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Una fotografía no alcanza
Diego Mejía Eguiluz comment 0 Comentarios

Conocí a Ramón Córdoba en enero de 1998. Yo tenía pocos meses de haber llegado como asistente a Alfaguara Infantil, cuando él se incorporó como editor de no ficción, invitado por Marisol Schulz. No sé si le caí bien de inmediato, pero resistió como los grandes cuando comencé a bombardearlo con chistes y bromas, y pronto me hizo varias a mí.

Desde ese mismo año empezamos a ir al beisbol juntos. Por lo general, siempre que íbamos al estadio eran duelos de batazos y pifias a la defensiva y no había buen pitcheo. Quisiera creer que mínimo íbamos una vez por año, pero de repente tengo mis dudas de que así haya sido. Lo que sí es cierto es que compartimos juegos en los cuatro estadios que ha habido en esta ciudad en los últimos cincuenta años.

Del Parque del Seguro Social decía que sus baños despedían un olor peor que el amoniaco (por lo que salía muy despierto de ahí). En ese mismo parque me presentó a Américo, Rafael y Andrés Luna, quienes se convirtieron en grandes amigos y a quienes quiero un montón.

En el Foro Sol me dio su única lección de paternidad: nos habían acompañado sus hijas y una de ellas se distrajo en el preciso momento en que un foul se dirigió a toda velocidad hacia donde se encontraba. Con unos reflejos envidiables, Ramón la apartó de la trayectoria de la esférica y evitó lo que seguramente hubiera sido un golpe terrible en la cara.

Le gustó el Fray Nano. Se divirtió muchísimo la vez que varios de la editorial fuimos a un juego entre el México y los Broncos de Reynosa y en la novena entrada Reynosa empató el partido con un cuadrangular, para sorpresa de nuestros compañeros, quienes creían que ya se acababa el juego. Salimos casi a las once y media de la noche (el partido duró como doce entradas).

Gracias a la generosidad de Américo y Tony, alcanzamos a ir al Alfredo Harp Helú, a un México-Tigres, con mi familia, y junto con mis papás se la pasó riéndose porque, aunque soy un ermitaño, ese día me encontré a varios amigos y conocidos.

Le gustaba comer bien. Fuimos a las Gaoneras, a las hamburguesas en Embers, al Grano de Oro, a los tacos de birria en un puesto que estaba enfrente de la editorial, probamos cochinita en el beisbol (y en la colonia Narvarte). La vez que cenamos en El Califa de León, en San Cosme, dijo que esos tacos eran “celestiales”. Compartíamos pozole cerca de Galerías Insurgentes (lugar recomendado por Andrés Acosta y donde resultó que trabajaba la mamá de mi amiga Natalia), y en algunas ocasiones fuimos a las carnitas del Venadito; la segunda vez que fuimos ahí, llevamos una pelota de esponja e hicimos una sesión de pitcheo en el parque que se encuentra enfrente de la librería Gandhi (en un momento interrumpió los lanzamientos y me preguntó: “¿Al menos he tirado algún strike?”).

Trabajamos pocos libros juntos. El primero de ellos fue La herencia, de Jorge G. Castañeda. Marisol me encargó que ese día no estuviera en infantil, sino que le echara una mano, por lo que me le acerqué para ponerme a sus órdenes: “Marisol me dijo que te ayudara”. Y él respondió: “Pedí pítcher y me mandaron cátcher”, y se carcajeó.

No recuerdo si a mí alguna vez me dijo “Contramaestre”, como muchos presumen ahora, pero cada que le hacía algún chiste me decía “pinche Diego”, y en más de una ocasión manifestó que si hubiera registrado esa frase, no necesitaría trabajar por todas las regalías que recibiría.

De los últimos dieciséis Súper Tazones, vio catorce en mi casa; los únicos a los que no asistió fueron Patriotas-Águilas (lo asaltaron en el metro Salto del Agua y se regresó enojado a su casa) y Empacadores-Acereros (enfermó de la garganta y se quedó en casa). Por varios meses (si no es que años), me reclamó porque en el Patriotas-Panteras Gonzalo Pozo y yo apagamos la televisión en el show del medio tiempo para ponerle canciones de Naftalina y por nuestra culpa se perdió el espectáculo de la chichi de Janet Jackson.

Cada que le decía a sus hijas que iría a mi casa para el Súper Tazón (o al beisbol conmigo), ellas le respondían: “Ay, sí, me voy a ver a mi hijo Dieguito”. Después de eso, siempre que me contaba algo de ellas, ya no eran “mis hijas”, sino “tus hermanas”.

Cuando publiqué mi primer cuento, en ese lejano 1998 (gracias a Morelos Torres, Andrés Acosta y Ari Casez), le regalé un ejemplar de la revista donde salió (Punto de partida, de la UNAM), y él me dio un ejemplar de su bebé, la revista Ostraco, y me dejó la puerta abierta para cuando quisiera publicar ahí. Y cumplió su palabra, sacó tres historias mías.

Todo lo que escribía tenía que pasar por sus ojos. Alguna vez me dijo: “Cuando no te dedicas a hacer chistes, puedes ser genial”. Culpa mía que nunca le hice caso. Sabía de mis inseguridades, ansiedades e impaciencia, y de todos modos aceptó leer los libros del Enmascarado de Terciopelo antes de que los entregara a mi (fabulosa y adorable) editora. Todos los días le llevaba el capítulo que había escrito la noche anterior y le decía: “Vengo en media hora a preguntar qué te pareció”. Se reía y volvía a citar al pinche Diego. Me señaló dedazos y en qué partes se había reído, pero no me decía más. Cuando le preguntaba si le parecía que los manuscritos eran una porquería, me respondía “ya te lo hubiera dicho”. No me dejó adelantarle lo que había pensado para la lucha final de la trilogía, sólo me dijo: “Escríbelo y lo leeré”.

Conocí su opinión de la serie el día que me hizo el favor de presentar el primer tomo a los vendedores de la editorial. Me regaló diez minutos de entusiasmo hacia el Enmascarado de Terciopelo, sus personajes y el estilo humorístico que le imprimí, y sé que todo lo que dijo era sincero, porque lo juró por el Osito Bimbo.

Me presentó con algunos de sus autores en la feria del Palacio de Minería en 2018, y a todos les dijo: “Él también escribe; en verano empieza a salir su trilogía”.

También intercambiábamos música. Los días del Súper Tazón le ponía mis más recientes hallazgos (antes del juego, para evitar perdernos alguna chi chi nueva), y le mandaba por correo varias canciones en YouTube, y siempre contestaba con su opinión; una vez me dijo: “Ésta le gustó a tus hermanas” (la versión de Ace Frehley de The Joker). A cambio, él me presentó a los Sonics. Sabía muy bien cuáles son mis grupos favoritos y cuáles me provocan una fiebre de cuarenta grados (aunque sean millonarios).

La amistad se extendió hasta mis padres. A veces, antes de que volviéramos a compartir oficina, comía con ellos. La primera vez, mi mamá me dijo: “Conocí a Ramón. Con razón se llevan tan bien, sus chistes son tan babosos como los tuyos”.

Tal vez no existan más que una o dos fotos de nosotros juntos, pero una fotografía no alcanzaría a mostrar todo esto que cuento, y que no es ni la mitad de lo que su amistad significó para mí.

Alfaguara Diego Mejía Eguiluz El enmascarado de terciopelo Ramón Córdoba

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