Santuario contra los mean reds

Durante una famosa entrevista realizada por la revista Playboy en 1968, Truman Capote mencionó que con Holly Golightly, protagonista de Desayuno en Tiffany’s y uno de sus personajes más queridos, había intentado retratar a todas esas chicas que un día —cualquier día— llegaban a Nueva York desde Michigan o Carolina del Sur, se infiltraban y popularizaban en la vida social de las esferas aristócratas por un tiempo y, finalmente, desaparecían. Por distintas circunstancias. Bailaban en el sol un rato y después se iban con él. Porque su presencia era fugaz, aparecían y se esfumaban. Holly Golightly, dice Capote, es el intento por rescatar a una de esas chicas del anonimato.

Así, hablar de Desayuno en Tiffany’s es hablar —necesariamente— de esa figura desordenada, ingenua, ataviada en ropa de diseñador y accesorios a juego —nunca perlas, porque las perlas son para mujeres mayores—; de esa chica cuya ropa sigue guardada en maletas después de un año de haberse mudado, de la chica sin muebles en el departamento, de la chica con el gato sin nombre. Es curiosa la forma en la que nos enteramos de su existencia: a través de los ojos del narrador. Un escritor en ciernes que llega a vivir al mismo edificio donde vive esta mujer que siempre olvida las llaves de la entrada, que siempre organiza fiestas de las grandes y las escandalosas, que siempre se involucra con hombres que pueden pagar restaurantes exclusivos pero a los que no necesariamente se lleva a su casa a dormir. Conocemos la vida de Holly, primero, a través de la típica mirada del nuevo inquilino que se obsesiona con su vecina; y, después, del mismo inquilino que se infiltra en la vida de su vecina casual, natural y accidentadamente. De la mano del narrador, Capote construye al que —a partir de su publicación en 1958 y de su adaptación cinematográfica en 1961— pasará a convertirse en un ícono para muchas causas y estilos de vida.

Holly Golightly ha significado, entre muchas otras cosas, la ruptura con la representación de un estilo de vida condenado por la moralidad misógina que imperaba en la época y que veía con escándalo cualquier dinámica que se saliera del marco de la realización femenina establecida —ser criada con el objetivo único de ser la esposa y madre perfecta al servicio del marido—. Capote mencionaría, años después en la misma entrevista para Playboy y sin referirse directamente a este personaje, que cualquier cosa que liberara a la gente del miedo y la hiciera más desinhibida era sumamente bueno. Una imagen que, en sectores más comerciales —y también gracias al éxito derivado de la adaptación fílmica—, se ha traducido también como una férrea representante de belleza, estilo, elegancia y moda.

Aún con eso, Desayuno en Tiffany’s bien podría resultar icónico en un sentido menos sectorizado y menos enfocado en cuestiones de género. Si la protagonista resulta tan cautivadora y la novela tan entrañable —además de la puesta en acción de una serie de recursos estilísticos y narrativos que han llevado a Capote a consagrase como uno de los autores básicos y clave de la literatura norteamericana—, es porque en el conflicto interno del personaje está cimentado el carácter universal de la añoranza por el hogar. Ese lugar más metafórico que físico. Porque Holly Golightly, viajera no se asienta en ninguna parte —ni desempaca ni decora ni le pone nombre al gato— porque se sabe transitoria, de paso. El carácter de independencia que ella misma se otorga es, quizá, en el fondo, una búsqueda interminable por sentir que pertenece a algo y que algo le pertenece de vuelta: “No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero sé qué aspecto tiene. Es como Tiffany’s”. La famosa tienda de joyas es una especie de santuario, un espacio en el cual refugiarse de las catástrofes del mundo; un mundo que, sin embargo, es más interno que exterior. Un lugar desde el cual combatir los mean reds: esa ansiedad y miedo de causas desconocidas que las aspirinas no pueden curar.

En un artículo publicado por el periódico español El País, Leila Guerriero hace referencia a un poema de Constantino Cavafis titulado “La Ciudad” para hablar de esa sensación que bien podrían ser los mean reds. Ella dice: “Pero entendí el concepto. Y desde entonces no he dejado de vivir bajo el horrible influjo de esa lucidez espantosa: no hay escape, allí donde vayamos nos persigue todo lo que somos. Una vez traté: me fui lejos para arrancarme del cuerpo aquella cosa. Y no hubo alivio: no hubo otra ciudad más que la maldita ciudad interior por la que me arrastraba babeando como un feto sin cáscara”. En la adaptación de Blake Edwards, protagonizada por la bellísima Audrey Hepburn, la cura —el hogar— que soluciona todo es el amor: no puedes huir de ti misma, o algo parecido, le dice Paul Varjak —versión con nombre y rostro del narrador de Capote— a Holly antes de pagar el taxi e internarse en la lluvia para buscar al gato. En la versión hollywoodense, como se sabe de antemano, todo termina con un beso.

En la versión de Truman Capote no hay solución al problema —porque al final es más una condición—, sólo búsqueda (¿eterna?) y la esperanza de encontrar un lugar similar a Tiffany’s. Un lugar del cual sentirse parte, desde el cual nombrar, decorar, comprar muebles y echar raíces. Holly Golightly, si bien es la perfecta femme fatale, es también el ícono de lo temporal y transitorio.

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