Una vida

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Gabriel García Márquez, nacido en Colombia en 1927, es el escritor más célebre que ha dado el «tercer mundo» y el mayor exponente de una corriente literaria, el denominado «realismo mágico», que ha cobrado un asombroso vigor en otros países en vías de desarrollo y ha cosechado adeptos entre los novelistas que escriben sobre ellos, como es el caso de Salman Rushdie, por citar sólo un ejemplo obvio. García Márquez tal vez sea el novelista latinoamericano más admirado en el mundo entero, así como quizá el más representativo de todos los tiempos de toda América Latina; e incluso en el «primer mundo» que conforman Europa y Estados Unidos, en una época en la que cuesta encontrar grandes escritores reconocidos universalmente, su prestigio durante las cuatro últimas décadas no ha conocido rival.

En realidad, si tomamos en consideración los novelistas del siglo xx descubrimos que la mayor parte de los «grandes nombres» sobre los que la crítica actualmente coincide llegan hasta los años cincuenta (Joyce, Proust, Kafka, Faulkner, Woolf ); pero en la segunda mitad del siglo, quizá el único escritor que ha cosechado verdadera unanimidad haya sido García Márquez. Su obra maestra, Cien años de soledad, publicada en 1967, apareció en el vértice de la transición entre la novela de la modernidad y la novela de la posmodernidad, y acaso sea la única publicada entre 1950 y 2000 que haya encontrado tal número de lectores entusiastas en prácticamente todos los países y culturas del mundo. En ese sentido, tanto en relación con el asunto que aborda —a grandes rasgos, la colisión entre «tradición» y «modernidad»— como su acogida, probablemente no sea excesivo considerarla la primera novela verdaderamente «global».

También en otros sentidos es García Márquez un caso excepcional. Es un escritor serio y no obstante popular —en la estela de Dickens, Victor Hugo o Hemingway—, que vende millones de ejemplares de sus libros y cuya celebridad no va muy a la zaga de la de deportistas, músicos o estrellas de cine. En 1982 fue el ganador del Premio Nobel de Literatura, y uno de los más populares en tiempos recientes. En América Latina, una región que no ha vuelto a ser la misma desde que García Márquez inventara la pequeña comunidad de «Macondo», todo el mundo lo conoce por su apodo, «Gabo», al igual que ocurría con el «Charlie» del cine mudo o con el futbolista «Pelé». A pesar de ser una de las cuatro o cinco personalidades más destacadas del siglo xx en su continente, García Márquez nació, como suele decirse, «en medio de ninguna parte», en un pueblo de menos de diez mil habitantes, la mayoría analfabetos, de calles sin asfaltar, carente de alcantarillado y cuyo nombre, Aracataca, también conocido como «Macondo», hace reír la primera vez que lo oyes (aunque su similitud con «Abracadabra» tal vez debería llamar a la cautela). Muy pocos escritores famosos de cualquier otra parte del mundo proceden de lugares tan apartados, aunque menos todavía son los que han vivido su época, en lo cultural y lo político, con la plenitud y la cercanía con las que lo ha hecho él.

García Márquez es ahora un hombre que vive en la abundancia, con siete residencias en lugares elegantes de cinco países distintos. En las últimas décadas se ha permitido pedir (o, con mayor frecuencia, rechazar) cincuenta mil dólares por una entrevista de media hora. Ha colocado sus artículos en casi cualquier periódico del mundo y ha cobrado por ellos sumas suculentas. Al igual que ocurre con los de Shakespeare, los títulos de sus libros se adivinan tras un sinfín de titulares de prensa de todo el planeta («cien horas de soledad», «crónica de una catástrofe anunciada », «el otoño del dictador», «el amor en los tiempos del dinero»). Se ha visto obligado a encarar y soportar el tremendo peso de su fama durante la mitad de su vida. Sus favores y su amistad han sido codiciados por los ricos, los famosos y los poderosos: François Mitterrand, Felipe González, Bill Clinton, la mayor parte de los presidentes de Colombia y México de los últimos tiempos, al margen de otras celebridades. Sin embargo, a pesar de su fulgurante éxito literario y económico, se ha mantenido fiel toda la vida a la izquierda progresista, a la defensa de buenas causas y a la creación de empresas positivas, entre ellas la fundación de reconocidas instituciones dedicadas al periodismo y al cine. Al mismo tiempo, su estrecha amistad con otro líder político, Fidel Castro, ha sido una fuente constante de controversia y críticas durante más de treinta años.

 

He estado diecisiete años trabajando en esta biografía.* Contrariamente a lo que me decía todo aquel con quien hablaba en los primeros estadios del proyecto («No conseguirás acceder a él, y si lo haces, no “cooperará”»), conocí a mi hombre a los pocos meses de acometer el proyecto, y aunque no puede decirse que desbordara entusiasmo («¿Por qué quieres escribir una biografía? Las biografías significan la muerte»), se mostró cordial, hospitalario y tolerante. De hecho, siempre que me han preguntado si ésta es una biografía autorizada, mi respuesta ha sido invariablemente la misma: «No, no es una biografía autorizada, es una biografía tolerada». No obstante, para sorpresa y gratitud mías, en 2006 el propio García Márquez dijo ante los medios de todo el mundo que yo era su biógrafo «oficial». ¡Así que probablemente yo sea su único biógrafo oficialmente tolerado! Ha sido un privilegio extraordinario.

Como es bien sabido, la relación entre biógrafo y biografiado es siempre una relación difícil; debo decir que en mi caso he sido inmensamente afortunado. En su condición de periodista profesional y escritor que se sirve también de la vida de las personas a las que ha conocido al urdir sus obras de ficción, García Márquez se ha mostrado paciente, cuando menos. Después de conocerlo en La Habana en diciembre de 1990, dijo que secundaría mi propuesta con una única condición: «No me hagas hacer tu trabajo». Creo que estaría de acuerdo en decir que no ha sido así, y, por su parte, ha respondido prestándome su ayuda cuando realmente la he necesitado. Para elaborar esta biografía he llevado a cabo unas trescientas entrevistas, muchas de ellas con interlocutores cruciales que ya no están entre nosotros, pero soy consciente de que Fidel Castro y Felipe González tal vez no hubieran estado en la lista si Gabo no les hubiese transmitido de algún modo su confianza en mí. Espero que esa confianza siga incólume ahora que está en situación de leer el libro. Siempre se ha negado a brindarme la charla íntima y franca con la que inevitablemente sueñan los biógrafos, por considerar esa clase de interacción «indecente»; sin embargo, habré pasado alrededor de un mes entero en su compañía, en momentos y lugares distintos, a lo largo de los últimos diecisiete años, tanto en privado como en público, y creo que son pocos los que han podido escuchar de sus labios algunas de las cosas que me ha dicho. Aun así, nunca ha tratado de influir en mí en ningún sentido, y siempre ha comentado, con la combinación de ética y cinismo del periodista nato: «Escribe lo que veas; yo seré lo que tú digas que soy».

 

Las fuentes documentales de la biografía estaban en español, todas las obras se leyeron en español y la mayoría de las entrevistas se hicieron en español; aun así, fue escrita en inglés. Además, huelga decirlo, el cauce más normal es que una biografía, en especial la primera biografía completa, la escriba un compatriota del biografiado, que conoce el país de origen tan bien como él mismo y que capta hasta los matices más insignificantes al comunicarse. No es mi caso —aparte del hecho de que García Márquez sea una figura internacional, no solamente una celebridad colombiana—, pero como él mismo dijo exhalando un suspiro cuando mi nombre se mencionó en una conversación, y acaso no del todo sinceramente: «Bueno, supongo que todo escritor que se respeta debería tener un biógrafo inglés». Sospecho que, a sus ojos, mi única virtud era el amor y el apego que he profesado siempre al continente que lo vio nacer.

No me ha sido fácil sortear las múltiples versiones que García Márquez ha ido sembrando con los años a propósito de prácticamente todos los momentos determinantes de su vida. Al igual que a Mark Twain —y es una comparación provechosa—, le encanta fabular, por no mencionar su deleite por los cuentos chinos; asimismo, le gustan las historias redondas, no menos en el caso de los episodios formativos que componen la historia de su propia vida; al mismo tiempo, es pícaro y contrario al academicismo, y de ahí nace su debilidad por falsear y tratar de desconcertar a periodistas y catedráticos para que pierdan la pista. Esto forma parte de lo que él llama «mamagallismo» (volveremos a dicha frase, que por el momento podemos entender como el gusto por la tomadura de pelo). Aun cuando sepas con absoluta seguridad que cualquier anécdota particular está basada en algo que «realmente» ocurrió, resulta en extremo difícil encasillarla en un único molde, porque descubres que ha contado la mayoría de las anécdotas célebres de su vida en varias versiones distintas, todas las cuales encierran al menos una parte de verdad. He experimentado personalmente esta mitomanía, de la que yo también me he contagiado con regocijo; aunque en mi vida particular, no en este libro, espero. A la familia García Márquez no dejaban de impresionarle mi tenacidad y buena disposición para dedicarme a investigar ciertos aspectos en los que solamente «los perros rabiosos y los ingleses» (como diría Noel Coward) tendrían la imprudencia de ahondar. Por esa razón me ha resultado imposible aniquilar el mito que el propio García Márquez ha diseminado, y en el que desde luego cree, hasta tal punto que en una ocasión —y al parecer esto es típico de mis obsesiones— pasé una noche calado hasta los huesos por la lluvia en un banco de la plaza de Aracataca, a fin de «empaparme del ambiente» del pueblo en el que, según se dice, nació el sujeto de esta biografía.

Después de tantos años apenas puedo creer que el libro finalmente cobre existencia y que en este momento me halle escribiendo el prefacio. Un sinfín de hastiados biógrafos mucho más ilustres han llegado a la conclusión de que el tiempo y el esfuerzo invertidos en la tarea no merecen la pena, y que sólo los insensatos y los ilusos acometen una empresa como ésta, acaso impulsados por la posibilidad de entrar en íntima comunión e identificarse con los grandes, los justos o, simplemente, los famosos. Tal vez me haya visto tentado de dar mi conformidad a esta conclusión; pero si alguna vez hubo un asunto al que mereciera la pena dedicar una cuarta parte de la propia vida, sin duda sería la extraordinaria trayectoria vital y profesional de Gabriel García Márquez.

* Había superado ya los dos mil folios y seis mil notas al pie cuando al fin me di cuenta de que tal vez nunca llegara a terminar el proyecto. Lo que el lector tiene en sus manos es, por tanto, la versión abreviada de una biografía mucho más extensa, casi terminada, que tengo la intención de publicar dentro de unos pocos años, si la vida me trata bien. Parecía sensato retrasar esa tarea titánica y extraer los hallazgos y conocimientos acumulados en una narración breve, relativamente compacta, mientras el objeto de este trabajo, ahora un hombre octogenario, sigue con vida y está todavía en situación de leerla.

 

Este prefacio fue tomado del libro: Gabriel García Márquez. Una vida, de Gerald Martin.

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John Banville 

Ha trabajado como editor de The Irish Times y es habitual colaborador de The New...
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