Sabio hijo de perra

Mientras más conozco a los hombres, más quiero a mis perros.
Diógenes de Sinope

En un tiempo muy remoto los sabios quisieron ser perros. La tarde en que leía Perros e hijos de perra de Arturo Pérez Reverte, no pude evitar que todo el tiempo rondara en mi cabeza la expresión socrática por el perro que se lee comúnmente en sus testimonios. También volvieron a mi mente los recuerdos del filósofo cínico Diógenes de Sinope, apodado el Perro, que dormía bajo los techos ajenos presumiendo su libertad y autosuficiencia tras despojarse de todas sus pertenencias para andar desarrapado, sólo con lo que él pensaba era lo estrictamente necesario, y así concentrarse en tener un comportamiento virtuoso y defender su autonomía.

Y cómo no vendrían a mí esas conexiones si el talante de la escuela cínica –de la cual Diógenes el Perro fue parte– recorre todas las páginas de este hermoso libro –consciente o inconscientemente–. La reivindicación perruna no es gratuita y mucho menos ligera; es un reclamo ético que exige empatía y revaloración ante cuestiones que siempre hemos creído inherentemente humanas y que, por el contrario, se han convertido en rarezas en esta vorágine contemporánea.

La contradicción vertida en este anecdotario es que las virtudes que deberían enaltecer al hombre son encontradas en perros callejeros, abandonados y despreciados. El honor y la dignidad que nuestra civilización ha perseguido por cientos de años, por ejemplo, se revelan en la lealtad de un canino ante su dueño muerto; el estoicismo se hace latente en el perro mutilado y anónimo que arrastra sus miserias a la intemperie. Mientras muchos hombres no encuentran el mínimo pudor en el abandono, el despojo y la indiferencia.

Me alegró leer esta recopilación de textos, originalmente publicados por el autor entre 1993 y 2014 en un intento por mantener un diálogo con sus lectores. Fue grato reencontrarme con este tipo de textos, sutiles e incómodos que, más allá de pesar en nuestras conciencias, dejan un poco de aliento para que los individuos puedan comenzar a pensar en transformase: si no podemos respetar a nuestros perros, ¿cómo hacerlo entre nosotros?

Por: Víctor H.

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