Recuento de vida desde ¿?

Lo que hace Aline Pettersson en su novela Deseo son viñetas; es decir, dibuja episodios aislados en la vida de un personaje -Leonora- y con ellos procura tejer una historia. El tema común a estas anécdotas es la sexualidad entendida como fuerza motriz de la vida. La autora propone que las experiencias eróticas de la protagonista son suficientes para que entendamos su paso por el mundo, desde la primera infancia hasta la muerte. En todo caso, es su área de interés y, para exponerla en toda su pureza, narra una serie de instantáneas desvinculadas, deliberada y casi completamente, de otras áreas vitales. En cierto sentido este libro es como un laboratorio en donde la escritora ha separado 21 muestras -correspondientes a otros tantos capítulos- para observar el deseo bajo el microscopio, un recuento de vida a través de escenas sexuales significativas.

La voz narrativa se transforma en cada episodio. A veces es omnisciente y emplea la tercera persona y, con más frecuencia, la segunda personas del singular, lo cual es menos común. Un par de pasajes son descritos por la protagonista. Estos recursos estilísticos son elegidos por la autora a partir del tema de cada apartado, pero en todos los casos encontraremos la subjetividad del personaje alternando con una exterioridad que le hace contrapunto y contextualiza la anécdota.

Me parece, además, que enfatiza el empleo de un lenguaje poético del cual no puede prescindir la autora:

 

Pero, incrédula, crees haber visto en sus labios un pequeño vestigio blanco.

De un impulso te montas sobre el cuerpo novicio y ambos galopan hasta las márgenes mismas de la Vía Láctea.

Mientras en la punta del tallo florece una azucena ambarina, sus manos oprimen tus pechos y un surtidor de leche empieza a manar de ellos (p. 81).

 

Así, encontramos en orden cronológico los sucesivos rostros del deseo femenino encarnado, por ejemplo, en la niña que descubre el deseo, la oscura sensualidad trasgresora dentro de un mundo sin sombras; en el despertar del cuerpo pubescente; en la exploración de nuevas experiencias con la pareja y con una tercera persona; en el tedio del matrimonio; en la iniciación de un joven inexperto; en el amor de madurez e incluso de vejez, entre otros.

A la luz de tal proyecto, se entiende que cada pasaje haya sido elegido como “ejemplar” representativo de un anecdotario más o menos común a cierta clase social y a cierta generación de mujeres mexicanas, a las cuales pertenece Aline Pettersson; desde luego, introduce algunas salvedades que individualizan a Leonora. En ese sentido, el texto, de inicio a fin, pretende ser menos el retrato de una mujer individual que el de la mujer que vivió su juventud en la segunda mitad del siglo xx.

Descreo de lo que se ha dado en llamar literatura femenina, si por ello entendemos libros para mujeres con exclusión de los hombres. La pretendida especialización de un nicho tiene tintes más comerciales que reales. Es del todo factible -y aún más: frecuente- que un adulto goce de los relatos de Julio Verne o que un varón disfrute de los libros de Colette o de Ángeles Mastretta. Es cierto que cuando se habla de literatura femenina no sólo se alude a libros escritos por mujeres, sino también sobre mujeres y, como ya sugerí, para mujeres. No creo que ninguna autora descarte de su horizonte, de manera consciente y propositiva, a la mitad del universo de lectores potenciales; al margen de ello, es aceptable pensar que un mensaje se dirija con preferencia a un género, por suponer que la similitud de experiencias compartidas facilita la complicidad. Creo que este es el caso. Como dice la autora: “hay cosas que sólo otra mujer entiende, que no hace falta explicar, una semilla de conocimiento común, aunque las vidas no fueran iguales, ni las circunstancias. Un conocimiento soterrado en las propias raíces. Que una mujer sabe y que la otra lo sabe también” (p. 71).

Sin contradecir la observación, diré que para los hombres asistir al periplo de la sexualidad de Leonora es quizá interesante porque revela, no la experiencia común, sino precisamente la de la otra, de suerte que el libro puede leerse como una intrusión solapada en la intimidad de femenina.

 

 

Aline Pettersson. Deseo. México: Alfaguara, 2011, 117 pp.

 

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