Una distopía: “Oración a la imaginación fantástica”

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En cierto manual para principiantes leí hace dos días que toda distopía tiene como escenario un mundo alterno cuyos habitantes se ignoran vasallos y carentes de acceso a una cultura que cuestione los principios totalitarios del régimen. A buena o mala hora se me ocurrió el juego de eliminar de la oración la palabra “alterno” y leer sólo mundo; las veces que me detuve frente al espejo del baño ese día, no aguanté los deseos de cerrar los ojos. Ayer ni siquiera prendí la luz del baño. ¿Acaso alguien sueña con descubrirse cómplice voluntario de la tiranía, con aceptar que ha ido perdiendo la noción de las grandes narrativas, de la continuidad del tiempo y de la memoria? Posibilidades que suenan a calumnia en un mundo que ofrece acceso ilimitado a multitud de fuentes de información; nunca, como ahora, había sido tan fácil para un habitante promedio del planeta convencerse de ser un instruido en ciencias y artes, creerse más sabio que sus predecesores por acumular en memorias electrónicas información que confunde con conocimiento cualitativo, confiar de manera impulsiva en sus primeras impresiones —hipótesis espontáneas que concibe tras “leer los patrones” en las representaciones de la realidad que  circulan en los medios electrónicos—.

Bendita convención de “mundo alterno” que nos concedes a los mortales la licencia de abordar desde una óptica extraña el gran problema universal que nos ha mantenido al borde del colapso desde la era de los textos antiguos, algo que en términos distópicos podría describirse como: la muy grave enfermedad de tener alma y estar consciente de ello. La gran tragedia de ver con claridad lo bello y el horror de la naturaleza propia y de la naturaleza toda.

Márchate lejos, esperanza de que algún día todo cambiará. Ven a mi rescate, querida imaginación fantástica; no quiero certezas verdaderas en correspondencia con la lógica del sistema que rige al mundo, ofréceme nuevas posibilidades de leer y habitar el mundo. Tú que eres florida, honesta, incómoda de leer, por favor abre grietas en el discurso acogido por la sociedad, revélame posibilidades todavía extrañas, todavía faltas de interpretación y clasificación. Hazlo con tal osadía que rompas la inercia de esa irreflexión colectiva que da cuerpo a lo que llamo La realidad. No te pido que seas una vía de escape del mundo conocido, tampoco maravillarme con un mero derroche de invenciones extravagantes, te pido que des rienda suelta a mi curiosidad, que me provoques para encontrar en la realidad lo que nadie o quizá sólo unos pocos han descubierto.

Apiádate de mí, sólo soy una enferma grave con la tarea de enfrentar a la tiránica mente colectiva, a los embriagados de poder que siglo tras siglo han apostado por mantener a raya la imaginación de quienes habitamos el mundo. A cambio, yo te prometo ser insolente y contribuir con mi obra a esparcir tu gracia. Amén.

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