Rabih Alameddine

Después se interesó por la psicología clínica y, finalmente, se dedicó a la pintura. Cuando estaba a punto de darse por vencido, deprimido y cansado, intentó con la escritura. Se dio cuenta entonces de que esto era realmente lo que quería hacer. Tras publicar su primera novela, Yo, la divina, alcanzó gran notoriedad y La mujer de papel (Lumen, 2012), es considerada una de las mejores obras publicadas ese año al lado de Némesis, de Philip Roth (Mondadori, 2012). Su novela de éxito, El contador de historias (Debolsillo, 2010), con más de 20000 ejemplares vendidos, se ha traducido a 10 idiomas y es considerada la versión actual de Las mil y una noches. Entrevistado por El País, el autor comenta acerca de este libro y de su relación con el lector:

Aquí he tratado de mantener la atención utilizando los métodos de los hakawatíes, que podían contar historias durante meses porque tenían una interacción de la que yo carezco, ya que es obvio que no estoy presente cuando alguien me lee. He tratado de llevar al lector de un lugar a otro, de un plano a otro. Pero la ruptura de la narrativa tradicional es algo que hacen cada vez más autores, como por ejemplo, Javier Marías.

A propósito de su novela La mujer de papel y de sus lecturas, durante una entrevista que le hace el ABC, el entrevistador comenta lo siguiente: «La protagonista manifiesta abiertamente su desagrado por algunos autores, como Hemingway…»

Ella odia a Hemingway pero yo no, aunque tampoco lo aprecio -Alameddine reconoce-. Creo que está sobrevalorado, no me parece que sea tan importante. El problema que tengo con Hemingway no radica en lo que escribe sino en cómo lo lee la gente. Ha tenido una influencia mucho mayor de lo que a mí me hubiera gustado. Para mí Faulkner es un genio. No entiendo cómo no estamos leyendo a Faulkner. Hemingway ha tenido mucha más influencia en la literatura estadounidense que Faulkner, y creo que eso no es correcto. Sin embargo, en la literatura universal Faulkner ha tenido más influencia que Hemingway. Eso no significa que no sea un buen escritor, pero a Aaliya no le gusta -sonríe-. Está muy bien que pueda esconderme detrás de ella para decirlo.

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