Travesía hacia un planeta que ya no existe

La infancia es ese otro planeta, repite Rodrigo Fresán como mantra invisible a lo largo de varias de sus novelas. Esa otra vida desde donde intentábamos ver quiénes seríamos ahora. Ese lugar perdido y lejano que un buen día, conforme pasan los años y las cuentas y el trabajo, se nos olvida que alguna vez habitamos. Una mañana dejamos dormir para siempre a ese otro pedacito de humano que fuimos y nos mudamos de vida.

En La caída de los pájaros (Alfaguara, 2014), Karen Chacek se refiere a una metáfora similar al construir una ciudad acostumbrada a que sus niños no despierten del sueño que los ha tenido en cama durante dos años, desde que todas las aves cayeron muertas en el asfalto sin explicación alguna. Es en esta situación donde la autora nos presenta a Violeta, quien después de ser la única sobreviviente de un accidente en el tren subterráneo de la ciudad se convierte en pieza clave para traer a los niños de vuelta y detonar “la reinvención del mundo”.

Es con una prosa amigable, sencilla, y el ritmo narrativo propio de quien está familiarizado con la narrativa audiovisual que Karen Chacek, además de contarnos la travesía de su protagonista para cumplir su misión, también se encarga de poner en escena un universo que raya en lo distópico. A través de la figura ausente de la infancia —aunque representada activamente por la voz de una niña de ocho años que sólo Violeta es capaz de escuchar—, la autora se encarga de edificar una ciudad coercionada por el miedo, por las instituciones gubernamentales y por la creencia religiosa de un renacer divido. Donde las libertades son limitadas y los tabús en torno a los niños dormidos bien pueden derivar en una intervención judicial. La atmósfera descrita por Chacek podría clasificarse incluso como la antesala a la ciencia ficción o a lo apocalíptico.

Aun así, es en ese punto donde los límites se tornan difusos. En La caída de los pájaros también existe un dejo fantástico que bien podría recordar a cuentos como “La luz es como el agua” o “La autopista del sur”: narraciones que se desarrollan en realidades idénticas a la nuestra, pero que en algún punto se quiebran para darle cabida a un elemento mágico, imposible, que es perfectamente admitido en ese universo.

El trabajo de Karen Chacek combina a la perfección ambas características: atmósferas previas a las catástrofes con situaciones mágicas normalizadas. En varios de sus textos podemos encontrar niños que flotan; niños que miran toda la vida, al anochecer, monstruos al pie de la cama; niños que duermen en un hospital y cuyas almas regresan a casa a dejarles dibujos a sus padres sobre el refrigerador; niños que mueven con la mente a humanos y cosas.

Si existe una constante en Chacek es su predilección por la infancia como materia prima para sus historias, bien como tema principal o como lugar de ambientación. Si para Rodrigo Fresán esa etapa representa un regreso añorado, un refugio imposible para lo insoportable que a veces resulta la madurez; para Karen Chacek es el retorno necesario a un lugar que olvidamos hace mucho, el hogar de la imaginación indómita y salvaje.

Admitir que lo extraordinario, en el sentido mágico de la palabra, no tiene cabida en lo cotidiano es parte de lo que significa ser adulto. La de Chacek es una invitación a recuperar la capacidad de asombro que quedó enterrada en algún punto de aquel lejano planeta que ya no existe.

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