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Ay, William. La fuerza de los vínculos humanos
Aldo Fabián López Cruz comment 0 Comentarios

Me gustaría decir unas cuantas cosas sobre mi primer marido, William.

De esta forma comienza Ay, William (Alfaguara), la nueva novela de la escritora estadounidense ganadora del Pulitzer Elizabeth Strout, se trata de la tercera que lleva por protagonista al personaje Lucy Barton. He sabido que las demás novelas que completan la saga son de etapas de juventud, pero están escritas de una forma en la que se puede leer una y disfrutarla, aún sin tener conocimiento previo de lo que suceda en otra.

Aquí se relata la vida de este personaje ya en una etapa de madurez. Lucy es una escritora consagrada y admirada. Es viuda desde hace relativamente poco tiempo y tiene dos hijas jóvenes producto de su primer matrimonio.

Y no sólo dirá unas cuantas cosas. Precisamente es en torno a su ex marido que gira la trama de esta novela. A William le han pasado una serie de sucesos que desequilibran tanto su vida como sus relaciones afectivas, y esto da pie a que, en lo que parece ser desde el inicio de la narración de una especie de diario personal, Lucy decida rememorar y reflexionar por qué su ex marido es tan especial para ella y tan importante todavía en su vida. En muchos momentos habla de él con una enorme ternura, y a la vez se da cuenta de las razones que los llevaron a separarse:

La expresión de William suele ser de amabilidad inquebrantable, menos cuando echa la cabeza hacia atrás y se ríe con ganas, muy de vez en cuando; hace mucho que no lo veo hacer eso. Tiene los ojos castaños y todavía grandes. No todo el mundo conserva los ojos grandes cuando se hace mayor, pero William sí.

Creo que William tenía —y tiene aún— la sensación de que se le debía algo.

…una familiaridad tan densa que lo invadía todo; un conocimiento del otro tan profundo que casi te atragantaba; que te entraba prácticamente por las fosas nasales; el olor de los pensamientos del otro; la conciencia de cada palabra que se decía; el más leve movimiento de una ceja; una inclinación de la barbilla apenas perceptible; nadie más que el otro comprendería su significado. Pero viviendo así era imposible ser libre, nunca.

Strout y el arte del detalle en todos sus niveles

También desfilan por la novela las impresiones recogidas por Lucy al interactuar con sus hijas, Becka y Chrisy, los recuerdos y el dolor que significa para ella la pérdida de su segundo marido David, su interacción con Estelle (la nueva esposa de William), Bridget (la hija de ésta), así como la huella que dejó en su vida su suegra Catherine.

Es en específico con Catherine que William tiene una especie de decepción sorpresiva. Esto lo hace emprender un viaje por carretera en busca de respuestas acerca de sucesos muy importantes que le ocultaba su madre ahora fallecida. Lucy lo acompaña en este viaje y es entonces cuando la novela toma un vuelo particular en el que la narradora poco a poco descubre el porqué de la forma de ser de su ex marido y las razones por las que su suegra la apreciaba tanto y a la vez parecía siempre ocultarle una combinación de afecto y rechazo.

Cabe remarcar que es en la parte final de ese viaje cuando la brillantez de la autora se eleva más que nunca, tanto en los diálogos de los personajes como en las descripciones que hace de las andanzas en carretera y el detalle en los lugares comunes que visitan Lucy y William. Se nota que Strout da un gran valor a las pláticas cotidianas entre las personas y la belleza que se encierra al hacer registro de ellas. Hace todo lo posible por dejar claro lo hermoso que puede ser esto.

La camarera nos trajo unos platos increíbles. En el de William había un montón de estofado con dos huevos fritos encima, además de patatas y tres rebanadas de pan bien gruesas. En el mío había una buena cantidad de huevos revueltos, con beicon grasiento y otras tres rebanadas de pan enormes.

—¡Madre mía! —exclamé, a la vez que William decía: «¡Caray!».

En la biblioteca vimos una escalera de caracol que subía y un mostrador de préstamos. Había dos personas en la sala de lectura: una chica y un anciano, los dos leyendo la prensa. Era un sitio muy agradable, como tiene que ser la biblioteca de un pueblo. La bibliotecaria nos miró. Tendría cincuenta y tantos años, el pelo casi sin color, y con eso quiero decir que era castaño muy claro —seguramente había sido rubia de joven— y los ojos ni grandes ni pequeños. Lo que digo es que tenía una pinta muy neutra pero era amable y se dirigió a nosotros casi en el acto.

Lucy y Catherine ¿dos seres humanos similares?

Las personalidades de Lucy y de su suegra Catherine son muy distintas. Pero se nota que hay cierta conexión entre ellas que las hace tenerse mucho cariño y admiración. Lo único claro es que es una relación extraña:

Mi cumpleaños era poco después, y Catherine me preguntó qué me apetecía. Le dije que un bono de regalo para una librería. La idea de ir a una librería y «comprar» varios libros me hacía muchísima ilusión. El día de mi cumpleaños me llevó al garaje y me enseñó una cosa llena de palos de golf. Se le iluminó la cara, aplaudió y me dijo: «Feliz cumpleaños. Tu equipo de golf».

Una vez le pregunté a Catherine: «Cuando eras pequeña ¿hacías viajes como estos?». Estaba leyendo una revista, se la puso en el pecho y se quedó mirando el mar. «No, nunca», contestó. Y siguió leyendo.

Catherine, tú lo conseguiste, ¡fuiste capaz de cruzar la frontera entre dos mundos! Creo que en parte lo consiguió. Jugaba al golf. Iba de vacaciones a las islas Caimán. ¿Por qué unos saben hacer estas cosas y otros, como yo, siguen desprendiendo siempre el leve olor de sus orígenes?

Los padres literarios de Strout

La autora tiene una cualidad muy particular en su prosa, he leído que es considerada la heredera literaria de escritoras como Lucia Berlin o Alice Munro. Incluso, por momentos, sentí reminiscencias a autores como John Fante o William Saroyan, por esa agilidad para relatar fluidamente que posee. Es justo de mencionar también la admiración que Strout tiene por Virginia Woolf. Hay que valorar, el que una prosa dé la sensación de ser sencilla en la superficie, pero que transmita por debajo mucho más. Se nota todo un trabajo de preparación pensando en el lector.

Los personajes, sobre todo el que da título a la novela, y la madre de éste, tienen un detallado en su desarrollo, tan esmerado, que es imposible no empatizar con ellos, intentar comprender el porqué de sus formas de ser y sus acciones. Además, siento que no es algo que se logre tan fácilmente en una narración en primera persona.

Me llamo Lucy Barton, un personaje inolvidable

Lucy también deja ver fragmentos de su niñez y su juventud, mostrando que es una persona que viene de una familia con muchos problemas internos, además, muy pobre. Esto ocasiona que ella desarrolle esa personalidad tan particular. Sus modos, sus acciones, emanan ternura pero también vislumbran un pasado profundamente duro que en algún momento ha afectado su presente y sus vínculos familiares:

A la mañana siguiente, mi madre se fue con el coche a las nueve y media y yo salí corriendo a la larga carretera de tierra y la llamé: «¡Mamá! ¡Mami!». Pero siguió adelante, hasta la carretera…

Me sentía invisible —ya lo he dicho antes— y al mismo tiempo tenía la extrañísima sensación de llevar en la cabeza un letrero luminoso que decía: Esta chica no sabe nada.

Un tallo de tulipán se partió dentro de mí. Esa sensación tuve.

Sigue partido: nunca volvió a crecer.

…iba cruzando un césped pequeño, y llevaba un vestido vaquero, azul claro, y fue como si un pajarito pasara volando por mi cabeza. Y el pajarito fue este pensamiento: A lo mejor tengo que matarme. Es la única vez que recuerdo haber tenido esta idea. Y el pensamiento pasó volando como un pajarito.

«Disculpe, siento mucho molestarlo pero me llamo Lucy y le adoro». ¡No me podía creer que hubiera dicho eso! Y expliqué: «Quiero decir que adoro su música».

El camino de Lucy y el oficio de escribir

Dentro de las reflexiones sobre la vida de Lucy y la de quienes le rodean, Strout también deja caer sobre el lector frases brillantes que a más de una persona tocarán y dejaran pensando un rato:

Lo que quiero decir con esto es que la gente está muy sola. Mucha gente no es capaz de decir lo que les gustaría decir a quienes conoce bien.

Había en Lois una especie de profunda comodidad interior —casi esencial—, como les pasa a quienes han recibido mucho amor de sus padres.

Negó con la cabeza, dándome a entender que no quería consuelo, aunque ¿quién no quiere consuelo?

¿Quién sabe por qué? ¿Quién sabe por qué un niño sale de una manera y otro de otra?

Finalmente. Debido a la forma en la que Strout sondea en las profanidades de la mente de sus protagonistas salen a flote frases que resuenan en el interior, sobre todo de quienes también amamos escribir sobre la vida, nuestra vida cotidiana; simple, y a la vez, profunda y maravillosa:

…de camino a clase pasaba a diario por delante de una casa y me fijé en que la mujer que vivía en ella tenía hijos, y era guapa —más o menos, creo— y, en vacaciones, la mesa del comedor se llenaba de comida, y alrededor de la mesa se sentaban sus hijos, casi mayores, y su marido —supongo que sería su marido— en la cabecera, y cuando yo pasaba por la ventana, pensaba: Así seré yo. Así seré yo.

Pero fui escritora.

¡Cuánto me reconfortaba! Noche tras noche, cuando veía la luz en las ventanas de la torre del museo, me reconfortaba profundamente pensar en aquella persona solitaria que pasaba la noche en vela, trabajando.

Y tardé años en caer en la cuenta de que nunca había dejado de ver la luz, ya fuera viernes o sábado o domingo, de que la luz siempre estaba encendida, pero hasta mucho después no comprendí que allí no había nadie trabajando cuando yo miraba, pasada la medianoche y a las tres de la mañana, incluso cuando ya había demasiada claridad en el exterior para distinguir que la luz seguía encendida… Tardé muchos años en darme cuenta de que me estaba alimentando de un mito.

No había nadie en la torre por las noches.

La luz de la torre me ayudó en esa época.

Aunque la luz no fuese lo que yo creía.

En conclusión, como sucede con cierto tipo de narrativas, para cuando se llega al final de la novela, parecería que no hay un cambio en los personajes, pero lo cierto es que sí, si el lector vuelve a dar una ojeada, si se detiene a meditarlo, se da cuenta que los personajes principales han evolucionado, al igual que quienes le rodean. Incluso, la misma Lucy medita esto.

Me atrevo a decir, aun con sólo haber leído Ay, William, que la obra completa de Strout es algo que cualquier amante de la literatura debe darse la oportunidad de leer, no sólo por la calidad de su prosa, o su estructura, sino por la profundidad que guarda dentro de sus historias en apariencia sencillas. Ojalá Alfaguara edite en México los demás títulos que conforman esta saga de novelas protagonizada por tan entrañable personaje.

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