¿Y tú tienes coulrofobia?

Tras releer Eso (It) de Stephen King, la novela parece sugerir que, antes de 1986 —cuando se publicó—, hubo una época en que los payasos no daban miedo. Es lo que concluiría alguien ajeno a la caracterización insuperable de Tim Curry como Pennywise, el payaso bailarín que terminó por colocar a estos seres maquillados a la cabeza del ejército de las cosas de la noche. Después de que Stephen King vistiera a su monstruo cósmico con un traje colorido, pompones en lugar de botones y globos en la mano, ya nadie le creería a un monstruo ese disfraz, como sí lo hicieron los niños asesinados por las calles en Derry, casi siempre bajo la lluvia.

Así pues, la coulrofobia, como lo conocemos hoy, nació en una cloaca de Derry, una ciudad lluviosa al noreste de los Estados Unidos, en aquellos suburbios que parecen idílicos y hasta residenciales pero que allá al norte son vecindarios para los pobres, para los que no han de abandonar jamás el terruño. La escena icónica del niño con el impermeable amarillo, que sigue su barco de papel hacia una alcantarilla, sería la introducción para muchos al viejo mito del monstruo que devora niños, una estirpe a la que pertenecen el demonio Moloc, las brujas infanticidas o los robachicos de todas las épocas.

Inspirado en Bozo y en Ronald McDonald, precursores de pesadillas, un Stephen King en pleno dominio de sus poderes narrativos —ya llevaba en su haber Carrie (1974), El resplandor (1977), Cujo (1981), Las cuatro estaciones (1982) y Cementerio de animales (1983), sus obras más famosas— se lanzó a escribir su última gran novela, al menos la última generadora de su propia leyenda. Partiendo de una imagen inicial simple, un payaso, Eso propone un horror lovecraftiano, una entidad incomprensible para la mente humana. King dio un paso más al otorgarle a su bestia no sólo poderes sobrenaturales, sino también la capacidad de gangrenar una sociedad a través de sus propios demonios. Pues Eso no es sólo una novela sobre un monstruo, también es sobre un pueblo y su corrupción moral.

El racismo, el acoso sexual, la violencia, el antisemitismo, la violencia de los padres hacia los hijos, de los niños contra otros niños, son sólo algunos de los “monstruos humanos” que Eso aprovecha para dominar a Derry cada que despierta, o sea en ciclos de 27 y 28 años. Es en el ciclo que comienza en el otoño de 1957 que siete niños, destinatarios cada uno de un tipo particular de odio, se enfrentan al destructor indecible.

No es coincidencia que el grupo de Los Perdedores sea todo lo contrario de lo que en los años cincuenta se esperaba de la niñez americana: Eddie —un hipocondriaco cuya madre no le deja en paz—, Mike —el niño negro lastrado por la segregación racial implícita—, Stan —el niño judío—, Richie —el bromista ñoño—, Ben —el niño con sobrepeso y sin padre—, Beverly —la chica hermosa que sufre abuso familiar— y el protagonista, Bill —un tartamudo asolado por la muerte de su hermano—; todos ellos conforman una pandilla de outsiders contra un mal general, socialmente aceptado. Una vez adultos de éxito, volverán a Derry para revivir su infancia sesgada.

Los Perdedores, sin otro atributo heroico que la valentía, se enfrentan al monstruo y su espejo que devuelve una imagen oscura y exacta de uno mismo: “llevaba la cara de todos, además de las otras mil con que habían aterrorizado y matado. Y la idea de que Eso pudiera ser ellos era la peor de todas” (p.643). Irónicamente, las apariciones en forma de payaso serán las menos atroces, ya que el espectro de horror de Eso se demuestra variopinto y sutil: voces de niños que salen del lavabo, un ave gigante, una mano sin arrugas, el brillo de la luna llena…

Hay varios momentos que destacan dentro de este monstruo de cientos de páginas: el diálogo entre los siete miembros de la pandilla reunidos después de 26 años, una suerte de banquete que se mantiene únicamente a través de las intervenciones de los niños ya adultos; la historia de la colonia de negros en Derry que sería arrasada por la Liga de la Decencia Blanca (un Ku Kux Klan de Nueva Inglaterra); o la descripción de la Torre Depósito, el sitio adonde se dirigen todas las cloacas de Derry. Sí, el mal inunda Eso, pero no todo es perversidad en este libro, también hay amor, fraternidad y coraje. Aunque nunca en blanco y negro, pues, como se da cuenta Mike, “si el engranaje del universo funciona bien, el bien siempre compensa el mal… pero el bien puede ser igualmente espantoso” (p.593).

En una de las pocas veces que la novela nos pone frente a Eso, se dice que el miedo de los niños es más esquemático que el de los adultos. Me parece que es una equivocación, pues un adulto puede tener miedos (muchos de ellos en realidad fútiles), pero una infancia sin monstruos es inconcebible.

Al releer Eso muchos años después, confirmo que sigue teniendo ese espíritu de verano recobrado que es la fuente de su encanto, pues King captura la sensación de volver a ver el “reluciente camafeo de todo lo que fuimos y creímos cuando niños, de todo cuanto brillaba en nuestros ojos, aún cuando estábamos perdidos y el viento soplaba de noche” (p.1500). El sol se vuelve a poner en Derry, y una bicicleta llamada Silver, plateada como las balas que matan a los monstruos, espera leal y resistente a su mejor amigo.

P.D. La primera adaptación de Eso a película (de televisión) apareció en 1990; 27 años después, como en el ciclo del monstruo, el cine tratará una vez más de capturar a su propia versión del monstruo polimorfo de Stephen King; que La Tortuga nos acompañe.

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