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Broni el sobreviviente
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“Sentía que no podía decidir qué hacer y dónde hacerlo; no tenía control de mi situación. No creo haber soñado entonces con la posibilidad de ser libre de nuevo (…) A mi edad actual, que me ha tocado vivir otro tipo de hacinamiento por la pandemia de covid-19, recuerdo ese tiempo en el gueto como un encierro forzado, aterrorizado por la posibilidad de que si intentaba escaparme mi vida peligraría.”

Este párrafo de Mi nombre es Broni (Debate, 2022), las memorias de Bronislaw “Broni” Zajbert sobre cómo sobrevivió al holocausto y al encierro en el gueto de Lodz, Polonia, resuena en el presente de una manera que no puedo pasar por alto. No tanto por el paralelismo imposible entre el encierro causado por una pandemia y el provocado por la discriminación racial, sino por cómo su autor capta la desesperanza de quienes no ven una luz al final del encierro: en efecto, cuando uno se ve forzado a recluirse, es como si se perdiera el control sobre el cuerpo, sobre el patrimonio, el futuro, la vida en general.

Zajbert nació en 1933, en Polonia, el mismo año en que Adolf Hitler fue nombrado Canciller de Alemania y, con ello, se dio inicio casi de inmediato al genocidio sistemático de la población judía en Europa. Así como otros niños de su generación, Broni pasó su infancia resistiendo junto a su familia al acorralamiento progresivo, tanto legal como territorial, que los nazis ejercieron sobre su gente. Desde 1939, cuando su familia entró al gueto de Lodz, hasta 1945, con la capitulación alemana y la toma de Polonia por parte del Ejército Rojo, Broni jamás pudo decir que conociera la libertad o la experiencia de ser un niño.

En el imaginario colectivo e histórico de la Shoah, el gueto es un espacio sólo un poco menos infame que el campo de concentración, quizá sólo porque en ahí todavía existía un sentido mínimo de cotidianidad: lugares para trabajar, servicios públicos e incluso un gobierno como el Judenrat. Pero el gueto también fue uno de los instrumentos que apuntalaron la destrucción de los judíos. El de Lodz, que al principio de la segunda guerra mundial contaba con 160 mil habitantes y, al final, cuando los soviéticos tomaron Polonia, apenas y llegaba al millar de sobrevivientes, tuvo la “suerte” de encontrarse lejos de la primera línea de combate y no sufrió los estragos de otras demarcaciones como el gueto de Varsovia. Pero eso no evitó que se convirtiera en un escenario de inhumanidad: niños muertos en la calle, familias completas hacinadas en una cocina, ejecuciones y la sensación de que todo eso es normal.

Como testimonio del encierro y los años de calamidad, Mi nombre es Broni, es una memoria en la que la violencia y la degradación de los vínculos afectivos no necesitan exagerarse. Al contrario, el autor, capta cómo el horror se cocina a fuego lento, día a día, en los pequeños detalles. En una de las escenas más memorables del libro, la madre de Broni le pide a su concuña las cáscaras de papa que, aunque no le sobran, podrían aliviar el hambre de su familia. La esposa de su cuñado se niega a compartirlas y con ese solo gesto (aunado a muchas pequeñas vilezas), deja en claro que la familia Zajbert está rota en medio de la peor de las catástrofes.

En ese sentido, esta memoria se conecta con el presente y a una circunstancia muy distinta por la manera en que relata cómo las personas tratan de seguir con su vida (el trabajo, el matrimonio, los juegos, el comercio) a pesar de que el mundo y los lazos que unen a las personas (sean comunitarios o familiares), literalmente, se está acabando. Sin juzgar a su gente, Broni retrata cómo la violencia del aparato militar en industrial nazi penetra hasta las zonas que parecen más íntimas, y se expresa en los judíos que someten y explotan a otros judíos.

De manera casi milagrosa, Broni y su familia sobrevivieron para ver la liberación del gueto y recomenzar sus vidas en la diáspora. En su caso, un periplo que los llevó por Venezuela y luego a México, lugar en el que los Zajbert han echado sus raíces. De todas las fotos que aparecen en el libro (que van desde imágenes dentro de los hogares del gueto, o los trenes en camino a los campos de la muerte de Auschwitz y Chelmno) hay una que resulta conmovedora: la de Broni arrodillado junto a la placa conmemorativa que lo certifica como sobreviviente número 314 de Lodz. Algunos números, después de todo, pueden humanizar a sus portadores.

Broni sólo menciona una vez en todo el libro su experiencia en la Ciudad de México, lugar donde ha vivido desde hace más de 60 años: para decir que su cielo es más gris que el de Caracas. Y aunque podría sonar a desdén, o indiferencia, en esa comparación hay algo entrañable: la sensación de que México es un territorio nuevo, lejos de los años de guerra y reclusión. No está de más recordar que la Sinagoga Nidjei Israel, mejor conocida como Sinagoga Justo Sierra (llamada así por la calle), es de cierta manera más joven que el propio Broni: inaugurada en 1941, convive con la Catedral Metropolitana, las vecindades y mercados del Centro Histórico. Bajo el cielo encapotado de la capital mexicana, ese templo es una muestra de que el pasado y lo que parece lejano y extranjero, ronda muy cerca y lleva su historia a cuestas.

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