Ulises urbano

hectortoledano
La casa de K / Mondadori, 2013

La mejor palabra que se me ocurre para describir La casa de K¸ novela de Héctor Toledano, es “naufragio”. No porque se trate de un experimento fallido, o de una empresa inconclusa; es, más bien, un relato empeñado en recorrer erráticamente algunos de los muchos derroteros que tiene una ciudad como el Distrito Federal, que mediante este portento se transforma en un océano de posibilidades, algunas más afortunadas que otras. En él, un protagónico nihilista vaga como ausente, persiguiendo un idílico puerto seguro que siempre se le escapa.

De nombre desconocido, este esbirro de la Casa de K, una de las poderosas dinastías que dominan a capricho la economía, la política y los medios en una realidad distópica, tiene un único objetivo en la vida: servir siempre con lealtad a sus superiores en espera de ganarse su confianza y su favor para poder ascender en la escala de la organización. Con esto en mente, navega la ciudad revestido de la impunidad y los privilegios que su pertenencia a la Casa le otorga, hasta el día en que el asesinato de una joven lo envía a un derrotero inesperado: la iniciativa propia y sus desafortunadas consecuencias.

Una vez allí se verá forzado, sin saberlo, a seguir el curso de fuerzas que escapan a su entendimiento y a su influencia pero que, por su propia necedad y un ímpetu inconsciente, se esfuerza en combatir. Su empeño lo llevará a conocer los más bajos fondos de una ciudad sepultada por cuatro niveles viales (donde el sol es apenas un anhelo cada vez más débil), pero también las altas esferas que sirven de hábitat a la élite, todo en aras de resolver el asesinato y, de paso, obtener su redención.

La prosa de Toledano es sarcástica, cruda y no pocas veces cruel, pero eso es lo que la convierte en el espejo perfecto de una realidad que, como versa el dicho, sin importar las capas de seda que la recubran, seguirá siendo tal cual es. Presente, pasado y futuro se entremezclan e interponen, como estorbándose, evitando o dilatando la franca resolución del conflicto, al igual que nuestra ciudad mezcla de un modo casi milagroso las anacrónicas visiones de un pasado inmemorial, un presente caótico y un futuro siempre difuso.

David Velázquez

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