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Al único Raymond que sigo releyendo se apellida Chandler
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“Todos los tipos duros somos, sin remedio, tiernos de corazón”

Raymond Chandler

¿Qué puedo decir de Raymond Thornton Chandler que no se haya dicho aún?

Bueno, un 23 de julio de 1888 nacía uno de los máximos exponentes del hard-boiled norteamericano considerado por muchos como uno de los pilares fundamentales de la novela negra del siglo XX, ya que su anti-héroe Philip Marlowe marcaría las pautas para establecer cierto modelo de tipos duros, melancólicos, románticos, pesimistas que no dudan en desconfiar de las rubias con vestidos entallados y un perfume con olor a tentación.

También no está demás mencionar el por qué me gusta tanto Chandler y la razón por la cual lo considero uno de mis autores de cabecera al ser un escritor que no ha perdido vigencia pese al paso del tiempo, su obra es un legado maravilloso para el mundo literario en general y me atrevo a decir que; El largo adiós, es por mucho, una de las mejores novelas del siglo pasado, ya que lo tiene todo, absolutamente, todo. Y por Dios, ese final es el ejemplo perfecto de cómo cerrar una novela de tal envergadura. Te impacta, te noquea, te derriba. Es brutal.

Y es que, a pesar de parecer una historia sencilla la cosa se va complicando conforme avanzan las páginas, además de que la novela jamás deja de ser interesante sino todo lo contrario, al ir descubriendo la vida del señor Lennox que harto de consentir los caprichos y pasar por alto las aventuras sexuales de su mujer, decide matarla; y por ende, tiene que escapar hasta un pueblito mexicano en donde al sentirse acorralado termina por suicidarse. Sin embargo, Marlowe conocía a Terry Lennox quien era su único amigo de tragos, e intuía que algo no encajaba en la versión que la policía manejaba, ya que había demasiada gente influyente dispuesta a interpretar el caso a su manera y mantener alejados a los sabuesos como Philip.

Las soluciones al enigma caen una tras otra hasta llegar a la verdad, tan demoledora como sorprendente, por algo El largo adiós, es su obra maestra y marca un antes y un después dentro del género negro, según palabras del propio Piglia en un ensayo de su libro El último lector. Y es verdad dado que la novela de Chandler tiene la dosis exacta para ser una obra clásica dentro de la literatura del siglo XX, con un poco de todo; desde la mujer pasiva que termina por convertirse en una femme fatale, policías corruptos, matones arrogantes, humor negro, muerte, violencia, sexo y por supuesto al inolvidable Philip Marlowe.

Chandler vivió con la incertidumbre de no poder superar a Hammett, su “maestro”, al menos eso decía Piglia o Giardinelli o el mismo Chandler, da igual, sin embargo, los que conocemos un poquito sobre el género, nos decantamos por la saga de Marlowe, celebramos su propio código ético-moral, brindamos con un Gimlet y admiramos la evolución del protagonista, ese mismo que en El sueño eterno se arregla de manera impecable sólo para tener un encuentro con “cuatro millones de dólares” y cinco novelas después es un tipo que se describe como un lobo solitario: 

“Soy un investigador privado con licencia y llevo algún tiempo en este trabajo. […] He estado en la cárcel más de una vez y no me ocupo de casos de divorcio. Me gustan el whisky y las mujeres, el ajedrez y algunas cosas más. Los policías no me aprecian demasiado, pero hay un par con los que me llevo bien. […] Cuando acaben conmigo en un callejón oscuro […] nadie tendrá la sensación de que a su vida le falta de pronto el suelo.”

Una de las maneras en las que Raymond contribuyó a la renovación del género policial fue a través de diversos ensayos, uno de los más famosos, titulado; “El simple arte de matar” (Debolsillo/2014) en el que ahonda sobre la evolución del género e incluso también hace un decálogo de los elementos que debe tener una novela negra para ser realmente buena:

“El amor casi siempre debilita una novela policíaca, pues introduce una especie de suspenso contrario a la lucha del detective por resolver el problema (…) Un buen detective no se casa jamás.”

Quizá lo que muy pocos conozcan sean las cartas y escritos inéditos en los que descubrimos otra faceta totalmente distinta al autor más rudo de L.A., ya que, a raíz de la muerte de su querida esposa en 1954, sufre de varias depresiones e intentos de suicidio. En una de las últimas epístolas a su editor, Chandler le cuenta que le habría gustado dedicarle su mejor novela (El largo adiós) a su compañera de vida: 

“Usted afirma que ella lo era todo, y más aún. Por treinta años ella fue el latido de mi corazón. Ella era la música que se oye desmayadamente al borde del sonido. Mi enorme y ahora inútil pesar fue no haber escrito jamás algo que mereciera realmente su atención, ningún libro que pudiera dedicarle. Tuve planes de hacerlo. Pensé en él, pero nunca lo escribí. Quizás no hubiera podido hacerlo. Tal vez ella se dé cuenta ahora de que lo intenté, y que el sacrificio de unos años de carrera literaria casi insignificante me parecería poco precio a pagar con tal de que pudiera hacerla sonreír alguna vez más. (…) Durante treinta años, diez meses y cuatro días, ella fue la luz de mi vida, mi única ambición. Todo lo demás que hice fue sólo el fuego para que ella se calentara las manos.”

Por último, mi relación con Chandler comenzó en mi infancia, cuando mi padre comprara un ejemplar de Tristezas de Bay City un fin de semana cualquiera que visitamos el ISSSTE y al ver los libros que tenía en la mano descubrí con curiosidad uno en particular cuya portada me llamó la atención porque era el dibujo de una mujer semidesnuda y un cintillo en la parte superior de la contraportada que rezaba; Novela Negra, lo que me llevó a cuestionarle sobre la trama del libro, además del significado de “novela negra”, sin embargo, su respuesta fue algo parca y bastante confusa, pero, me prometió que algún día tendría la edad para poder leerlo y, entonces comprender el sentido de la NN. Ese día llegó justo en el momento en que Raymond me acompañaba en mis primeras citas con mujeres que no dudaban en invitarme a pasar un fin de semana en sus casas, Chandler siempre estuvo ahí como un buen amigo fiel cuidándome las espaldas en espera de no caer fulminado por las casualidades inesperadas, y por eso y más, hoy y siempre, diré que al único Raymond que releo se apellida Chandler, porque a él no sé cómo decirle adiós.

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