Un sí es no es

Que el vago azar o sus precisas leyes, diría Borges, hubieran hecho coincidir en un mismo día el deceso de dos de los más reconocidos escritores de Occidente, Cervantes y Shakespeare, habría sido motivo de exégesis aviesas y otras formas del esoterismo literario. Afortunadamente no fue así. Ocurrió, pero de otra manera. Es decir, que el 23 de abril de hace 400 años no fue exactamente un 23 de abril en Inglaterra sino apenas el 13 de ese mes, y solo diez días después, cuando en la Europa continental ya era 3 de mayo, moría el dramaturgo más importante de todos los tiempos. La razón del tal desfasamiento es de sobra conocida: a fines del siglo XVI, Gregorio XIII había conseguido adelantar semana y media el calendario oficial para adecuarlo a cierta neurótica pertinencia celeste, precisión que el calendario juliano, al que Inglaterra fue fiel hasta bien entrado el siglo XVIII, no reconoció.

De manera que sí, pero no: Cervantes y Shakespeare no murieron el mismo día debido a este cómico o cósmico desarreglo astral, aunque, por un azar aún más incontrolable, el número y el mes de ambas defunciones sean engañosamente idénticos. Más importante que este divertimento para eruditos de la gleba, que también se han entretenido en determinar si Shakespeare murió muy joven y sus treinta y ocho tragedias en realidad son obra de Marlowe, su contemporáneo (aun los más avispados dedican sus esfuerzos a convencernos de que el autor del primer Fausto dramatizado, el infausto escritor muerto en un duelo antes de cumplir los treinta años, era en realidad Shakespeare), es el hecho incontrovertible de la riqueza centrípeta de Cervantes y la dispersa de Shakespeare.

“Uno es hijo de sus obras”, gustaba repetir el escritor español, aludiendo a un concepto muy de época que justificaba la no muy cómoda cuna de algunos escritores sin alcurnia; y la obra de Cervantes, sin rebasar los ocho o diez libros de diversos géneros (el hombre lo intentó todo por alcanzar la “vida de la fama”, esa barroca idea, pervertida con los años, de que dejar algún testimonio en la memoria del mundo era un valor legítimo), se justifica por uno solo: el Quijote. De Shakespeare, en cambio, es difícil decidir qué drama o qué soneto nos llevaríamos a la isla desierta, pues en casi todo lo que tocó, Midas inmoderado, midió al mundo.

El Dr. Harold Bloom, crítico de prestigio vacilante, coloca al poeta de Stratford en el centro del canon occidental en su polémico libro de idéntico título, lo que equivale a decir, según los criterios casi deportivos del académico, que ni Dante ni Goethe ni Cervantes (ya no digamos Paco Ignacio Taibo) están a su altura en creatividad o pericia literaria. Su idolatría llega al punto de suponer que era “el menos engreído y agresivo de todos los escritores importantes”, una persona “amigable y de apariencia bastante corriente”. En realidad es muy difícil saberlo o suponerlo en el autor de tantas obras y caracteres llenos de pasión y fuerza, de temperamento desmedido, y en todo caso el artista siempre está escondido detrás de su obra y lo que importa es ésta. Perderíamos el tiempo determinando, asimismo, qué impuesto mal cobrado o qué desdén de su archienemigo Lope de Vega, por venganza, hicieron de Cervantes el hombre que escribió la novela más universal de la historia, y entraríamos francamente en el terreno de las marcas a superar y las medallas o premios obtenidos (Bloom considera a Dante “el rival más próximo” de Shakespeare, casi como si estuviera refiriéndose a pugilistas con más o menos combates a favor) al dimensionar su obra en metros cuadrados.

Si se tratara de juguetear indolentemente con los méritos literarios, de “chabacanear” la obra de Cervantes y Shakespeare a propósito de la falsa coincidencia de su aniversario luctuoso, nadie mejor que Fernando Vallejo para salir al paso con su humor de los mil diablos y su iconoclastia canina cuando dice que la diferencia entre ambos escritores es que sus dos personajes centrales hablan por ellos, y que es distinta (y mejor) la castiza virilidad de don Quijote cuando afirma categóricamente “¡Yo sé quién soy!”, ante los improperios de la grosera realidad que le escatima luces a su entendimiento, que la más bien amariconada duda que atormenta al príncipe Hamlet: “Ser o no ser, he ahí el dilema”.

Tan poco serio como el edicto de Vallejo es el floreciente olimpismo de Bloom, pero tiene la ventaja de ser más chistoso. Lo cierto es que tanto el arte de Cervantes como el de Shakespeare son similares en su exquisita polivalencia: son obras, la única importante del español y las varias indiscutibles del inglés, que no consienten juicios irrevocables pues es tal la riqueza con que han sido dotadas por sus autores que sería difícil emitir un juicio unívoco. Pero hay su diferencia: la ambigüedad en el Quijote se haya sostenida de principio a fin por un humor peculiar que no es el de la comicidad o la sátira o la ironía, en las que es maestro el autor de Otelo, sino el desinteresado desenfado que muchos años después estudiaría Bajtín: el que suspende cualquier juicio sobre el mundo para relativizarlo todo, para regenerarlo e inscribirlo en un universo más alto, uno en el que no caben fronteras drásticas pues lo dicho o expuesto es simultáneamente cierto y falso, serio y pueril, pasmoso y sagrado. No digo que Shakespeare no haya alcanzado esta privilegiada indeterminación en algunas de sus obras y de sus personajes, pero no era su objetivo desestabilizar el mundo a partir de la gracejada o la observación ingeniosa. Shakespeare habla del hombre y de la vida, en cada parlamento y casi sin quererlo, con increíble talento y maestría y un agudo e intuitivo conocimiento del alma humana. Pero su obra no está cifrada en el desinterés vital del humorismo que advertimos en Cervantes o, por mejor decirlo, en el Quijote, donde se concentra como nunca antes, y no sabemos si después, una acabada, elaborada y regeneradora recreación del mundo a partir de la infinita vivencia de su ser y sentido como ambivalencia organizada por el humor, ese convidado de piedra que las teologías profanas (no digamos ya las sacras) han excluido del banquete planetario.

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