Sudor, o el amor (a la literatura) en tiempos de Grindr

El siglo XXI se ha caracterizado por un creciente discurso sobre inclusión y tolerancia a las llamadas “minorías”: la equidad de género, los derechos de la infancia, la inclusión y la participación de los indígenas, la aceptación y el respeto de las distintas preferencias sexuales. Quienes nos sentimos parte de una ideología progresista, asumimos que vivimos con estos valores, e incluso, los promovemos: que haya más participación de las mujeres en la vida pública, que se respeten las tradiciones y costumbres de los pueblos indígenas, que nadie sea marginado por su preferencia sexual.

En Sudor, Alberto Fuguet pone a prueba la apertura de sus lectores en cuanto a sexualidad se refiere. La novela muestra de una manera muy abierta y sin ningún tapujo el submundo gay santiaguino a través de Alf, un editor literario –que nos gustaría tener en la Langosta, por cierto– que vive un desenfreno de deseo sexual a través de Grindr, la aplicación de ligue homosexual más popular del mundo. En este contexto, Alf debe lidiar con la visita de un afamado escritor colombiano de la generación del boom y su hijo para la presentación de un libro conjunto.

Son tres días de la vida de Alf y seiscientas páginas a la vez, lo que nos recuerda la relatividad del tiempo en la literatura, como lo hizo Cortázar en El Perseguidor; tres días y seiscientas páginas para llevarnos por muchas de las inquietudes que el propio escritor explora a través de sus personajes. En primer lugar, deja muy claro que el sexo se ha convertido en una mercancía bien adaptada a la mercadotecnia digital, donde la promiscuidad se vuelve una virtud y las personas una mercancía. Alf es todo un prosumer del placer “prostáticamente exquisito” y aprovecha cualquier tiempo muerto para ejercer esa doble adicción: al sexo y a su teléfono celular.

Otro tópico fundamental en Sudor es mostrar al lector la ciudad de Santiago versión 2.0. La narración permite recorrer las calles de esta ciudad, desde la Plaza de Armas, el barrio de Providencia, el cerro de San Cristóbal y el de Santa Lucía, los antros de Bellavista y el monumental Museo Nacional de Bellas Artes, con su escultura de Ícaro y Dédalo en las afueras, misma que resultará una metáfora fundamental para el desarrollo de la historia. El recorrido por las calles y barrios santiaguinos va muy bien acompañado de un sinfín de símbolos de la modernidad globalizada, como películas, bandas de rock, estrellas del pop, escritores de todos los géneros. Santiago de Chile, Buenos Aires o la Ciudad de México no son ciudades hechas sólo de concreto, sino también de sonidos, andares, miradas… y sudores.

Mención aparte merece su cruda descripción de la farándula literaria, la cual exhibe a lo largo de la obra. A través de la Feria Internacional del Libro de Santiago (FILSA), el autor hace patente que el mundo literario es más una cuestión de relaciones públicas y eventos que de talentos y egos, como muchas veces se cree. A través de sus personajes, Fuguet muestra cómo las editoriales latinoamericanas se mantienen vivas de las viejas glorias del boom, un movimiento que muchos autores contemporáneos sienten distante y rancio, entre ellos él mismo; aunque eso tampoco lo hace condescendiente con el universo literario actual, donde los autores viven de un texto exitoso y divagan sobre cuál debiera ser su siguiente obra. Es ahí donde aparecen los editores y las editoriales, cuyo trabajo es replantear lo que no debería ser replanteado: “La literatura no es un diario vespertino […] cuando es buena, no hay nada que editar”. Así, de un plumazo, Fuguet sentencia la “utilidad” del trabajo de las editoriales.

Más allá de la homosexualidad, la ciudad, la posmodernidad y la literatura, Fuguet hace su propia versión de Ícaro y Dédalo. A lo largo del texto se van entretejiendo las alas del deseo –parafraseando a Wim Wenders–, a través de la pasión sexual, la compulsión literaria y la sublimación a través del arte. Son las alas que Alf va descubriendo en el joven Rafa y que proyectan un amor fugaz por el autor y la literatura, mismo que se sentencia desde el primer párrafo:

Sucede. Ocurre. De pronto uno conoce a un escritor y su obra adquiere fuerza, relevancia. También pasa lo contrario, por cierto: uno tiene la posibilidad de acceder al autor y a su hijo y la obra se te cae al suelo.

Ésta es una obra hecha de cera que no resistirá el potente calor de una primavera en Santiago de Chile, que no puede provocar otra cosa que sudor.

Sudor de Alberto Fuguet (Literatura Random House).

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