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Contra el futuro de Marta Peirano. Un llamado a la acción civil, colectiva y coordinada.
Natalia Rodríguez Priego comment 0 Comentarios

El concepto de futuro es una moneda con dos caras. Una es la de la esperanza, ese horizonte que se nos abre para prospectar desde el presente nuestros anhelos, metas y expectativas. Una oportunidad para remediar lo que en el pasado no hicimos o no salió de la manera que esperábamos. La otra, es la cara de la incertidumbre por el porvenir, que muchas veces no pinta alentador, menos aun en los tiempos que hoy acontecen, en donde la crisis climática es nuestro verdadero apocalipsis. Sin importar que el vaso lo veamos medio lleno o medio vacío, el futuro es, sin duda, una ventana abierta a múltiples posibilidades, algunas de ellas son las que nos propone Marta Peirano en Contra el futuro (Debate, 2022), cuyo título, de un primer golpe, puede resultar desesperanzador e incluso trasgresor, pero basta con leer las primeras páginas para bosquejar contra qué futuro se pronuncia.

Peirano estructura su ensayo en tres secciones temáticas: “Mitos”, “Máquinas” e “Inteligencia no artificial” que son también tres conceptos que han moldeado el pensamiento humano y la narrativa en torno a uno de los grandes problemas de nuestra actualidad: la crisis medioambiental y sus manifestaciones: cambio climático, desplazamientos forzados, derretimiento de los polos, extinción de especies, incendios forestales, sequías, carencia de agua y un largo etcétera.

La primera parte, “Mitos”, inicia así: “Es la historia más vieja del libro; la de un desastre medioambiental y una tecnología que nos salva”, se refiere, claro está, a la misión que Dios le encomienda a Noé ante un diluvio torrencial que amenaza con destruir toda la vida creada por Dios. ¿La tecnología?, el arca. ¿El desastre?, el diluvio. ¿El salvador?, un hombre: Noé. ¿Les suena familiar? Efectivamente, la narrativa sobre la crisis climática, nos dice Peirano, no ha cambiado solo se ha ido adaptando a los tiempos y forma parte tan inherente de nuestro ADN humano que nos cuesta cuestionarla o incluso replantearla.

Tanto la creación como el naufragio son relatos arquetípicos, formas arcaicas del conocimiento humano que contienen una idea fundacional. El psiquiatra suizo Carl Jung los describe como las estructuras psíquicas universales anteriores al verbo, tan determinantes para nuestra manera de ver el mundo como nuestros genes determinan el sexo, la altura, el hambre o la digestión.

Peirano, pp. 14-15

La historia de que el mundo se va a acabar no es nueva, es mitológica, pero no por ello ficcional. En pleno siglo XXI estamos sufriendo lo que pocos años atrás veíamos como una terrible posibilidad, pero remediable si gobierno, empresas, ciudadanía y los avances tecnológicos colaboraban en conjunto. O al menos, eso es lo que “la narrativa” nos ha hecho creer, pero ¿qué ha pasado, entonces? ¿Por qué si veíamos venir este hoy apocalíptico simplemente decidimos seguir al despeñadero? Lo que arguye con gran brillantez y precisión Peirano es que aquellos que encarnan el arquetipo en nuestros días son sujetos ya no nombrados por Dios, mucho menos por los ciudadanos, sino por ellos mismos, y sus proyectos de salvación ni son divinos, ni democráticos sino capitalistas e individualistas. Se refiere a Jeff Bezos y Elon Musk, por supuesto: “su proyecto no es nacionalista, es capitalista. Su misión no es humanitaria, es personal. Pero su discurso es heroico y su personalidad, legendaria…”. Estos nuevos “salvadores” del fin del mundo son también todas aquellas empresas cuyos procesos de producción son sumamente contaminantes, que operan a base del extractivismo de recursos naturales y de la explotación de la mano de obra barata, y cuyos productos son consumidos por nosotros, quienes luego recibimos la “responsabilidad”, pero también la culpa de ese consumismo que abona al desastre climático. No es que las pequeñas acciones no cuenten, no es que nuestros hábitos de consumo no deban ser replanteados y cuestionados, sino que el discurso está siendo emitido, estructurado y perpetuado por un grupo muy pequeño con infinidad de intereses entre los que no se encuentran salvar al planeta, ni a la humanidad, sino sus privilegios: “Para el 1 por ciento, la crisis climática no es el problema, sino el contexto de los dos problemas que verdaderamente les preocupan: cómo seguir disfrutando de una cantidad desproporcionada de recursos cada vez más escasos sin pagar las consecuencias”.

A lo largo de la primera parte del ensayo, como he intentado mostrar, Peirano prepara el terreno teórico para explicarnos la complejidad del problema y por qué, a pesar de que existe un consenso de que la crisis climática ya está aquí y que se debe actuar, las acciones han sido insuficientes, incluso nulas o han fracasado. Una de las conclusiones a las que llega Peirano, basándose en las ideas de Amos Tversky y Daniel Kahneman (Premio Nobel de Economía), es que la humanidad no es capaz de pensar en el cambio climático porque: 1) es un problema amorfo; 2) supone un sacrificio con beneficios lejanos e inciertos; 3) los detalles del problema nos resultan rebatibles. “Para movilizar a la gente, ha de ser algo emocional, debe de tener inmediatez y prominencia. Una amenaza lejana, abstracta y discutible no posee las características necesarias para movilizar a la opinión pública”, sentencia Kahneman. A pesar del pesimismo, Peirano insiste en que somos la especie que más capacidad de evolución emocional posee, que hemos reconocido que la peor amenaza de nuestra especie y nuestro planeta somos nosotros mismos, que estamos dispuestos a cambiar, pero que nos encontramos en una encrucijada a contrarreloj en donde podemos reconstruir nuestro hábitat de manera colectiva y coordinada, o bien, abandonarlo e intentar colonizar otro planeta si es que somos parte de ese 1 por cierto que logra comprar su boleto a Marte.

Marta Peirano

En este punto de la encrucijada, Peirano continúa con la segunda parte de su ensayo, “Máquinas”, en el que más que darnos bocanadas de aire fresco, nos arroja baldes de agua fría tan certeros como necesarios. A partir de ejemplos de magnos proyectos con inversiones millonarias que a lo largo del mundo se han ejecutado y construido para atacar algunos de los muchos problemas de esta crisis, va desmontando el mito de que la tecnología, o puesto en otras palabras, las máquinas o los artificios son la panacea y la clave para remediar el mal. Nuevamente, la tecnología no es la mala per se, sino quiénes las manejan y e invierten en ella. Como contraejemplos a esos espectaculares proyectos, la autora nos presenta acciones colectivas en pueblos indígenas de Latinoamérica que han sido mucho más efectivos, baratos y sostenibles, e incluso acciones que confirman que, con poca incidencia del humano, la Tierra misma es capaz de regenerarse y sanar. Entonces, ¿por qué si existe un camino más corto, viable y eficiente no lo aprovechamos y replicamos? No solo es el cambio de narrativa, sino que “lamentablemente hay un segundo obstáculo más grande y pesado para la adopción de las medidas más simples hacia una reparación medioambiental: la devolución de tierras, la gestión racional de los recursos y la reducción de la industria agroalimentaria son la mejor esperanza para el planeta, pero la peor amenaza para el capitalismo. Y, como decía Frederic Jameson, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

En la última parte, “Inteligencia no artificial”, la autora redondea su postura y elabora propuestas originales, realistas y sí, esperanzadoras, sobre el futuro por el que ella aboga: uno colectivo, colaborativo, civil y en sintonía con el medio ambiente, pues como Peirano misma afirma: “rebelarse contra ese futuro empieza por imaginar un final mejor”. Para ello, requerimos sacrificios y esfuerzos principalmente el de recuperar lo que el capitalismo nos ha arrancado, nuestra capacidad de organización y de negociación que “nos obliga a pensar más allá de nosotros mismos y a exponer nuestros valores y convicciones a la meteorología variada de las convicciones y valores de otros.” Esta me parece la clave y la columna vertebral de la propuesta de Peirano, una que aporta originalidad al estudio del problema de la crisis climática que vivimos: volver a las acciones locales que eventualmente tendrán impactos globales, ¿cómo?: aprendiendo a organizarnos con nuestra colectividad más inmediata para detectar y atacar los conflictos más urgentes que atañen a nuestra comunidad. Vacunarnos del individualismo capitalista para aprender a mirar al otro como un compañero del mismo barco y no como un enemigo para salvarnos a nosotros mismos. Los ejemplos reales y exitosos abundan en Contra el futuro, un ensayo que nos invita a repensar la crisis medioambiental que vivimos desde un enfoque mucho más honesto y, por tanto, contundente: no es un problema de falta de tecnología porque los medios y la información los tenemos, ni tampoco es un problema teórico sobre el que no haya consenso, afirma Peirano, sino que la estrategia requiere múltiples soluciones en lugar de una sola grande, y debe ser efectuada desde diversos frentes, pero principalmente impulsada y protagonizada por nosotros. Contra el futuro es una invitación a “convertirnos en un ejército civil contra la crisis climática, aprendiendo a ser mejores vecinos con todos nuestros vecinos, incluyendo al resto de las especies con las que compartimos el planeta. Los que se quedan sin agua cuando nos quedamos sin agua. Nuestra verdadera comunidad”.

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