¿Qué pasaría si me convirtiera en un pecho?

Su desgracia inicia con una suave comezón en la entrepierna y culmina con un hombre convertido en una teta de mujer de 70 kilogramos. Una teta que imagina la humillación, la fama; agobiada por los sentimientos y razonamientos; por los deseos y las pasiones que no la dejan en paz un solo momento.

Una sensación de soledad y desamparo fue lo primero que sentí cuando inicié la lectura de ese accidente endocrinólogo perfectamente imaginado y descrito en El pecho de Philip Roth. Después, junto con el protagonista, el profesor David Kepesh, atravesé por todas las reacciones posibles: incredulidad, rabia, subversión.

Porque Roth, con fino cincel y un humor negro corrosivo, nos sumerge en un exquisito debate: aquel en el que converge el conocimiento de uno mismo, de nuestros deseos y motivaciones; de nuestro interior más profundo y donde escarbamos en la mente para encontrar respuesta a lo que acontece y sólo logramos toparnos con los acertijos de los problemas más angustiantes y las obsesiones más descarnadas.

Qué pasaría si me convirtiera en un pecho… si mi novio se convirtiera en una teta gigante y deseosa de poseerme a través de su pezón duro, excitado… qué haría yo… como continuamente Kepesh reflexiona y nos hace reflexionar.

Hay quienes inmediatamente se remitirán a Kafka. No hay duda que el mismo Roth sabe de la comparación, del símil, de la influencia; incluso él mismo las hace a través de la voz de Kepesh, que como profesor de Literatura quiere encontrar en las letras una explicación lógica a lo que le ha sucedido y en sus elucubraciones  se remite a las creaciones de Gogol, La nariz, y al autor de La metamorfosis.

Debo reconocer que sólo en esas referencias explicitas dentro del texto fue cuando pensé en esos dos autores, no antes. Quizá porque no los he leído y desconozco sus obras, quizá, en realidad, porque Roth da estocadas muy certeras y finas sobre temas tan profundos, al menos para mí, como las motivaciones, los deseos, las perturbaciones y las posibilidades de un hombre que ha perdido el cuerpo humano, pero no su humanidad.

Roth, con El pecho, nos adentra con maestría a la condición humana frente a la adversidad de la naturaleza:

“Quiero tirármela, que se siente sobre mi pezón, que me ponga ahí el coño”, es la vibración del deseo que estruja por ese sentir tan puro que contiene aquel hombre convertido en un pecho mujer. Es la resonancia de la naturaleza humana que no podemos enmudecer. ¿Acaso convertidos en “los más miserables” no podemos sentir amor, piedad?, ¿convertidos en “los más sumisos” no podemos sentir rabia? ¿Qué, un pecho-hombre no puede sentir ganas de coger; incluso de amar a través de la única vía posible que su nueva circunstancia le permite?

Así, El pecho (The breast,1972) juega con el sentido común y la cordura; un juego que consiste en aceptar la realidad, sin cabida a la resignación.

Por: Xochiketzalli Rosas


 

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