Sin posibilidad de volver a ser quien era

rosabeltranTE

Efectos secundarios / Mondadori, 2011

Hoy me enteré de que mataron a un hombre casi en frente de la casa de mi cuñada. Me enteré por ella, quien ahora no puede dormir porque jura que oyó sus gritos de dolor y regresan a ella cada noche desde entonces. También hoy sé que balacearon a otra persona en el Salón Aldama, un bar del centro al que siempre imaginábamos mis amigos y yo que íbamos a ir y comprar una botella y pretender que sabíamos bailar bachata. En realidad nunca fuimos. Pero es curioso cómo la imaginación acerca y corporaliza las cosas. De pronto, en nuestro Salón Aldama, alguien había muerto a balazos. Y mientras tanto yo en casa leyendo Efectos secundarios, de Rosa Beltrán. Un libro que habla, primordialmente, de un lector secuestrado. Secuestrado por los libros, por la violencia, por las crisis de vida (¿quién no?), en fin, un ser humano que encuentra en la lectura una salvación para todo el ruido de afuera.

Nos refugiamos en los libros, nos escapamos. Y no porque las tramas no puedan ser atroces o que en la ficción no exista la muerte o el dolor. Vaya que hay. Y en eso difiero del personaje de Efectos secundarios, quien dice que en las lecturas hay cierto alivio porque realmente no existe la muerte, ya que cada vez que abres el libro el personaje ahí está nuevamente listo para comenzar la aventura. Me imagino al pobre personaje repitiendo incesantemente su sino, a sabiendas de que se avecina algo terrible. Edipo mil veces se acuesta con su madre y se saca los ojos, y todo el tiempo sabe que lo va a hacer. Como un hámster corriendo en una rueda, no puede hacer nada más que seguir.

En la ficción hay alivio por muchas razones, sí, entre ellas porque es una manera bastante eficaz de combatir la soledad. El autor y el lector se acompañan, como John Steinbeck solía decir: si uno encuentra un solo lector que dice: sí, claro, te entiendo, no estás tan solo como pensabas.

Los libros, además, te muestran otra vida. De repente uno quisiera salir y ser como Philip Marlowe a buscar a los culpables del crimen, o ser como los bandoleros de Artl, o simplemente volverse cazador de ballenas, buscador de tesoros, caerse de las escaleras y encontrar el Todo en un sótano; por un momento uno se sumerge en un libro y sí, como escribe Rosa Beltrán: “Leo y al leer me divido y voy dejando de ser lo que era para adoptar la vida de alguien más. Me convierto en cada uno de los personajes, sin posibilidad de volver a ser quien era”.

Uno nunca sale igual de un libro. No regresas al ruido del mundo de la misma manera. Este personaje lee en un mundo de violencia y yo siento que Beltrán está aquí al lado, escribiendo esto por mí. La violencia existe en los libros, pero no es lo mismo que te lo diga Beltrán, a que me lo cuente mi cuñada a quién no tengo idea de qué decirle para que pueda dormir.

Adriana Guillén

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