Reserva del vacío (fragmento)

 

Muerte, nada: nosotros ya no existimos cuando eso pasa. Entonces si se cree, Dios tampoco existe cuando partimos. Para los que no creemos, el temor será de una naturaleza más sencilla, pero igual de aterrador. No me sorprenderá que los religiosos se sientan ofendidos con esta afirmación.

Con las convenciones y herramientas que nos permiten construir una narración, aun con la imposibilidad de representar fehacientemente la muerte desde el lugar del que muere, es posible tener una novela que describa la experiencia de una mente sin vida. La luz al final del túnel puede ser el punto de partida, además es un lugar tan común que ya nos hicimos a la idea de su existencia, y si no es real, la veremos como si lo fuera. Sin embargo, a pesar de la famosa recapitulación de todos los instantes que componen la existencia de un individuo o el diálogo final con no sabemos quién o qué —posiblemente con nosotros mismos—, la literatura no podrá capturar nunca el momento intermedio entre el instante previo a la muerte y el metafísico más allá, sin caer precisamente en ese más allá. En este espacio abstracto, que jamás responderá a la realidad, se puede incluir la existencia o la no existencia de Dios, lo que permitiría aceptar como reales eventos provocados por supuestos poderes divinos. Este breve paréntesis parece corresponder a un limbo, aunque recientemente haya sido declarado inexistente. Por su distintiva marca de ausencia, sonará a un castigo religioso, a maldición o a mala fortuna.

Teológicamente, la ausencia es negativa. La religión, para sostenerse a sí misma necesita al menos de dos espacios tangibles, el bien y el mal. Pero el vacío de la muerte no logra llegar a ninguno de los dos. Cuando la muerte viene de mano propia las religiones la vinculan con la figura del mal. Para mantener la lógica de sus propias convenciones literarias, el castigo del bien se tiene que poner en algún lugar; para las religiones, radica en la posibilidad del libre albedrío, y no en la muerte dictada por Dios —ésa que suele ir acompañada por las casi siniestras frases: “Dios se lo llevó” o “Dios así lo quiso”—. Esta forma de ver las cosas recuerda la frustración que seguramente todos hemos sentido ante el sistema burocrático de un banco o una dependencia de gobierno, cuando las tarjetas bancarias hacen cargos inexplicables o no se pueden realizar los procesos más mecánicos para obtener un documento. Contra dicha voluntad —la de Dios o la de la Institución— no hay nada que hacer ni se deja la menor oportunidad para el reclamo: es culpa del sistema.

En este punto, aunque parezca raro, encuentro una ligera coincidencia con las religiones: para los religiosos es imposible admitir el concepto de libertad sin permitir, al mismo tiempo, la posibilidad del mal. Yo lo veo de forma inversa, estoy convencido —porque la historia no me da otra opción— de que el libre albedrío lleva a la posibilidad del bien y el bien es variable, dependiente de su entorno. Incluso si el mal fuera lo natural en nuestra especie, ninguno de los dos tendría que ver con la muerte autoinfligida. Madame de Staël, en una frase que puedo imaginar la cantidad de problemas que le causó, se acerca al discurso filosófico: “No podemos tener un concepto de virtud sin libre albedrío; tampoco de vida eterna sin virtud.”

 

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