Todos somos Chinolas

hilaripenate
Chinola Kid / Mondadori, 2012

Leer a Hilario Peña es echarse un clavado en el paroxismo de la mexicanidad. Es hablar no solo de la mexicanidad del norte bronco y arrebatado o de la mexicanidad del sur callado y violento. La historia de Chinola Kid es la suma de todas las mexicanidades, no sólo las que estigmatizan la piel, sino de todas las mexicanidades que se llevan en el corazón y en la sangre. Es el abandono de la cotidianidad para nadar en las aguas siempre mansas de la aspiración intima, la que no se confía de nadie.

En las historias de Hilario Peña caben todas las aspiraciones del mexicano común y sin pretensiones intelectuales, es decir, del mexicano bien nacido. ¿Qué mexicano normal y humano no ha soñado, en lo más íntimo de si, a escondidas de su propia moral, que montado en el éxtasis de la justicia se transfigura en un pistolero justiciero y enamorado bandolero para terminar siendo el padrote del pueblo? ¿Qué mexicano no ha soñado nunca con ser un padrote? ¿Quién no ha soñado con ser el héroe de un suplicante burdel, completo de carnes y pasiones, abandonado a la suerte de su desgracia? El que esté libre de ilusiones, que arroje la primera piedra.

Chinola Kid de Hilario Peña es la provocación de la mente. Es el reto a leerlo y terminar intacto, sin ser salpicado por la hombría de Rodrigo Barajas o el amor de Tamara García. Es el constante desafío al lector para no terminar la página sin pensar que el protagonista central de la novela es él mismo. Es transportarse a los años vivos de la infancia, entre diálogos concretos y descripciones que fluyen naturales, que van bordando historias de una violencia épica, no deshumanizada. Es hablar de la violencia que inevitablemente va de la mano del amor.

Entre los diálogos y las pasiones desbordadas de los personajes que desfilan en Chinola Kid cobra fuerza la tesis de que en lo más profundo del arrebato y la ira yace siempre, inerte -a la espera de algo que la mueva- la semilla del amor. Rodrigo Barajas, con toda la exudación de venganza y anhelo de justicia (no por nada se parece a Chuck Norris), siempre queda indefenso ante el amor, convencido de que uno debe ser siempre un profesional en lo que hace. El retrato del mexicano no puede quedar mejor plasmado.

Frente al retrato viril y hermoso del hombre justiciero, Hilario Peña no decepciona al lector. Del espinazo del texto saca a Tamara García, tan bella como enamorada. Con carnes exageradas y sensuales, saladas a los ojos de Rodrigo, Tamara es la compañera y fin único en la vida del protagonista, donde los rotos avatares del destino son resanados con esa masa extraña que Rodrigo Barajas reconoce como su amor.

La historia de amor de Rodrigo Barajas y Tamara García, puede ser tan extraña como el lector lo quiera, pero los protagonistas, en un justo equilibrio entre los matices de cotidianidad y los sinsabores del destino, son reales. Bailan suave la balada de Hilario Peña, la que entrelaza las escenas de amor con la descripción de bellos paisajes del norte del país. El lector no puede nunca dejar de pensar en los glúteos y pechos de la muchacha, que quieren reventar sus ropas.

Es la primera vez que leo a Hilario Peña y me atrapó. No me pude sustraer de la narración novelesca que se impregna en cada una de las páginas. El amor de Tamara es un suave perfume que se va desprendiendo con cada línea que se disfruta al tope. Nadie puede dejar de pensar en la mujer que transpira pasión y que sólo encuentra su justo complemento en la hombría de Hilario Barajas, que puede ser cualquier mexicano, de cualquier lugar y de cualquier tiempo. Ese es el encanto del texto.

La historia fantasiosa, cómica y a veces hasta trágica del pueblo del Pinacate, no deja de ser actual. Es un retrato de cualquier lugar de México, hoy día. El Pinacate puede ser el sur o el norte del país, no hay diferencia. Es un pueblo abandonado a la ley del revólver, convulsionado por la lucha de los grupos fácticos que se disputan el poder. Los que cobran derecho de piso. Los que someten a todos al imperio del crimen y la violencia. Es una historia fantástica nada alejada de la realidad de este México nuestro.

Rodrigo Barajas, varonil y justiciero, toma de la mano al lector y lo lleva a explorar sus propias pasiones, pasiones que para nadie son desconocidas. En complicidad con el lector, asume el papel aspiracional de cientos, de miles, de millones de mexicanos que todos los días afrontan la violencia o la injusticia. El Chinola toma su pistola y hace lo que su conciencia le dicta. El Chinola es la válvula de escape al deseo natural y cotidiano de justicia por propia mano.

Rodrigo Barajas, varonil y justiciero, toma de la mano al lector y lo lleva a explorar sus propias pasiones, pasiones que para nadie son desconocidas. En complicidad con el lector asume el papel aspiracional de cientos, de miles, de millones de mexicanos que todos los días afrontan la violencia o la injusticia. El Chinola toma su pistola y hace lo que su conciencia le dicta. El Chinola es la válvula de escape al deseo natural y cotidiano de justicia por propia mano. El lector descansa con la muerte de los malos, con el imperio del amor.

Con esa resignación –que le viene natural–, Hilario Peña sonríe socarrón al lector cuando las chicas de uno de los burdeles narrados se le acercan a Rodrigo Barajas para pedir su cobijo y amparo. Tamara, se observa, voltea a otro lado mientras las mujeres de libidos cuerpos claman por la protección de un hombre que las cuide y las quiera. El lector grita que acepte el encargo. Después de todo, ¿qué mexicano no se ha soñado rodeado de putas?

J. Jesús Lemus

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