayo). Verme actuar a «mí», primero niño y luego joven (por Nico Reyes y Juanpa Urrego), ver actuar a todas «mis hermanas», de repente rejuvenecidas, y ver actuar a «mi padre», Javier Cámara. Todos dirigidos con una ternura, con una calidez, con una capacidad de ser serio, didáctico y al mismo tiempo dulce, que solo tiene Fernando Trueba. Volvía a ver a mi padre enseñando. Era bellísimo verlos a todos, incluso a mi hija Daniela, que era la script, es decir, la sombra de Trueba en el rodaje.

Una película, como un libro, en todo caso, no consiste en la armonía del rodaje ni en la facilidad de la escritura, sino en el resultado. Puedes escribir muy feliz y salir con una barra basada. Puedes dirigir en armonía y hacer una mala película. La prueba de fuego ocurrió a finales de enero de este 2020, el año de la peste, pero poco antes de la peste. En el cine del Museo de Arte Moderno de Medellín, los productores y Fernando le mostraron a la familia el
resultado. Ahí estaban mi madre nonagenaria, todas mis hermanas, sus maridos, sus hijos, algunos actores… La música de Zbigniew Preisner, con una honda belleza melancólica, la sola música, nos hacía rodar lágrimas.
Y las imágenes de la infancia remota, rodadas en esos colores vivos, casi irreales, que tiene la memoria feliz, resultaban un repaso extraño de nuestra propia vida. Esa era y al mismo tiempo no era nuestra infancia. Toda la troupe éramos nosotros, los de entonces, y no éramos. Marta, mi hermana cantante, volvía a enfermarse y volvía a morirse. La película, tras su muerte, como nuestras vidas, se hacía más lúgubre, y mi padre más fuerte, más bravo, más obsesionado por la justicia.

Al final, en la ficción, asistimos a algunas escenas que por fortuna nunca vimos en nuestra vida. De alguna forma, la película completó nuestro recuerdo con la extraña vivencia de algo inventado: un set, una escenografía, unos actores, unas grandes actrices. La irrealidad del cine era a veces más real que nuestros propios recuerdos. Ahí estaba, de un modo condensado y extraño, una parte fundamental de nuestra vida, decantada por el cine. Fue algo muy raro de vivir, sigue siendo muy raro, y más ahora, en el año más raro que hayamos vivido, este de la plaga del murciélago que no nos ha permitido compartir la película en los cines. Pero «también esto pasará», y en España y en Colombia y, ojalá en muchos otros países, se podrá ver pronto en los cines este otro El olvido que seremos, un libro y una película que saben que serán olvido, pero que se crearon, de todas maneras, con el ánimo de recordar y revivir, con ganas de mostrar a un héroe bueno, que luchó por la salud y por la vida, a un médico epidemiólogo y salubrista que de algún modo reivindica a todos los sanitarios que ahora mismo luchan por defender nuestras vidas de un bicho maligno. Una obra de arte, esta película, curiosamente, se une a la lucha por la salud pública. Ojalá podamos verla pronto, y juntos. Y especialmente sin miedo a estar juntos.

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