Un nuevo nombre

«La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea.»
Alberto Moravia
«La buena y verdadera amistad no debe ser sospechosa en nada.»
Miguel de Cervantes Saavedra

Las familias no siempre traen torta bajo el brazo y las relaciones amorosas siempre son un reto. Quizá, mientras lees esto hay tensión con tus padres o estás al borde de una ruptura amorosa; aunque suene desastroso, de todas nuestras relaciones, hay sólo una que se mantiene constante y hasta serena: la amistad. Si hablamos de amistad, llegamos a un terreno fiable, donde sencillamente fluimos y no pensamos demasiado antes de ser.

Un mal nombre (que si nos apegamos a la traducción directa del italiano sería algo así cono Un nuevo nombre ligado al cambio de estado civil) es la segunda entrega de La amiga estupenda, en esta continuación el tema central (la amistad) se vuelve tan complejo como los personajes. Este amor fraterno, sin lazos sanguíneos, crece entre ellas, y a la par aumentan sus miedos y el vello púbico. Notamos, además, que los sobrenombres de cariño son importantes, dan matices, nos acompañan en la narración para darnos pistas sobre los estados de ánimo de estas mujeres. Rafaella es Lila y a veces Lina, y Elena es Lenù o Lenuccia, dos personalidades opuestas que se mantienen leales en un entorno violento, indiferente y sórdido.

Pero más allá del análisis maniqueo de los temperamentos incompatibles (una casada, la otra en la universidad; la primera como nueva rica y la segunda pobre, pero sin pegarle a clase media a pesar de la educación), vemos el esfuerzo por comprender la vida con una intensidad empírica y sensual por parte de Lila; mientras que Lenù no logra encontrar el sentido de la vida, se cuestiona la educación formal, ve los libros como la salida más segura de la miseria, aunque no la más fácil. En esta segunda parte, la amistad se tambalea con la llegada de un visitante incómodo: el amor. Ese sentimiento molesto que provoca desequilibrio incluso en los momentos más felices y en las amistades más sólidas. La evolución de ambas está lejos del remanso de paz que esperaríamos de una amiga, hay crueldad y actos devastadores que cuestionan la calidad humana de una respecto de la otra.

Un mal nombre es apenas un cuarto de siglo en la vida de estas mujeres. Leemos una intrincada red de dependencia y de latente deseo de autoafirmación que permite que las amigas se mantengan juntas, marcado por aquello que resulta la paradoja de la amistad: la necesidad. Esta amistad complicada y meticulosamente retratada, es incondicional, pero eso no significa que no se pague el precio por mantenerla.

Lina cuenta que la felicidad dura sólo 23 días, los que pasó con Nino. Lenù vive eclipsada permanentemente por la impertinencia y los arrebatos de Lila; es un personaje que necesita la pasión de su amiga y el caos, o de otra forma todo se ralentiza, hasta la narración. Si pensamos en el título literal, se intuiría lo obvio, que un nuevo nombre es el sinónimo de una nueva vida, pero no es tan vulgar como una trama romántico sentimental estilo Corín Tellado, logra una vuelta de tuerca inusual, sin víctimas.

Seguramente, dentro de algunos años, Raffaella Cerullo y Elena Greco, serán ejemplo de la amistad en la literatura como: Tom y  Huckleberry Finn, Horacio y Hamlet y como Elizabeth y Charlotte —referente en estado puro de la amistad femenina, gracias a Jane Austen—.

A estas alturas, no importa quién es Elena Ferrante, quizá este anonimato es el ejemplo más coherente de la confianza en su pluma. Además los libros no necesitan de sus autores una vez escritos (no estoy segura de quién es la cita). Ferrante es una gran contadora de historias, un ente que escribe sin miedo, alguien que plantea su serie como feroz anti-cuento de hadas, con aspiraciones falaces y sueños que jamás se realizarán.

Apenas, en la mitad de lo que son los cuatro libros que completan la serie, en donde las dos mujeres cambian de nombre, Ferrante hace la gran reflexión respecto al universo masculino: «pasaron las horas, pero me resultó imposible aceptar que todo lo que tenía de profundo al abordar los grandes problemas del mundo, lo tuviera de superficial en los sentimientos amorosos».

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