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De coordenadas, juegos y dragones
Greta Morgan comment 0 Comentarios

Quizá ustedes lo recuerden mejor: aquel volumen que en su portada mostraba a unos sujetos apuestos, barbados y fuertes enfundados en armaduras; creo que había un mago, que llevaba puesto su enorme y trillado sombrero de punta, y al interior, en medio del libro, se desplegaba a dos páginas un mapa de aquel lugar en el que transcurría la aventura. Como estaba impreso a color, supe que aquel territorio era verdísimo; acaso unos amarillos por ahí y por allá, pero se hallaba, al parecer, en una primavera perenne.

Lo rodeaban unas montañas, lo atravesaban unos ríos, una equis enorme delimitaba la zona donde estaba ¿un castillo? Por allá había una calavera…

Eso recuerdo.

Jamás usé ese mapa para guiarme en aquel territorio propuesto (digo propuesto porque proviene de la imaginación del escritor, o de algún dibujante, no de la del lector —quien seguramente podría imaginar los espacios sin ayuda, aunque no situarlos con exactitud—; y lo menciono porque, intuyo, incurrí en un error de lectura). Solo lo miraba como se mira una montaña o un campo desde la ventanilla conforme se transita en una carretera a alta velocidad. Acaso pasaba mis dedos sobre él, lentamente, por un momento, y cambiaba de inmediato la página, sin más.

Me cuesta recordar la trama, la leí hace tanto, pero creo que los caballeros resultaban victoriosos luego de luchar contra ¿un dragón? (los mapas, lo sabemos, desde siempre han tenido un uso militar), y el mago, además de sabio, era aguerrido y les ayudaba a mantener a salvo el reinado, con su magia.

Habrán pasado algunos años para que me reencontrara con otra cartografía inexistente. Quiero decir, no un mapa tradicional que describiera los pormenores de un lugar al que es posible visitar aquí en la Tierra, sino en un mundo imaginado. En este caso fue un videojuego, un RPG (role-playing game), y acá de nuevo me disculpo por mi pésima memoria, pero no recuerdo el nombre, solo que era para el NES (Nintendo Entertainment System) y que era un personaje extraño transitando, justamente, en parcelas lejanas o cercanas a su lugar de origen, interactuando con los personajes con los que se encontraba en el camino para avanzar en su travesía.

Aquel fue el primero que experimenté, pero luego me crucé con algún Zelda, un Final fantasy, un Fable… y después con Resident Evil, Metal Gear Solid, Driver, Grand Theft Auto… juegos donde la ubicación espacial del personaje resultaba esencial para continuar la aventura. Como ocurre también con algunos juegos de mesa, que jamás jugué.

Porque qué puedo decir yo sobre ubicarme si nunca he distinguido el norte del sur, el este del oeste, cuando me paro en cualquier punto de la calle. Suelo perderme. Incluso usando mapas digitales no he llegado a donde debía. (No olvidaré la vez que iba tarde al teatro, en una distinguida colonia de la Ciudad de México, y por seguir el mapa me fui en la dirección contraria. Llegué media hora tarde y, desde luego, ya no me dejaron pasar.)

Innegable es que he menoscabado la importancia de los mapas, tanto en la realidad como en los videojuegos o en la literatura. Y aquí pienso en Julio Verne, en Tolkien, y sí, en La canción de hielo y fuego de George R. R. Martin, aunque especialmente en autores más recientes, quienes han mantenido a la literatura fantástica vigente, como el maravilloso Brandon Sanderson y su libro Arcanum ilimitado: La colección del Cosmere, o La rueda del tiempo de Robert Jordan, o La Reina del Tearling de Erika Johansen, o Los jardines de la Luna de Steven Erikson, sagas muy populares a nivel mundial en las que la ilustración cartográfica sigue siendo una parte indispensable del juego.

Buscando algo más al respecto me encontré con este texto, en el cual el autor distingue entre un libro ilustrado (ya saben, esas novelas o libros de cuentos acompañados por dibujos —no novelas gráficas— que pueden ser independientes del texto, como el Moby Dick acompañado por ilustraciones de Rockwell Kent) y una novela, principalmente de corte fantástico, con mapas, a través de lo que él llama el iconotexto: “(…) no es como una ilustración, sino que tiene un sentido alegórico, el caso más claro son los mapas, auténticos gráficos donde se ha aparcado el realismo para esbozar montañas, ríos y enclaves que son hitos en el relato.”

Así, la relevancia de estos trazos es aún mayor de lo que jamás hubiera reflexionado: “El mapa de las sagas fantásticas sitúa los enclaves y, en potencia, los itinerarios de la ficción, iluminando el trayecto de la lectura. Al presentar el mapa como una especie de texto icónico paralelo, no hay duda de que se pretende enriquecer la lectura”. Y agrega que: “lo importante es que con el mapa se produce la ilusión de que lo representado existe en todos y cada uno de sus detalles. Por eso estos iconos serían consustanciales a las sagas fantásticas”.

Al respecto, Isaac Stewart, quien ilustrara los mapas de los libros de Brandon Sanderson, comenta en este texto que: “un mapa pensado para que quepa en la edición tapa dura de un libro (y por lo tanto, en el formato de bolsillo) no puede ser tan detallado como un mapa del mundo real y seguir siendo legible. Aunque trato el mapa como si fuera un producto de su mundo de fantasía, tiene que resultar comprensible a las audiencias modernas.” Audiencias que siguen consumiendo, ávidas, literatura fantástica. Este texto, que explora a profundidad todo lo relacionado con el género, menciona que: “Los libros de fantasía épica suelen incluir al principio un mapa con la localización imaginaria en la que tendrán lugar los hechos de la narración. Por lo general, una fuerza maligna amenaza el equilibrio de sus habitantes de un modo u otro”.

Y sí. Ahora que me he acercado a los libros de Sanderson me he detenido a mirar sus mapas, al inicio del libro, y corresponden completamente con la idea del universo —amenazado— que nos va planteando el autor. No es un mero asunto decorativo, sino que, en efecto, refuerza la noción del lector frente al relato. Se sitúa en él con mayor firmeza. “Estos mapas de las sagas sirven para resaltar la unidad ficcional de la misma; como recurso, el mapa es un marco paratextual hecho no sólo para ser leído, descifrado, sino para ser contemplado, ya que ofrece placer estético y ayuda a rememorar libremente lo que se acaba de leer”, se lee en el primer texto citado.

Este autor también menciona que, incluso, hay páginas web emuladoras de Google Maps en los que es posible explorar a fondo los mundos creados de El señor de los anillos. O el caso del libro que ilustra los mapas de mundos ficticios clásicos, como el de Robinson Crusoe.

Así, lo que empieza a quedarme claro de todo esto es que conocer dónde tenemos plantados los pies (o desde dónde miramos: ya sea desde el mar o desde el aire) implica posarse sobre los orígenes del lugar, su mitología, su cultura, sus raíces. Por qué los lugares se llaman como se llaman no es necesariamente aleatorio (habrá algunos, ciertas calles, en los que sí), tiene un sentido, y esto probablemente aplica tanto en la realidad como en la ficción.

En este otro texto el autor despliega un enorme conocimiento al respecto. Principia diciendo que “antes del hobbit, estuvo el mapa”, pues los mapas y otros elementos gráficos que dibujó Tolkien para su obra: “no son casuales: forman parte del enorme dispositivo narrativo —visual, filológico y literario— que desplegó Tolkien con el fin de dotar de realismo las condiciones de posibilidad de un mundo inexistente”. El autor ubica a Tolkien como el pionero en este tipo de mapas vueltos relatos fantásticos (antecedido por otros, imitado después por muchos), y a R. R. Martin como quien mantiene viva la tradición. Asegura que: “el mapa representa un artefacto persuasivo de singular eficacia toda vez que nos invita al encantamiento a partir de un primer vistazo”. Hace, pues, creíble ese mundo increíble.

Y lo dota de información.

Porque, pensemos ahora en nuestros recorridos por la ciudad: los mapas no solo son útiles para orientar a despistadxs como yo, sino que ofrecen opiniones de sitios a los que podríamos ir; reseñas y fotografías que nos persuaden de entrar (o no) en tal o cual café. En tal o cual restaurante. Museo. Bar. Son un mundo de referencias que podemos tomar en cuenta para decodificar el entorno. Para crear comunidad. Tal como ocurre en los mapas ficticios.

Porque eso sí, no seré muy buena ubicándome en determinadas coordenadas, pero mis calificaciones y comentarios públicos en línea sobre lugares en los que he estado son muy bien apreciados. Más de lo que hubiera imaginado.

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