Se incomoda a domicilio

Desde la primera nota al pie de página. Desde la primera nota de la nota al pie de página. Desde la primera crónica donde se narra una estrafalaria entrega de premios a lo mejor de la pornografía estadounidense. Desde que el lector tiene que regresar una y otra vez hasta que, por fin, puede seguir el hilo de un discurso laberíntico que agrega, escribe, separa y remienda información, tras idea, tras descripción y disertación tan incansables como honestas. Es desde ese momento que el lector se da cuenta: el de David Foster Wallace (desde ahora DFW) es de esos raros espíritus que se aferran a su prosa con el único objetivo de incomodar al lector. Y quizá es una suerte de filia tortuosa y placentera la que lleva al lector a persistir en el texto.

Porque las transgresiones de DFW, en específico las que aparecen en los ensayos y crónicas de Hablemos de langostas, son exactamente lo contrario a lo que cualquier profesor de redacción recomendaría hacer. Si bien nunca ha sido problema admitir que a lo literario le da un poco igual lo que digan los manuales de redacción, el motivo de que las transgresiones de DFW resulten tan fascinantes radica en lo provocadoras que son.

Y las hay de todos tipos. Las de forma son las más evidentes: sí, el juego de cajitas chinas con los pies de páginas nos lleva de una escena a un relato paralelo, y de éste a una aclaración hecha al margen —como sucede en muchos momentos de “Gran hijo rojo”, la crónica de los Decimoquintos Premios Anuales de Adult Video News; o, en mayor o menor medida, en prácticamente todos los textos—; pero también la paratextualidad en “La autoridad y el uso del inglés americano” —un ensayo donde se ponen en evidencia, de una forma muy divertida, las contradicciones de la lexicografía durante el proceso de hacer diccionarios y la propia inclinación prescriptivista del autor—, con una página titular que rescata “las más típicas metidas de pata y cagadas y oxímoros y barbaridades solescítiscas y estallidos de metano lingüístico de moda contemporáneos”.

O las más atractivas. Porque no se puede hablar de “Hablemos de langostas”, “La vista desde la casa de la señora Thompson” o “Ciertamente el final de alguna cosa, o por lo menos eso es lo que a uno le da por pensar” sin creer que las apelaciones directas al lector y el firme compromiso con lo políticamente incorrecto son como el pan de cada letra. Más allá de hacerlo con una intención pragmática (provocar como estrategia para popularizarse), las posturas y las opiniones que externa parecen más bien incidentales: el objetivo bien puede ser narrar lo que sucede en el Festival de la Langosta de Maine para una revista de gastronomía gourmet; pero la postura del autor siempre se cuela de forma explícita porque él y su “cabeza parlante” —como la llama Leila Guerriero en un bonito perfil— no pueden dejar de pensar y cuestionarse si todo lo que observan del mundo tiene alguna clase sentido. “DFW tenía una cosa punk, tenía rabia pero también empatía […] deja claro que no es lindo hervir entes vivos y tiene un punto”, menciona Alberto Fuguet en una reseña acerca del libro.

Y puede que sea esa empatía la que haga un perfecto equilibrio al humor ácido —“Foster Wallace fue el autor divertido más triste del mundo”, menciona Guerriero en el perfil citado— y a la incorrección política que tanto caracteriza a Hablemos de langostas. Las siguientes citas dan cuenta de cómo podían coexistir pasajes emotivos y atmósferas tan densas. En “Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka […]”: “No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un ‘yo’ cuya humanidad es inseparable de esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar”. O en “La vista desde la casa de la señora Thompson”: “Es el propietario en persona […] quien me ofrece consuelo y un hombro donde llorar y una extraña forma de comprensión silenciosa, y quien me deja pasar al almacén y sentarme en medio de todos los pequeños vicios e indulgencias imaginables que América puede ofrecer […] y quien muy poco después me sugiere que use cartulina y rotuladores indelebles, lo cual explica mi ya amada y orgullosamente exhibida bandera de fabricación casera”.

Hablemos de langostas —el texto que inspiró el título de esta revista literaria— es un libro que puede incomodar por su forma, por su contenido, por su puesta a prueba del lector; sin embargo, es también un libro transparente. ¿Y qué se puede ver a través de él? Un pensamiento genuino. La certeza de que hubo alguien —amargado, deprimido, cínico, decepcionado, provocador— que supo colar a través de esa prosa de cajita china, amatrioskada, una visión poco común del mundo.

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