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Trayéndolo todo de regreso a Pron
Luis Arce comment 0 Comentarios

Recuerdo una época en la que los libros de Patricio Pron, editados únicamente en España y Argentina, eran prácticamente inconseguibles en México. Como muchos otros autores latinoamericanos, la literatura de Pron fue condenada a cruzar la empinada escalinata del mercado editorial, donde sólo unos cuantos accidentes, con la suficiente suerte en ventas y difusión, llegaban a lugares distintos de su país de origen. Las esquivas novelas de Daniel Guebel, las ediciones que Seix Barral dio a la obra de Diamela Eltit o las obras reunidas de autores tan faltos de etiqueta comercial como Osvaldo Lamborghini o Rafael Sánchez Ferlosio, se venden, ahora, en precios exorbitantes. Sin embargo alguna vez ocurrieron, y alguna vez estuvieron presentes en las mesas de novedades, tan insólitas y ajenas que sólo pudieron guardarse, venderse, desaparecer, bajo el signo y categoría comercial de «Literatura».

Pron siempre me ha parecido uno de los autores que mejor entiende el funcionamiento del mercado editorial. Parece estar cómodo con eso. Sabe jugar con las reglas impuestas y subvertirlas en una literatura cargada de profunda reflexión en torno a lo que se escribe, desde dónde y, aún más importante, desde quiénes. Esto no se debe a que haya leído y repasado con gran sapiencia los manuales de funcionamiento del sistema editorial —aunque sin duda puedo imaginarlo mientras lee un contrato (tres novelas, cinco años) con la misma atención con la cual nosotros leemos sus libros—. Prefiero pensar que el argentino ha elegido, mejor, leerlo todo, subrayar con atención lo que supuestamente no puede subrayarse, abrir un paréntesis, dejar una nota, un marcador; resaltar los aspectos que afectan a la literatura y que, muchas veces, poco menos que todas, no tienen nada que ver con la literatura.

Por eso creo que a nadie, excepto, desde luego, a él mismo, debería sorprenderle que ahora juegue en las filas de un canon muy distinto al que mencionamos arriba, léase Premio Alfaguara. Es casi como si hubiese ganado el premio como una anomalía que juega a favor en su carrera, tras haber publicado algunos volúmenes de cuentos y novelas que lo llevaron a ser leído con notable atención, tras haberse convertido en uno de los autores de referencia de la «nueva» narrativa latinoamericana. ¿Qué hacer después de esto? Estrategias hay varias: desatender las recomendaciones del mercado y aislarse, volverse portada de una revista de sociales, hacer lo que sea que haya hecho Andrés Neuman, varias. Pero, como muchos de sus personajes, Pron parece elegir un camino menos descrito, permanece estático ante los acontecimientos, avanza con prudencia mientras observa el clima a su alrededor, a veces corre con la suerte de mirar algo espectacularmente absurdo y su inteligencia se alegra, a veces simplemente juega en el más inusitado espacio de contagio, allí donde sus referencias se encuentran con la pasmosa energía de las redes sociales y la diferencia entre un libro y las páginas de Wikipedia se diluye; el premio le viene indiferente sólo en un sentido: aquellos que lo han ganado antes no forman parte de sus lecturas de referencia, y quizás, en un años leamos Mañana tendremos otros nombres sin el velo obnubilado del premio que la hizo pública.



Pero hay otra hipótesis, una menos enredada: Pron ganó el premio casi como si supiera que éste es el paso lógico a seguir. Además lo gana con un manuscrito que, si atendemos solamente al boletín de prensa, podría confundirse con el brief que se la da a un ghostwriter para escribir una novela sobre el amor en los tiempos de Tinder. En cualquier caso, Pron la escribe. Declara, casi con descaro, que para él «lo importante es obtener las condiciones materiales que le permitan escribir el siguiente libro» y que «la lista de ganadores del Alfaguara no es la mía propia; no constituye mi canon y está basada en criterios que yo desconozco».

Es verdad que la ganadora del Premio Alfaguara 2019 es una novela de amor, pero el tema aquí no reina sobre lo escrito, característica que subyace a todos lo que Pron escribe. Cada uno de sus libros trata de algo —un congreso de escritores, la Guerra de las Malvinas, el colapso amoroso, etcétera—, pero ninguno cae de golpe en su tema, ninguno se limita a hablar solamente de lo que postula su argumento. Van más allá de la idea. Son libros que fluctúan con severidad entre lo escrito, lo imaginado y lo robado. Libros, sí, para escritores, pero que, vistos bajo la luz de, digamos, una mesa de novedades, también pueden seducir a un lector al que no le interesa del todo saber quién es, después de todo, este tal Patricio Pron.

Bolaño está, también Aira, Fogwill, Silvina Ocampo, Glantz, Fresán, Piglia. El diálogo es continuo, la inteligencia se ve desafiada con cada frase bien atornillada, el pasado y el presente se muestran atados por una curiosidad que busca ante todo ponerlos sobre la mesa para que debatan, y lo hace desde un flujo que no escatima en perder la brújula, un flujo que busca, siguiendo la línea de su adorado Dylan, traerlo todo de regreso a casa, a lo inicial. Ninguna línea recta se asoma, nada que indique donde comienza el proyecto de escritura y donde se convierte, finalmente, en tiraje. Su escritura no sería posible si fuese alimentada únicamente por la investigación premeditada de un tema específico. Es ante todo un lector. No hay libro suyo que no esté intervenido por otros libros. Es una escritura mucho menos consciente de sus objetivos. Reniega del significado de la palabra proyecto, aunque sin duda hay disciplina, dedicación y obsesión. Sabe bien que los temas sólo pueden contener, a lo mucho, una o dos pinceladas de imaginación, de locura, de carnaval; el resto es trabajo.

Pero quizá haya sobre todo esto, algo mucho más importante, el hecho de que todos sus libros apuntan a un norte común: lo que significa ser escritor, querer serlo, aferrarse a serlo, a pesar de. Parece haber comprendido que el escritor, si es que escribe, lo hace en medio de la saturación. Desde una época donde su figura sólo es posible si realiza una actividad constante en sus redes sociales, donde un libro consigue desbanalizar al sujeto a tiro de tendencias, la misma época que logró sentar a Žižek y Peterson a debatir y cobrar 3,000 dólares la entrada; una época que supo hacer de las ideas un producto continuo —¿un superproducto?capaz de generar productos más ínfimos, pero igual de efectivos, una época consciente de que la literatura no podía ser inventada de nuevo, pero toda su maquinaria sí; una época interesada, dice Groys, fundamentalmente en sí misma, es decir, una época que invierte todo su tiempo en escribir su propio relato, mejor, una época donde todos los relatos están siendo escritos para todos. ¿Cómo continuar siendo escritor cuando todo apunta a que los grandes relatos ocurren a cada momento —por eso es natural que los busquemos en cada oportunidad que se nos presenta, las series televisivas, los videojuegos, Marvel, Lionel Messi—, y todos ellos parecen escritos con la intención de provocar un efecto en un alguien específico, destinados al éxito?

Y sin embargo lo intenta, puede que los largos —y ya famosos— títulos que pone a sus libros no sean más que un intento de lo mismo: tratar de expresar con palabras, lo que puede expresarse de mil formas distintas. Sabe bien que la literatura por sí sola es ya una idea perfecta: los autores, las editoriales, los premios, textos como éste, son sus defectos, sus rebabas. Entonces recula y decide hacer literatura que apunta hacia Ella, hacia Él —también los protagonistas de Mañana tendremos otros nombres— que no pueden ser nombrados de forma específica, que existen y tienen un cierto poder adquisitivo, o todo lo contrario, podrían no existir.

«Tú también has escrito para nadie», dice Pron en el segundo relato de La vida interior de las plantas de interior. El nombre del cuento es «Un jodido día perfecto sobre la tierra» y está escrito en segunda persona.

 

Imagen de portada: Revista Vísperas

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