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Quevedo (rudo) contra Góngora (técnico)
A dos de tres caídas, sin límite de tiempo.
Ramón Córdoba comment 0 Comentarios access_time 4 min de lectura

He aquí que hubo una vez un Siglo de Oro de la literatura española, y que en secundaria, prepa y universidad eso me pasó de noche, a pesar de que cursé sendas asignaturas que como parte de su diseño incluían hacerme saber algo al respecto, al menos sus rudimentos. Pero nunca pasamos de los versos de “Érase un hombre a una nariz pegado” y de la anécdota del Quijote arremetiendo contra los molinos de viento, ni entendí casi nada respecto a ese periodo, al mismo tiempo magnífico y funesto. Lo digo sin queja ni resabio, que a fin de cuentas la vida fue poniéndome en el camino para encontrar en la literatura de esa época maravillas, como el soneto que comienza “Cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra que me llevare el blanco día” de Francisco de Quevedo, que es uno de los mejores poemas de todos los tiempos pasados y venideros.

Ahora bien, mi entusiasmo por la áurea centuria es ahora tal que para no perder el hilo que me ha traído a esta página debo hacer denodados esfuerzos. Al grano, pues, como dijera el dermatólogo: en aquel tiempo, el terrible, pícaro y bilioso Francisco de Quevedo trajo siempre pleito casado con el mesurado, parco y fino Luis de Góngora, y viceversa. No sabemos a ciencia cierta el origen de tan acendrado encono, pero sí que ambos, respectivamente, fueron figuras señeras de dos escuelas literarias: la conceptista, más atenta a la idea y su discusión, y la culterana, empeñada en el lucimiento del lenguaje y su innovación. Desde que surgieron y a la vuelta de los siglos, conceptismo y culteranismo renovaron, pulieron y enriquecieron la lengua española, que luego de ellos no fue la misma, y en tanto lo hacían, sus respectivos líderes se partían la crisma por escrito, sin dejar pasar ocasión para apalear a algún otro rival. Constan, por ejemplo versos de Góngora contra Lope de Vega y de Quevedo contra Juan Ruiz de Alarcón, pero los más venenosos y enconados los intercambiaron, uno contra otro, nuestros dos ilustres poetas, aunque la peor parte, al menos hasta donde consta en los papeles que les sobrevivieron, se la llevó el culterano, a quien Quevedo tachó de judío (recordemos que los perseguía la Inquisición), bujarrón (homosexual; también los perseguía el mal llamado Santo Oficio), jugador empedernido y mal poeta; en cuanto a Góngora, quizá con menos mala leche en la pluma, denostó a Quevedo burlándose de sus pies y de sus gafas.

Pero vayamos al terreno de los hechos, que será siempre más emocionante; escribió Góngora:

Con cuidado especial vuestros antojos

dicen que quieren traducir al griego,

no habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,

porque a luz saque ciertos versos flojos,

y entenderéis cualquier gregüesco luego.

O sea: cegatón poeta, usaré tus anteojos en el culo y te entenderás con mis pedos.



Y Quevedo se descosió, como dejé dicho, de la siguiente manera:

Yo te untaré mis versos con tocino

porque no me los muerdas, Gongorilla…

O sea: eres judío.

Y también:

Quien quisiere ser Góngora en un día

la jeri (aprenderá) gonza siguiente:

fulgores, arrogar, joven, presiente,

candor, construye, métrica, armonía…

O sea: eres un poeta de relumbrón.



Y homosexual, además, como se declara en estos fragmentos de dos distintos sonetos:

éste, en quien hoy los pedos son sirenas,

éste es el culo, en Góngora y en culto,

que un bujarrón le conociera apenas.

[…]

Peor es tu cabeza que mis pies.

Yo, cojo, no lo niego, por los dos;

tú, puto, no lo niegues, por los tres.

Pero la cosa no quedó ahí: arruinado, en parte porque en aquella época la poesía daba prestigio pero el dinero estaba en la dramaturgia, y en parte porque, en efecto, se jugó sus precarios dineros en la mesa de dados, Góngora debió retirarse a su natal Córdoba y poner su casa de Madrid en venta. Casa que, para su total beneplácito, compró Quevedo. A su tiempo, ambos acérrimos rivales murieron pobres y olvidados, sin saber que, polvo en el polvo, serían para siempre glorias del arte literario, poetas inmortales. Así las ironías del destino.

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