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Un paseo por librerías de viejo
Alberto Mclean comment Un comentario

A principios de los noventa comencé a trabajar en el Centro Histórico, en pocos meses empezó mi metamorfosis a nativo del lugar: en los 22 años que trabajé en múltiples oficinas de sus alrededores, me convertí en un ser inventariado del trazo de sus calles, plazas y comercios.

En aquellos años aún invertía tiempo en mi segunda fallida carrera…, aunque, sin proponérmelo, pronto llegaría la carrera definitiva: Letras hispánicas. Así fue que me hice merodeador y (casi) comprador insaciable de las librerías de viejo de la calle Donceles, laberintos infinitos de placeres sin congoja. Así empecé a frecuentarlas, a veces con el objetivo de conseguir algún libro de la carrera o sin propósito en claro, sólo por hacer tiempo o ver qué me encontraba. Nunca como en aquel entonces supe cuánto rendían cien pesos: dos o tres libros, algunos incluso verdaderas joyas (llegué a comprar alguna primera edición o cierto libro dedicado de un autor a otro, entre otros curiosos hallazgos).

Sabemos que el libro siempre escoge al lector, las librerías de viejo, igual: el olor, la disposición de los libreros precariamente balanceados, la emoción de no saber qué se va a encontrar ahí, pero convencidos de que habrá algo prometedor, irremediablemente, o algo fuera de este mundo. Así fue que cayeron en mis manos libros que atesoro y que pueblan un lugar honorífico de mi biblioteca. Entre búsquedas submarinas y rappel libre entre los riscos de libros, encontré verdaderas gemas y garbanzos de a libra. Y así fue que buena parte de mis quincenas desaparecieron de mis manos como por arte de magia.

En Hermanos de la Hoja, El Callejón de los Milagros, Bibliofilia, El mercader de libros (ahora ya cerrada) o El Tomo Suelto pasé tardes enteras con la sola esperanza de “encontrar”, a veces eran libros que me pedían para Letras, pero de inmediato, la búsqueda se tornaba antojadiza, como estar en el mejor de los bufetes y con un hambre descomunal.

En aquel tiempo vivía en la Roma y algunas de sus librerías de viejo, como A través del Espejo o El ático, hacían las delicias de mis tardes de café. Otras librerías de la colonia, aunque menos pobladas y organizadas, como In Tlilli In Tlapalli o La aventura de leer me obsequiaron libros enormes a precios enanos. Igual me pasó en la Condesa con El hallazgo y La Torre de Lulio, o en la Juárez con la librería Jorge Cuesta, o Metamorfosis en la Tabacalera…

Tengo la rara fortuna de tener un amigo, quimérico y alado, que tuvo la gran ocurrencia, a inicios de los noventa, de volverse librero de viejo, cuando aún la posibilidad de ser actor lo tentaba más que el propio ajedrez (que no es poca cosa) y mucho más danzante de Butoh antes que ser librero. Se instaló en las calles de Balderas y fue bajo el nombre de El estanquillo errante –librería etérea pero bien nutrida de curiosos y valiosos libros– a unos cuantos pasos de la Biblioteca México.

El buen Montaño, así conocido en el mundo, no sólo ha perdurado en el tiempo y en los libros, sino que ahora incluso es entusiasta de la feria del libro de ocasión (eufemismo para nombrar lo viejo), que se organiza —en paralelo a la de Minería— en las calles del Centro Histórico. Y tenaz como sí solo, recientemente abrió una librería, menos errante y errada, por los rumbos de Narvarte. A casi 30 años de haber iniciado la quimera, sigue convencido —y en pleno uso de sus facultades— de ser un librero de viejo.

Platicando con él, en una de las múltiples conversaciones aderezadas con vino y ajedrez, le preguntaba (intuyendo la respuesta) por qué seguía con los libros, con cientos de ellos acumulados, en espera de encontrar lector, qué lo hacía seguir y un largo etcétera. Me respondió un tanto lacónico: porque así es la vida del libro…

Y pensé que si no hubiera locos como él, que creen en el libro y su inexorable lector, la ciudad y la vida misma serían aburridas, sin ese olor y esa pátina que decora los libros, que hace de ese objeto –amontonado o en indecibles columnas– un tesoro impredecible de placer, capaz de acercarte a otros mundos con tan sólo abrir su cubierta.

 

Créditos de imagen:
Condesa.com
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