De viajes fragmentarios y asuntos sobreentendidos

Susan Sontag
Yo, etcétera / DEBOLS!LLO, 2011

 

Cada vez que viajo es invariablemente para despedirme.
Susan Sontag

Por lo regular, viajamos por placer, en un afán de conocimiento, para huir o para reencontrarnos; viajamos por muchas razones, pero siempre lo hacemos prometiendo volver –adonde sea que volvamos, al sitio al que hemos ido o al sitio del que partimos–, como si aplazáramos el tiempo a un futuro inexistente, pero posible. Y esto pasa justo desde el comienzo del trayecto que decidimos emprender, como si quisiéramos olvidarnos del momento presente.

A lo largo de los ocho relatos que conforman Yo, etcétera –los cuales fueron publicados en diversos lugares, tan disímiles como el American Review, Harper’s Bazar, The New Yorker o Playboy–, pareciera que Susan Sontag nos propone un viaje personal, pero no para aplazar el tiempo sino para hacer las paces con él, debido más a la disposición de los textos a la hora de editar esta recopilación –porque editar también es un trabajo de disponer el material para su lectura, para una mejor lectura–, que al tema mismo del que tratan, pues si de temas hablamos parece que no reina la cohesión, pero sí el fragmento, con el que se puede construir casi cualquier relación.

 Por ello, esta edición comienza con un proyecto de viaje, con una promesa de llegar a la antípoda del mundo, porque, a modo de confesión, para la autora se cumpliría con ello un compromiso con el pasado y con su padre. Luego, a modo de “Declaración”, Sontag nos narra aquello con lo que fantasea. En otro relato somos testigos de los avatares de una mujer entre la obscenidad, el recato y el amor; o de la desgana y la intolerancia hacia todo lo humano, y con ello la confianza ciega hacia una máquina; o lo que parecieran las confesiones de unos padres ante la inconformidad e incomprensión hacia su hijo único. Todo termina con un “Viaje sin guía”, casi como un guiño para perdernos en sus fragmentos y corroborar que lo importante es aquello que sucede en el inter del recorrido, aunque ello no siempre se pueda planear.

Así, Sontag nos propone un viaje al pasado, a los recuerdos, a los sentimientos, a la memoria, a los estados de ánimo, al amor… ¿Para qué?, ¿para despedirnos de ellos? Quizá, o quizá también para acomodar en su justo lugar todos los fragmentos que suscita un viaje; ese etcétera que según la RAE sirve: para sustituir el resto de una exposición o enumeración que se sobreentiende o que no interesa expresar, pero que está ahí y nos agobia.

***

A modo de confesión: Con Susan Sontag siempre me he quedado a medias. Justo al momento en que me encargan esta reseña me encontraba leyendo su única novela, En América, y no he pasado de la mitad; del libro sobre sus ensayos de fotografía igual, nunca he logrado terminarlo; hay otro librito por ahí, también de ensayos, del que sólo leí ese que hablaba sobre el estado saturniano en Walter Benjamin. Así, ensayista, novelista, crítica, narradora, esta mujer que marcó gran parte de la reflexión de finales del siglo XX nos invita a su lectura aunque ésta se haga a partir de los fragmentos.
 

Teri Yakimoto

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