Rafael Ramírez Heredia

Rafael Ramírez Heredia era un hombre pasional e instintivo. Tenía un gran impulso, una gran energía. Escribía desaforadamente cuentos, novelas, artículos. “El Rayo Macoy”, con el que ganó el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo en 1984, le dio gran notoriedad y hasta el apodo con el que le conoceríamos desde entonces. Fue un autor de una literatura a flor de piel, con gran fuerza expresiva, uno de los mayores exponentes de la nueva novela policiaca mexicana, con las historias de su detective de Coyoacán, Ifigenio Clausel, con el que mexicanizó las enseñanzas de sus maestros Chandler y Hammett.

Experimentó con el lenguaje sin renunciar a la crítica social; desentrañó la condición humana y los vicios de la sociedad, como con su novela La Mara, que hasta película la hicieron. A la postre tuvo mucho éxito con ella, pero fue una lástima que ya no pudo experimentarlo a plenitud. Tenía gran sentido del humor. De hecho, solía decir que desde hace muchos años tenía listo su epitafio: “Aquí yace Rafael Ramírez Heredia, el único hombre que no vio telenovelas ni fue a Perisur”, aunque luego decía que en realidad le gustaría tener otro, como el de aquel hipocondriaco que mandó a poner en su tumba: “¿No que no, cabrones?”

Creo que ya ha pasado el tiempo suficiente como para que se le relea y se valore su aportación a la literatura mexicana, sobre todo como el gran cuentista que fue, así como con sus novelas menos conocidas, como Camándula, En el lugar de los hechos y El sitio de los héroes.

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