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Un clásico americano
Olmo Balam comment Un comentario

William Faulkner (1897 – 1962) y Ernest Hemingway (1899 – 1961) vivieron prácticamente los mismos años. Escribieron hitos de la literatura del siglo XX. Ambos ganaron el Premio Nobel. Eran conscientes de la importancia de los libros del otro y de cómo entre ellos dos se disputaba un etéreo campeonato: el del mejor escritor de Estados Unidos. 

El “Derby Norteamericano de la Literatura” o “Guerra Civil Modernista” (por llamarle de alguna manera) existe ahora en el ámbito de la leyenda y del chismorreo literario. Y aunque en su momento tuvo episodios concretos, la disputa por ese trono fue más parecido a una guerra fría: indirectas en reseñas literarias, en cartas o hasta en discursos de premiación, confidencias con colegas y familiares. Una lucha silenciosa que tenía su campo de batalla en los libros de ambos, por distintos que fueran en hechura y origen. Después de todo, los dos eran novelistas atentos a la ambigüedad de los conflictos humanos que casi nunca tienen un ganador definido, en especial en literatura.

Hemingway escribió en El verano peligroso (uno de sus libros póstumos) que la tauromaquia carece de valor sin un rival. Pero no se refiere al toro como adversario sino al colega matador con quien mide la altura de su destreza y valentía. Esta visión taurina de la competencia no era impropia de un escritor cuya figura de macho alfa sigue siendo parte importante de su reputación. Pero Faulkner, aunque de manera menos explícita, tampoco era ajeno a la lucha por convertirse en el mayor escritor modernista de Estados Unidos.

Ernest Hemingway en vanidades.com

Ambos enfrentaron a la escritura y sus peligrosos cuernos (como le gustaba decir al francés Michel Leiris) en un tiempo en que el ruedo norteamericano rebosaba de grandes toreros: John Dos Passos, Sherwood Anderson, Gertrude Stein, John Steinbeck, Scott Fitzgerald y muchos otros que, a pesar de su fama y su legado, no mantuvieron la tensión competitiva que existió entre Faulkner y Hemingway en la década de 1930.

Faulkner y Hemingway sólo se vieron en persona una vez en la vida, aunque la fecha no está bien documentada y parece que cuando ocurrió fue un encuentro literariamente irrelevante. Su enfrentamiento fue a distancia y mediada por la crítica y la prensa literarias. El alcance y profundidad de la influencia mutua en sus obras es difícil de valorar, por mucho que se puedan encontrar conexiones entre los libros de uno y de otro.

El mundo de Faulkner está bien delineado por las fronteras de su comarca imaginaria Yoknapatawhpa, que sirve de escenario para libros como El ruido y la furia, Luz de agosto, Santuario y la mayoría de sus cuentos. Hemingway, en cambio, fue un escritor cosmopolita en busca de protagonizar su siglo, como lo muestran sus novelas más conocidas: Fiesta, Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas. El minimalismo y el deseo por alcanzar la contundencia de la brevedad de Hemingway contrastaban con la locuacidad de Faulkner, maestro del flujo de consciencia. A pesar de su carisma y dedicación a la escritura que rayaba en la disciplina militar, cabe decir que la imagen pública de Hemingway era tan importante como sus libros: veterano en dos guerras mundiales, bebedor, testigo de la Guerra Civil Española, cazador en África y sobreviviente de dos accidentes de avión. Faulkner, en cambio, era considerado un artista en el amplio espectro de la palabra, a la altura de escritores como James Joyce o T.S. Eliot, aunque su popularidad mediática fuera menor.

La disputa fue un secreto a voces, aunque hay documentos que la confirman. El episodio más famoso fue la “rencilla del diccionario”, que se originó por una frase que Faulkner pronunció ante unos estudiantes de escritura creativa:

“Ernest Hemingway: nunca fue conocido por usar una palabra que mande al lector a consultar el diccionario”. Éste respondería con un frase igual de célebre: “Pobre Faulkner. ¿De verdad piensa que las grandes emociones vienen de las grandes palabras?”

En otro episodio escrito, una misiva que Hemingway, norteño, le mandó a Harvey Breit en 1950, evocaba los espectros de la guerra civil americana para hablar de su rival sureño: “estoy seguro de que mi abuelo le pateó el culo a su abuelo si es que pelearon en Shiloh, en el Ridge o en Chancerllorsville” (así lo cita Joseph Fruscione en su libro Faulkner and Hemingway. Biography of a literary rivalry del que hay una conferencia aquí).

William Faulkner, cortesía de la Librería Digital de la UVA, Grupo Producción Digital.

El punto culminante de la rivalidad fue la entrega del Premio Nobel de Literatura a Faulkner en 1949. Lo que parecería la victoria final en esta guerra de baja intensidad no acabó con la vanagloria del escritor nacido en New Albany sobre Hemingway. En su discurso saludó a todos los escritores dedicados al oficio, incluido aquel que “un día estará de pie aquí”, en Estocolmo; también mencionó en repetidas ocasiones las emblemáticas palabras de Adiós a las armas: “coraje y honor y orgullo, y piedad y amor a la justicia y al amor”.

Tan solo unos años después, en 1954, Hemingway recibiría el Nobel entrevisto por Faulkner. Y aunque el autor de El viejo y el mar (novela publicada poco antes de la premiación y alabada por Faulkner: “lo mejor que ha escrito cualquiera de los dos”) había manifestado sus celos en diversas cartas hacia el rival que lo ganó primero, o su repudio contra la Academia Sueca y Alfred Nobel —a quien consideraba menos que el inventor de la dinamita—, Hemingway aceptó su premio con gusto.

Así pues, podría decirse que hubo empate si se atiende al parámetro de los premios. Cualquier balance de la disputa por la supremacía del “Mejor Escritor Norteamericano del Siglo XX” sería difícil e injusto pues, desde la muerte de Faulkner y Hemingway, han surgido otros escritores y escritoras y se han revalorado varios más.

No obstante, podría decirse que a la luz del tiempo los libros de Faulkner, su mundo y su orfebrería verbal, han prevalecido antes que la figura de Hemingway, cuya celebridad, compromiso político y hasta su masculinidad bronca e insegura (como se puede constatar al revisar este caso y la ansiedad que le provocaba sentirse inferior ante Faulkner) se han sometido a la revisión de la posteridad.

Para los lectores, el combate William Faulkner-Ernest Hemingway puede ser una oportunidad para releer sus libros, ya sea que uno quiera encontrar convergencias entre ellos o simplemente contrastarlos. Después de todo, Faulkner tenía en su casa títulos como La quinta columna, Verdes colinas de África, Tener y no tener; y Hemingway a su vez tenía en sus casas de Cuba y Key West ejemplares de ¡Absalon, Absalon!, Mientras agonizo, Palmeras salvajes, Santuario, y sus cuentos reunidos, entre otras obras. Al final, la tensión entre dos creadores no se parece tanto a una a una corrida de toros.

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