Versos de vida y muerte, Amos Oz

Escribí este texto hace casi cinco años. Y todavía hoy, cuando todo en torno mío obedece a leyes distintas, cuando mi vida se ha configurado de forma completamente diferente, cuando ya no me recuesto en la cama de mi hermana ni tengo a Porthos en mi vida, retumban las líneas de Amos Oz en mi cabeza…

Regresé de pasear a Porthos (he de confesar que aún no queda muy claro quién pasea a quién) y me senté al pie de la cama de mi hermana. Medianoche. Balbuceamos un par de palabras, esbozábamos nuestro viernes. Ella se depilaba las cejas. Yo liberaba del plástico mi más reciente adquisición: Versos de vida y muerte. Lo compré el lunes, no me pude resistir. Me animé porque hace un par de semanas costaba casi $400. El lunes lo vi en $300.

“Al fin Amos Oz”. En esto pensaba. Jeannine hablaba de lo infructuosa que está resultando la búsqueda del local para el negocio familiar que, según mis hermanos, me sacará de asalariada. (Creo que no se han dado cuenta de que me gusta ser asalariada.) Y abrí el libro. Y me atrapó. La voz de Jean pasó a ser sólo un pájaro revoloteando mi cabeza. La escuchaba pero mi mente estaba muy lejos de ahí: en Tel Aviv, para ser precisos.

Jean se quedó dormida. Dormidísima. Antes de abrir el libro no paraba de bostezar. Sabía que mi viernes comenzaría a las 6am si de verdad pensaba pasear a Porthos dos veces al día (no lo he logrado… soy vespertina). Sabía que la lista de pendientes que dejé en vilo el jueves se medía no en cuartillas sino en tomos enciclopédicos. Y no me importó. Las cortinas corridas: no vi cómo se desplazaban la luna y las estrellas. Pero me tuvo sin cuidado porque vean lo que encontré…

[…] no estés triste, te lo pido de verdad, no estés triste para nada, y para nada te disculpes conmigo, porque tu miembro flácido me penetra ahora, justo ahora, me penetra y me llega muy dentro, me llega a los lugares más profundos, a lugares a los que ningún miembro erecto ha llegado jamás en mi vida y ningún miembro erecto podría entrar tan profundamente en mí. —El amor—

[…] ¿Te acuerdas? Hace unos quince años. ¿Te acuerdas? La de Charlie. ¿Te acuerdas? Aunque creo que ya por entonces te quería mucho más a ti que a él. ¿Que empecé a salir con él sólo para oler en él tu olor? No, Lusi, un momento, no cuelgues, por favor, no es lo que crees, te aseguro que soy la persona más normal del mundo, escucha, dame sólo dos minutos… —La revelación—

De lo que se deduce que la vida y la muerte no descendieron sobre el mundo unidas, sino el sexo y la muerte […] De lo que se extrae que existe una posibilidad razonable de una vida que continúe eternamente. Sólo debemos encontrar la forma de acabar con el sexo, y así erradicar también del mundo nuestro sufrimiento y la obligatoriedad de nuestra muerte… —La inmortalidad—

Terminé a las 2:45am. Quería venir corriendo a escribir. —La atascada— No pude: en cuanto cerré el libro, un sueño abominable se apoderó de mí. Sólo me dio tiempo de correr a mi cama. (Sí, sería más romántico decirles que amanecí ahí, junto a mi hermana, con el libro sobre el pecho… pero no, no miento ni para hacer esto más rim-bom-ban-te.) Mi día comenzó a las 7 de la mañana y no he dejado de pensar en lo que leí anoche.

Wendolín Perla

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