Tengo que morir todas las noches

La ciudad de México es un vitral cultural donde la lectura de sus cronistas es un respiro para asimilar lo que acontece. Ha habido excelentes escritores que han dibujado con palabras a esta ciudad. Es imposible no recordar a Carlos Fuentes con La Región Más Transparente, José Emilio Pacheco con Las Batallas en el Desierto o los múltiples libros y artículos de Carlos Monsiváis.

Se suman otros autores como Elena Poniatowska o Héctor Aguilar Camín quienes plantean otro tipo de recursos literarios para, de igual modo, describir un lugar, ya sea desde la crítica política o a través de la novela como La Noche de Tlatelolco y Toda la Vida, respectivamente.

También hay crónicas minoritarias sobre la ciudad. Libros que hablan sobre esas historias que parecen individuales o aisladas pero que basta con comenzar a enunciar estos sucesos para darse cuenta que es una condición generalizada.

Guillermo Osorno es autor de Tengo que morir todas las noches. Una crónica de los ochenta, el underground y la cultura gay. Un texto de denuncia. Publicado en una época donde se permite hablar del tema, acerca de otro momento donde esto era impensable. Cobra un valor histórico por hacer visible lo que algunos consideraron como infame, vulgar o anormal. Para ello, recurre a anécdotas, pensamientos, sentimientos, confusiones, fuentes documentales, diarios, revistas de sociales y una gran cantidad de puntos de vista sobre la cultura gay, y sobre todo, su involucramiento adolescente en esta inhercia incomprendida incluso por él.

Juan Villoro dice en el Safari accidental que la crónica es el ornitorrinco de la prosa porque ofrece la libertad y las bondades que estiman muchos otros géneros; desde la novela hasta el periodismo. La clasifica como un género que, según sus críticos, carece de rigor metodológico, pero para Villoro tiene la responsabilidad de usar las mejores herramientas de los otros géneros.

En este sentido Osorno propone una narrativa mediada por sus apreciaciones y su observación sobre el movimiento de una actividad que construye sus expectativas y busca espacios para ejercerse: la homosexualidad.

Ésta no se esconde. Nace como un hacinamiento de algunos homosexuales, lesbianas y travestis con poder, correspondientes a una clase alta. Sólo así se presentan al mundo. Como un espectáculo. Como la suma de voluntades por recalcar su orientación sexual. Los primeros en hacerse notar son los que tienen dinero y cierto estatus por reproducir. Bajo el rechazo de la heteronormatividad, son los pioneros en aparecer, pues son ellos los que tienen menos que perder.

Bajo estas premisas se plantan ante los ojos de una sociedad machista y resistente a estos cambios. Y como consecuencia modifican a la ciudad, sin intención de ello y muchas veces sin darse cuenta. Guillermo Osorno atribuye los inicios de la actividad colectiva gay a un grupo de inversionistas con tendencias a lo europeo. Muchos originarios de allá, otros, mexicanos con una actitud snob. Algunos más con apellidos que cualquier mexicano reconoce, al ser familiares de líderes políticos, económicos y sociales en el país.

Si bien reconoce que hubo bares gay e intentos de performances privados, para él, el auge del posicionamiento público gay fue a través del bar Le Neuf o El Nueve por tener acciones ejemplares de una comunidad que buscaba identidad por encima de los prejuicios, las crìticas en las notas de sociales y su peor enemigo: los seudomovimientos gay que apartir de irresponsabilidades civiles y morales esterioripaban negativamente a los demás.

Guillermo Osorno confiesa su definición como gay casi a la par en como lo hace la hoy conocida Zona Rosa. Patícipe de un activismo homosexual, poco a poco fue encontrando un espacio para ejercerlo en su ciudad y en su mente.

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