Quemar después de leer

Viñeta 1: Un fuego. En el trazo grueso e indefectiblemente negro del dibujo, aparece un amarillo chirriante que salpica el garabato de unas llamas. Delante de estas, como un guardián o un vigilante, un hombre sostiene de pie, hierático, algo parecido a una antorcha. El culpable del fuego, pensamos. Su rostro es poco más que un tizón, un borrón sin rasgos nítidos. Y arriba de la viñeta, encima del incendio y de la figura humana, unas palabras: “Mis padres hicieron canción-protesta. Yo busco otras vías de expresión”. Ahí está resumida la póetica de la obra de El Roto: quien habla es el activista, el que no se resigna a contemplar el mundo y pretende transformarlo, pero también habla el artista, que ha hecho de la contundencia del fuego su lenguaje. Esas “otras vías de expresión” que proclama el personaje de la viñeta no son solo herramientas nuevas porque las viejas ya no sirven, porque la canción-protesta ya no nos dice nada, porque el sistema ha asimilado la disidencia y el malestrar dentro de sus códigos de consumo, un producto más para comprar y vender; necesitamos otras vías de expresión, como pretende hacer El Roto, que tengan la fuerza del fuego, que lo quemen todo y a la vez nos sacudan, que nos dejen sin palabras porque se meten hasta lo más adentro del alma. El artista como pirómano.

Imagina, además, la viñeta en su contexto original: dentro de las páginas de un periódico. Rodeado por cientos de palabras, en la doble página del diario, entre columnas y titulares gruesos. Y de pronto ahí, en medio del bosque de signos, el fuego. Ese es el trabajo de El Roto, el que lleva haciendo desde hace décadas y el que culmina en libros como A cada uno lo suyo, que selecciona algunas de las mejores viñetas de su trabajo reciente y que defiende un arte para quemar después de leer, como el título de aquella película de los Coen que hacía alusión a los materiales clasificados y secretos que se intercambiaban los espías. En el caso de El Roto, lo que se quema no es tanto el periódico o el papel donde está publicada la viñeta, sino el ruido mental que nos rodea, el océano de información que nos acosa y que, paradójicamente, no nos deja ver. Quemar las palabras para devolverles su fuerza. El Roto irrumpe en la página del diario siempre como un perturbador, como alguien que sabe que su oficio es la comunicación y para conseguirlo, para abrirse paso en la entropía diaria, tiene la obligación de hacer añicos nuestra falsa conciencia.

Viñeta 2: Un cuerpo a la deriva, flotando. Un cadáver tirado sobre unas líneas onduladas que simulan olas teñidas con manchurrones de azul. Encima una frase que procede de un narrador desconocido, pero que tiene la desfachatez del que dice la verdad: “Qué importa hundirlos un poco más si ya están ahogados…” Así de crudo y así de cierto. Hay en casi todas las viñetas de El Roto ese mismo tono exasperado del condenado a ver, el que no se permite la ceguera ni las mentiras piadosas. Y el que ve, además, trabaja con imágenes, hace viñetas que, como sucedió en el origen del cómic, publica en periódicos. Y esto no es casual: la narración gráfica (como los pioneros del cómic, The Yellow Kid o Little Nemo) nació en los periódicos y en las revistas serializadas porque al principio su formato, novedoso, arriesgado, no cabía en los libros. Eran narraciones de muy pocas viñetas, de hecho. Luego, cuando el cómic evolucionó y desarrolló su tiempo y su formato, creando sus propias publicaciones (los llamados comic-books), las viñetas de los diarios también evolucionaron en su lenguaje y en su temática, en sus códigos y en su espectro político. Está claro que Calvin and Hobbes, Peanuts o Mafalda comparten con El Roto el lenguaje de la narración gráfica, pero este está más dentro del género del aforismo o de los espolones que de la narración. En El Roto apenas hay tiempo, uno de los elementos básicos de toda narración. Por el contrario, El Roto ha llevado hasta sus últimas consecuencias la lógica de la viñeta única, del marco que con muy pocos elementos es capaz de decirlo todo. Porque las viñetas de  El Roto rara vez son relatos, pero sí cuentan mucho. Tanto, que uno las lee (entendiendo leer en su sentido semiótico, es decir, captar sentidos de los signos) sabiendo que volverá a ellas muchas veces para entender el secreto de su contundencia.

Viñeta 3. Franjas negras. Muchas. Una sucesión de franjas negras, que parecen brochazos de tinta, y un azul acuoso de fondo. Y una frase: “Bajaron las persianas y nos dijeron que era de noche…” Aquí, está claro, habla un narrador distinto al de la viñeta 2. Porque en las viñetas desencantadas y duras de El Roto siempre hay lucidez, y esa es su esperanza: la verdad más dura no como un gatillo para el desencanto o la resignación, sino como una lucha a muerte contra las mentiras. ¿Cuáles? Pues las que un artista pirómano quiere quemar, por supuesto: las del poder, las que proceden de los que dibujan la realidad y nos dicen que no hay otra, las del pensamiento único, las de todos esos signos que, en las pantallas que nos persiguen, levantan un mundo aparentemente indestructible. Ignífugo. Pero en el trabajo de El Roto, en las viñetas depuradas en las que a lo descarnado del mensaje corresponde una estética depurada, mínima, chupada hasta los huesos, donde la comunicación es el propósito y no otro, la verdad es una obligación moral pero también artística. La verdad como un código que quita lo superfluo y deja los signos imprescindibles. Una estética del despojamiento en la que, muchas veces, lo bello estorba.

Viñeta 4: Una estatua ecuestre sobre un pedestal y una multitud detrás siguiéndola. El poder como propaganda y la masa como fiebre gregaria. Pero ahí está el artista para mirar desde fuera, para sacarnos de la mentira y pintarnos el verdadero movimiento del poder. Y nosotros, que miramos y miramos la viñetas absortos, alucinados de cómo se puede contar tanto con tan poco, sabemos que, por violento que sea, hace falta sacar las viñetas de El Roto de los periódicos y meterlas dentro de un libro como este para que podamos pensarlas. Para que podamos quedarnos no con los discursos ni sus ecos, no con los titulares ni las noticias, sino solo con el fuego. No solo el que reduce a cenizas; también el que nos baja por la garganta cuando sentimos su fuerza.

Viñeta 5: Un rostro grotesco con gafas ahumadas y auriculares en los oídos, igual que un guardaespaldas de político o de poderoso. Lleva chaqueta, camisa a rayas, una corbata pintada con cuatro trazos y un gesto agresivo, con los dientes apretados, mientras articula su frase: “Enriquecer a los ricos, empobrecer a los pobres. A cada uno lo suyo”.

Written By
More from Raúl Cazorla

Anatomía de una rata

Florencia, 1348. La peste negra asola la ciudad. El escritor Bocaccio, que...
Read More

Deja un comentario