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Aquellas horas que nos robaron: una entrañable historia de resistencia
Gaby Riveros comment 0 Comentarios

Hace alrededor de cuatro años hubo una “chispa” que detonó el deseo de recuperar la historia de un hombre extraordinario –¿quizá la lectura de un artículo en las redes, o quizá la sorpresa al descubrir el nombre de un mexicano en  una calle de Austria? Esa “chispa” inicial cayó en tierra fértil y con el tiempo se enraizó en la curiosidad, el interés, la imaginación y la pluma de Mónica Castellanos. Ella decidió construir una novela histórica, con todo lo que esto implica –horas de investigación, entrevistas, viajes, lecturas, procesos de escritura y reescritura que con el paso de los meses y los años se convierten en un texto (del latín textus), un “tejido” o “trama”, donde se entrelazan hilos narrativos que resaltan la figura de Don Gilberto Bosques Saldívar, hilos que muestran el contexto histórico y político de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial, hilos también que bordan la entrañable historia de dos niños huérfanos que se encuentran y luchan por salvarse: la de Guillermina Giralt y Francesc Planchart.

¿Quién fue Gilberto Bosques Saldívar? ¿Quién fue este hombre nacido a fines del siglo XIX en la pequeña Villa de Chiautla, Puebla? ¿Quién fue este niño con tez de bronce y ojos de chocolate que creció en tierra de volcanes a quien su madre le repetía: “El pensamiento es lo que nos hace un ser distinto a los animales. Lo más importante que puede hacer el hombre es pensar, pensar siempre, pensar todo.”? Quizás a través del empeño que ella puso en su educación, primero en la Villa y después al acompañarlo a la ciudad de Puebla… o a través de las conversaciones con su padre mientras paseaban a caballo, fue que Gilberto Bosques amplió su visión y desarrolló una sensibilidad hacia las necesidades de los otros. En aquellos recorridos conoció a los habitantes de la sierra huasteca cuya sabiduría ancestral le resultaría tan opuesta, años después, a los gobiernos de los regímenes totalitarios de mediados del siglo XX.

¿Quién fue este adolescente testigo de las primeras insurrecciones contra el gobierno de Díaz a quien le indignaba la pobreza, la ignorancia y la explotación de los campesinos? ¿Quién es este joven que inició círculos de estudio para analizar los problemas de México y las ideas de los Flores Magón, encarcelado cuando estudiante por defender el derecho a la libertad y colaborador con Aquiles Serdán para organizar el inicio de la Revolución mexicana? ¿Este joven escondido durante meses en la sierra chiauteca que tomó las armas junto a los carrancistas para combatir al traidor de Victoriano Huerta… el hombre que se graduó de profesor, apasionado de la educación, amigo de José Vasconcelos e impulsor del artículo 3ª que volvió obligatoria la educación para los niños y niñas de México? ¿El enamorado de María Luisa Manjarrez, el esposo y padre de Laura, Teresa y Gilberto? ¿El encerrado en un calabozo con amenaza de fusilamiento por apoyar la lucha de Adolfo de la Huerta? ¿Quién el editor, el poeta estridentista que fundó una publicación ilustrada por Diego Rivera y Fermín Revueltas que se distribuyó en las escuelas rurales entre personas que no sabían leer? ¿Quién este hombre que sobrevivió a un atentado durante la época en que fue candidato a la gubernatura de Puebla… más tarde, presidente de la Cámara de Diputados, director del periódico El Nacional y a quien Lázaro Cárdenas, en 1938, invitó a formar parte del Servicio Exterior? Pareciera que habría que vivir muchas vidas para hacer tanto… porque además, para entonces, Don Gilberto no había vivido ni la mitad de lo que sería su vida.

Gilberto Bosques y su familia llegaron a Francia cuando terminaba la Guerra Civil Española y se imponía el Franquismo; llegaron en los albores de la Segunda Guerra Mundial a una Francia que pronto sería ocupada por el régimen nazi. Desde París o Marsella, desde su labor como cónsul general, Don Gilberto salvó la vida a miles y miles de españoles, franceses, libaneses, austriacos, alemanes y polacos otorgando visas o papeles de identidad. Llegaron a México miles de refugiados –como los niños de Morelia– en barcos como El Sinaia, Ipanema, el Mexique, El Serpa Pinto, el Gripsholm. Hombres y mujeres, intelectuales y científicos que fundaron instituciones como El Colegio de México, cuyas ideas y aportaciones a la ciencia y las artes dieron un vuelco, renovaron, el espíritu de modernidad en nuestro país.

En Francia, Gilberto Bosques consiguió un par de castillos en ruinas –La Reynarde y Montgrand– para hacer de ellos un refugio digno. Se organizaron cuadrillas de maestros, médicos, abogados, escritores, poetas, campesinos, filósofos, obreros, albañiles, carpinteros, plomeros, pintores, electricistas, políticos, actores… dieron escuela a los niños, comida, techo, atención médica a cientos de personas. En 1943 Don Gilberto enfrentó a la Gestapo –junto con la delegación de 45 mexicanos– entre los que estaban su esposa y sus tres hijos. Hambrientos y siempre vigilados por los nazis, por la policía de Franco y la de Francia sobrevivieron a 13 meses de cautiverio en Bad Godesberg, Alemania.

Día a día, la realidad pasa frente a cada uno de nosotros –como un vagón de tren– y uno elige si subirse o no. Cuando Don Gilberto llegó a Francia, ahí estaban el dolor, la posibilidad de sobrevivir a la guerra o la de morir, el hambre, la enfermedad, la miseria… Gilberto Bosques se subió al vagón de la realidad y una vez más, se comprometió con las necesidades de los otros. No importó que el contexto fuese un territorio pantanoso, que los acuerdos entre naciones no se respetaran o que las leyes se subordinaran al poderío de la guerra. Gilberto y María Luisa siempre miraban adelante, con cautela y valentía.

¿Quién fue Gilberto Bosques, de quien conocemos tan poco, quien además vivió, nada más y nada menos que 103 años? Mónica Castellanos elabora una respuesta en su novela “Aquellas horas que nos robaron: El desafío de Gilberto Bosques” recientemente publicada por el sello editorial Grijalbo de Penguin Random House. El título –bellísimo, por cierto– viene del capítulo 85 “Esos días idos, arrebatados, sepultados, de aquellas horas que nos robaron”. Mónica elabora una respuesta porque la escritura es, entre muchas posiblidades, también un acto de resistencia contra el olvido. Su novela nos acerca a sucesos que cuelgan en la orilla de nuestra historia, a hechos poco conocidos, al trabajo de archivo y documentación minuciosa, a entrevistas con familiares y sobrevivientes de los campos de refugiados o de “internamiento”. Mónica vierte en ese enorme caldero de palabras que es la novela –como género literario– ingredientes y especies con los que va sazonando esta novela histórica que hoy nos comparte. Su obra pone un reflector –como sólo la literatura puede hacerlo, en las vidas, las emociones y pensamientos de estos personajes… Mientras leemos el libro, vivimos bajo la piel de Mina de once años, lloramos la muerte de els meus pares, habitamos el desconcierto y la tristeza que le produce el descubrirse sola en el mundo. Olemos la podredumbre, el agua salada, el sudor rancio, la carne descompuesta en los campos de Argeles-sur-Mer donde ella y Francesc pasan 500 días vigilados por la guardia senegalesa y nos preguntamos junto con ellos “Qué significa ser refugiado?”, reímos con Arístides Maillol, el escultor y su diva.

La novela se cuenta desde el punto de vista de varios narradores: la voz narrativa principal es la de Laura Bosques, hija de Don Gilberto, quien recupera su historia desde la certeza y cercanía que nos da su testimonio en primera persona. Otra de las voces principales es la de un narrador omnisciente –el que todo sabe– en tercera persona, que cuenta la historia de Mina y Francesc. Hay otra voz narrativa, utilizada solamente en un capítulo, que cuenta en segunda persona la desgarradora historia del hombre de la capa verde.

La novela se estructura en una breve introducción, 112 capítulos –cuadros o escenas–, epílogo y agradecimientos y aclaraciones. Sesenta y dos capítulos aproximadamente muestran la vida de Gilberto Bosques de 1892 a 1944 (52 años) y se entrelazan a los treinta y seis capítulos la historia de Mina que va de los años 1937 a 1944 (11-18 años). El resto aborda las vicisitudes que vivieron la escritora judía Anna Seghers y su esposo preso en un campo, el poeta español Antonio Machado, el físico Nicolás Cabrera, el expresidente de la República española Manuel Azaña, el escritor neolonés Alfonso Reyes, entre muchos otros.

Llaman mi atención tres temas implícitos en la novela: primero, el absurdo de la guerra con su maquinaria decidida a exterminar lo “diferente” al poder en turno, la separación de las familias, los heridos y mutilados, la depresión, familias cuya descendencia quedó truncada… Uno se pregunta: ¿quién tiene el derecho a erradicar esas vidas? Segundo, la posibilidad de redención que el saber, el arte, la poesía, la música, el teatro impregna al espíritu de los refugiados. Las palabras formulan ideologías que destruyen, pero también las palabras tienen la posibilidad de la poesía, de resignificar nuestras vidas. La escena cuando el Doctor Bush –un nazi férreo, déspota y engreído– contempla a Laura Bosques de 19 años recitar, la conmoción que le provoca, es extraordinaria. Tercero, Aquellas horas que nos robaron nos presenta un bellísimo constructo de México a través de la ayuda que reciben miles de niños, hombres y mujeres, de la esperanza con la que aguardan en los campos a ser trasladados a nuestro país. “No lo hice yo, lo hizo México” solía decir Don Gilberto. Mónica recupera este espíritu y lo incorpora a una novela que devuelve la esperanza en la bondad, en la calidez del mexicano, la fragancia de las azucenas, el recuerdo de una madre, el pueblo de infancia, los colores vivos, el aroma de la canela, el cilantro, la yerbabuena, el chocolate caliente y el mole negro.

Aquellas horas que nos robaron, además, dialoga con otras novelas contemporáneas que abordan de igual manera la Guerra Civil Española; pienso, por ejemplo, en La hija del caníbal de Rosa Montero, o en Soldados de Salamina de Javier Cercas donde además se cuestiona la figura del héroe de estatua y se revalora al héroe anónimo, a las personas que hacen lo que debe hacer en el momento, como Gilberto Bosques. Pienso también en Suite Francesa de Irene Nemirovsky cuyo manuscrito permaneció en una maleta durante 70 años, en Dora Bruder de Patrick Modiano o en la más reciente novela de Sofía Segovia, Peregrinos, que recupera la entrañable historia de familias que migraron para sobrevivir y hoy radican aquí en México. La novela de Mónica se suma a un prisma de luces que ofrecen estas y muchas otras obras literarias sobre la condición humana en tiempos de guerra. Con oficio escritural y destreza narrativa, mediante una estructura sólida y madura donde se equilibran la historia y la ficción, Mónica Castellanos en su libro Aquellas horas que nos robaron nos comparte la entrañable historia de resistencia y de fortaleza de un mexicano extraordinario que desafió una y otra vez la ley del estado para atender al derecho que todos tenemos a un futuro digno y a la libertad.

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